Lo verdaderamente ofensivo de la cultura de la cancelación es que ignora nuestra capacidad de lectura crítica por completo, asumiendo que al omitir lo incómodo y reprochable se protege a las jóvenes generaciones.

 

Por / Valeria Castillo León

Uno creería que los berrinches acaban con la infancia. Que eso de estallar en gritos y arrojar al suelo algún juguete indigno de nuestra talla, o tachar en nuestros garabatos el nombre del niño que nos cae mal, pertenece a la edad de los dientes de leche, si es que se da el caso. No podríamos estar más equivocados. Las rabietas ahora están de moda entre los adultos, y su objetivo es nada más y nada menos que la misma historia.

Esa es la imagen que me ha dejado la remoción de todo tipo de estatuas en Estados Unidos y otras partes del mundo, argumentando la inmoralidad política de las mismas. Una cabeza de granito rodando por aquí y un cuerpo de metal siendo arrastrado por allá; en torno suyo, un grupo de personas celebrando su “golpe” contra el racismo y toda forma de discriminación social.

No obstante, el asunto no se acaba ahí, ni se trata únicamente de tales monumentos. Un sindicato de estudiantes en Londres está exigiendo que filósofos como Platón o Kant sean eliminados del programa académico por sus tintes colonialistas; y obras clásicas como Lo que el viento se llevó han sido removidas de plataformas como HBO Max por promover “prejuicios raciales”. La cultura de la cancelación se está dando un banquete a lo largo y ancho de la historia, y decenas más de estatuas, autores y pinturas caminan por la cuerda floja.

Pero seamos consecuentes. Si se tratara de borrar todo rastro de inequidad y discriminación, también tendríamos que deshacernos de una buena parte de las siete maravillas del mundo (si no es que todas), por ser resultado de un sistema esclavista o de trabajo forzado; también tendríamos que cancelar a Gandhi, por considerar salvajes a los africanos, y a Martin Luther King, por conducir una vida familiar hoy catalogada como machista. Lo mismo ocurriría con Einstein, por sus observaciones racistas sobre los chinos, y con Margaret Sanger (prominente activista de los derechos reproductivos), por apoyar la eugenesia.

Y aún hay más. Para vivir realmente a la altura de nuestros propios estándares morales, también tendríamos que considerar una purga de nuestra vida diaria. Siendo ciudadanos del siglo XXI, nuestra civilización no es otra que la que se alza sobre los cimientos del siglo XX y también el XIX, y así sucesivamente. Eso significa que muchos de los procesos que han conducido al refinamiento de la medicina, la educación, la ciencia y la exploración geográfica, están plagados de personajes y sucesos ultrajantes.

En ese caso, deberíamos deshacernos de todos nuestros cosméticos por provenir de una industria despiadada; ¿y qué hay de instrumentos como el banyo, popularizado en nuestro continente para entretener a los negros de sus miserias?; además, deberíamos abandonar todo proyecto espacial en el que se empleen cohetes, por ser, en gran medida, producto del esfuerzo nazi; y por supuesto, tendríamos que quemar la biblia, el texto más popular e influyente de la historia, por estar plagada de casi toda forma de discriminación y justificación para la misma.

¿Y si no tenemos una biblia a la mano? Cero estrés: siempre podemos hablar con nuestros padres, o preguntar por nuestros abuelos y bisabuelos, y comprobar cuántos prejuicios sexistas, homófobos y racistas hicieron parte de sus vidas. Igual que lo han expresado ya varios comediantes, las preguntas serían la siguientes: ¿también a ellos vamos a cancelarlos?, ¿hemos de remover sus lápidas de nuestros cementerios?

Muchos están listos para exigirle a hombres y mujeres del siglo XIX satisfacer los estándares del siglo XXI, desfigurando las estatuas de personajes como Matthias Baldwin, Theodore Roosevelt o el poeta John Greenleaf Whittier (todos ellos partidarios o acólitos del movimiento abolicionista, por cierto), pero no hay asomo de boicot alguno contra empresas como Coca-Cola, Nike o Apple. ¿Cómo es eso posible? ¿No son esas las marquillas de la esclavitud moderna? ¿O es que ya nos olvidamos de las miles de personas que actualmente trabajan cerca de ochenta horas a la semana por unos cien dólares al mes?

No seamos hipócritas. Es muy cómodo despotricar del sistema, a la par que disfrutamos de sus beneficios. En especial porque, en calidad de ciudadanos ordinarios, lo más probable es que nunca se nos someta al escrutinio público, como hoy nosotros hacemos con algunas figuras históricas. Figuras entre las que no se encuentran apellidos ni remotamente comparables al de un Hitler, sino una mayoría de personas que, si bien llenas de defectos como siempre ha de esperarse, simbolizaron algún avance favorable en sus respectivas épocas.

Pero lo más preocupante es que, en general, le estemos dando la espalda a lo único que puede hacernos más inteligentes. La historia no solo nos permite constatar que estamos en movimiento, sino además en qué dirección lo hacemos. Negarla o censurarla nos niega un sinfín de lecciones invaluables: el hecho de que hubo un tiempo en que los negros eran considerados algo más que bestias, o la época en que toda una sociedad aceptó la persecución y aniquilación sistemática de los judíos.

Lo verdaderamente ofensivo de la cultura de la cancelación es que ignora nuestra capacidad de lectura crítica por completo, asumiendo que al omitir lo incómodo y reprochable se protege a las jóvenes generaciones. Ocurre todo lo contrario: al borrar esos peldaños, borramos la posibilidad de elevarnos más allá de los mismos, condenándonos, como ya tantas veces se ha advertido frente al desconocimiento de la historia, a repetir los mismos errores.

De ahí que más allá de la ausencia de una pieza de granito o hierro en una plaza, lo que más me preocupa es la devaluación implícita de la historia misma; la desaparición o confección a la medida de asignaturas como la filosofía y las ciencias sociales, o la privación de legados artísticos que aún han de maravillarnos.

Si hemos de continuar avanzando como los bípedos, y no como los cangrejos, es imprescindible que protejamos nuestra ya atrofiada memoria histórica, incluyendo las contribuciones de aquellos que hicieron avanzar su tiempo… Nunca en calidad de héroes o heroínas completos, sino como seres generalmente bienintencionados e invariablemente imperfectos.

Facebook: Valeria Castillo León

Instagram: @valcastleon