NATHALIA COLUMNAEsperanza Gómez, nuestra conejita Playboy, es un símbolo sexual, pero más que eso, es el emblema colombiano de una mujer libre, que no teme admitir que goza del sexo.

Por: Nathalia Gómez Raigosa

 Llueve la fascinación por esa mujer de kilométricas piernas, piel melada, curvas peligrosas, cabello rubio y liso como un tobogán en verano. La Esperanza de los seres anónimos que buscan algo de calor humano en sitios más calientes de la red. La caldense que triunfó en el cine hardcore con su turgente clítoris. La voluptuosidad hecha carne. La maestra en las artes amatorias latinoamericanas. La afrodita que nació en las aguas del río Risaralda ante la imponente figura del Cristo Rey de Belalcázar.

Hay algo en ella que seduce, que invita a morder su manzana, más allá de su cuerpo nacido para el sexo, de ese prominente monte de Venus que sirve en bandeja de plata, del oscuro pensamiento de hacerla prisionera en nuestra intima mansión de Sade.

Esa fuerza de atracción es, sin duda, su audacia y esa coherencia tan suya entre la manera de actuar y pensar. Sesos se han devanado tratando de desmenuzar su sencilla concepción de mundo. El verso de Kavafis: “Dicha y perfume de mi vida, de mi vida en la que evité todo goce de amores rutinarios”, parece haberse inspirado en la experimentada actriz, quien desde pequeña anheló exponer su cuerpo y entregarse sin remordimientos al placer.

Fiel a sus deseos, es decir a sí misma, alcanzó su sueño, hoy es la artista mejor paga y la nueva imagen del canal líder de pornografía en América Latina, haciendo lo que más le gusta, el amor. En sus carnosos labios está el poder de elegir los mejores films e intérpretes del cine adulto.

Para ella el sexo es cosa sería, una profesional del oficio. Disfruta cada una de sus escenas, con las incomodidades que implica concentrarse en alcanzar el clímax, rodeada de un séquito de producción que observa sus peripecias, mientras una cámara, adherida a su torso, engulle las mejores tomas como una sanguijuela. Tal vez Sade nos pueda explicar mejor el exhibicionismo de Esperanza: “Los placeres que se saborean a solas me resultan insípidos, solo si puedo compartirlos me siento dichoso”, nos dice el autor francés. 

La verdadera irreverencia de Esperanza no radica, en realidad, en ser estrella porno, sino en haberse mantenido de una sola pieza, pues nunca quiso utilizar seudónimos, ni llevar una doble moral. Entendió que no tenía porqué avergonzarse por sentir una pasión que la sociedad y la iglesia ha hecho ver como ilícita y pecaminosa. Ella por el contrario la devolvió a su estado natural, al jardín de donde nunca debió haber salido.