…porque mientras sufría dificultades monetarias, vivía en un éxtasis creativo increíble, cosa que lo hacía un hombre riquísimo. Fue en esta época que escribió Por los caminos de Sodoma o confesiones íntimas de un homosexual.
Acabo de mirar el reloj digital de mi celular, la hora marca las 12:00 a.m., es decir, me encuentro en un limbo horario; no sé qué día es. El sonido de la lluvia se mezcla con las leves tonadas de Debussy, mientras el frío de la madrugada se cuela con toda su fuerza por las rendijas de la ventana. Es normal que sienta mis piernas pesadas, pues llevo varias horas sentado en la misma posición: las piernas cruzadas, mis codos sobre las rodillas y un libro entre las dos manos; allí hay una novela ejemplar, un opúsculo sobre la pasión de amar. Es la historia de un marica.
Corría el año 1903, cuando en una casa de Manzanares, Caldas, se oyó el gemido de una mujer que daba a luz a una nueva vida, un bebé que más tarde sería bautizado con un nombre muy sonoro, Bernardo Arias Trujillo. Desde edades pueriles él fue un curioso nato, intrépido y preguntón, cosa que para la época, enmarcada por el conservadurismo, era un hecho escandaloso además de molesto.
El niño creció, llegó la hora de “ponerse los largos”, que era el momento cuando el joven cumplía su mayoría de edad e iniciaba el uso de pantalones de bota larga; así que en este ritual provincial en la Caldas del siglo XX, un joven pasó a ser adulto y con ese cambio comenzó a descubrir un mundo, que desde la moral católica no era más que la representación de satán en la tierra: el sodomitismo, el agravio a la naturaleza, el desvío, en pocas palabras, la homosexualidad. Término que causa resquemor en algunos con tan solo leerlo.
La obra que leo fue escrita por Sir Edgar Dixon, un hombre sin familia, ni procedencia, nacido de la bruma tonificadora de la morfina de un adulto con bigote, corbata y porte de galán. Tras este espectro, creado por el miedo al desprecio, se ocultaba Bernardo. Él experimentaba la libertad mientras duraban sus encierros bajo la piel de Dixon, pues al salir de ella debía afrontar con su propia debilitada caparazón, a la sociedad burguesa de Argentina; con sus propios pies debía bailar en los salones, mientras sus desgastados pero lustrosos zapatos, se deslizaban lentamente sobre baldosas inmaculadas; detrás de ello se maquillaba también la pobreza económica que vivía, al ser Secretario de la delegación colombiana en Argentina, un título Ad Honorem, sin sueldo. Hago la acotación de “pobreza económica”, porque mientras sufría dificultades monetarias, vivía en un éxtasis creativo increíble, cosa que lo hacía un hombre riquísimo. Fue en esta época que escribió Por los caminos de Sodoma o confesiones íntimas de un homosexual.
Ése es el texto del cual me agarro firmemente esta noche como si de una balsa en medio de un mar agitado se tratara, pues eso resulta ser: un novela escrita con sangre, alma, pasión y entrega absoluta, porque sólo alguien completamente enamorado de su arte alcanza tal éxtasis, para luego trasmitir a un intrépido lector todos estos sentimientos transformados alquímicamente en letras visibles a los ojos, pero comprendidos con la esencia misma del hombre. Porque la literatura es un fantasma que está aquí todos los días, en todas partes, sólo hace falta una visión sensible para encontrarlo entre la multitud de quimeras que habitan la calle.
El amor entre dos hombres, tema tan controversial, es el motor que mueve el texto, pero no es únicamente esta manifestación afectiva, sino también la capacidad lírica de Bernardo que aunada a la experiencia, logra mostrar la entrega absoluta a la voluptuosidad de la lujuria o a el suave sabor de un amor cándido. Bernardo, disfrazado de Dixon, fue el primer colombiano defensor de los derechos homosexuales. Por esta acción él fue satanizado, tanto así que todos los ejemplares que a tierras manizaleñas llegaron, fueron quemados por la iglesia y las gentes conservadoras –incluso liberales- del momento.
Ser homosexual para aquella época resultaba ser un acto suicida que únicamente se lograba alivianar con los encuentros clandestinos en pequeños cuchitriles ubicados en los rincones más recónditos de las grandes urbes, pues los pueblecillos con mente pequeña no permitían que se escondiesen aunque fuera en un sucio arrabal, por el contrario, se encargaban de exhibir a el “sodomita”, de hacerle la comidilla del pueblo, para que así el señalamiento lo volviese una víctima alienada más por los designios tergiversados de una creencia abonada por la religiosidad, un pensamiento netamente destructor e ignorante. El mismo Bernardo en el prólogo de la obra decía con su magnífica prosa: “(…) Es una existencia dolorosa, el vivir de un hombre anormal, que un día cualquiera habrá de ser carne de clínica, de suicidio y laboratorio”. Lo anterior denota lo agobiante que resultaba amar sin pudor ni recato, sin temor ni temblor, sin recelo ni consideración.
Sus influjos pasionales, junto a su adicción a la morfina, llevaron a que una noche de 1938 su cuerpo sucumbiese bajo el poder de la parca que todos los días le respiraba en el cuello, jugueteaba con sus cabellos y se burlaba de las desgracias de un amante ilegítimo. Hasta esa última noche en Manizales su mente seguía contemplando a sus amados efebos. Dejó tras de sí un trabajo literario que le dio el “prestigio” necesario para ser absuelto de sus pecados: Risaralda, Diccionario de emociones y En carne viva. Pero en este arsenal, elogiado incluso por el mismo Tomás Carrasquilla, se oculta una obra prohibida para aquellos con mentes chicas y paredes de hierro: Por los caminos de Sodoma.
Ya debo cerrar el libro, a pesar de que David con sus tribulaciones, sus mancebos y efebos, me tiene cautivado, no puedo permitirme una hora más navegando entre mi cama, mi habitación, el vidrio empañado de la ventana y las calles de un pueblo visitado por un circo itinerante, que animado por un “mancebo criado en los gimnasios”, hace crepitar el fuero interno del débil y amoroso David. Es hora de partir hacia un viaje onírico. Cierro el libro, memorizo el número de la página, pongo fuera el edredón, meto mi cuerpo entre las tibias cobijas… dormito, no sin antes exaltarme por la salvajidad de las épocas pasadas, aunque me resulta inevitable no compararlas con la modernidad, donde ya no se puede exponer del mismo modo, puesto que estos actos son jurídicamente castigables, mas la sociedad con su retorcida moral sigue juzgando a quien sin mayor aspaviento se siente conforme con quien decide amar. En este momento se puede parodiar el famoso adagio: “mi libertad inicia donde la moral del otro termina”.
Trato de dormir, pero esa idea sigue rondando mi cabeza. Ya no logro observar la situación de la misma forma, pues hace poco un marica ilustre me enseñó que se ama con la ceguera de la pasión, con la veracidad de los sentimientos, pero sin la racionalidad de un simple aparato genital.



