La estupidez debe tener un límite, la estupidez colombiana debe tenerlo. A los paramilitares, a las fuerzas oscuras, a los odiosos que quieran destruir mi anhelo les presento mi panteón familiar para desarmarlos.

 

Por / Juan Mario Sánchez Cuervo

2:00 a.m. Mi sueño nocturno se transforma en vigilia y esta en nostalgia, y por momentos en lágrimas. No entiendo, no puedo entender, que millones en mi país quieran la guerra. Con toda seguridad la han visto por la tele o la han leído en un buen sofá repasando noticias y muertos. En cambio, a estas horas de la madrugada, sin deseos de dormir porque el río violento que trasegó la historia de mi vida me trasnocha en sus aguas. Es la hora del balance: repaso mis muertes, mis muertos.

En memoria de ellos y de mis padres… de papá que no soportó por mucho tiempo la cruz que le impusieron los odiosos que mataron a su consentido José Abad Sánchez Cuervo. De mi madre que lloró a sus hijos por muchos años. Por ella que conservó hasta su último momento el pantalón, la camisa agujereados por las punzadas de la tortura de su hijo, de mi hermano, José Abad. Yo lloraba viéndola llorar y llamaba a su masoquismo autoflagelación. Nadie, menos yo, se lo podía impedir. ¿Quién soy yo, quién es usted para juzgar el máximo dolor de una madre que soportó el secuestro y la tortura y la pérdida de su hijo?

Si se pudiera medir el dolor en toneladas mi madre cargó con una montaña rocosa en el transcurso de 30 años, y luego otro hijo, y luego un yerno que también era su hijo, y después dos sobrinos. Mamá, ya todo pasó, no hay más lágrimas en tus ojos. Ahora sonríes eternamente, tu noche terminó, la noche que te deparó Colombia, la que algunos volvieron mezquina, asesina e imbécil. Madre, por tu inmenso dolor… porque te pregunté hace algunos meses en tu agonía si el dolor te resultaba insoportable y me confesaste un secreto que ahora revelo: “comparado con el dolor por la pérdida de Ramón y de mis hijos Óscar Darío y José Abad estos dolores son caricias”.

Por mi dolor, y el íntimo y silencioso dolor de mis adorables hermanas, de mis familiares y amigos… de millones de colombianos. Por mis amados y su sacrificio y su cruz y su caída injusta y aleve. Son las 2:00 a.m. y este espacio a solas lo denomino el puerto nocturno de la memoria que me ata a tantos recuerdos y canciones. Afuera llueve. Lloviznan por mis mejillas lágrimas. No puedo entender que anhelar la paz sea un delito en mi patria. No puedo comprender que te conviertas en objetivo militar de los enemigos de esa paz que anhelo, que anhelamos. Mi patria fue boba por doscientos años, ¿será que se nos viene la patria loca y depravada que anhela de nuevo y por siempre la sangre?

2:30 a.m. ya, y me ha llegado esta cita con la memoria en un momento inoportuno, no la programé. Morfeo me dejó varado entre nieblas, voces del pasado, lluvia, nostalgia, rabias menudas y frustraciones de largo alcance y pérdidas que te quitan el sueño. Pero el criminal no puede quitarme la melodía, el odioso no puede evitar que cante, que incluso sonría recordando la sonrisa de mis amados que se fueron. Hermanos: José Abad+, Óscar+. Cuñado: Ramón+. Tío: Adolfo+. Primos: Bernardo+ y Amparo+.

Un hombre que sufra de amnesia, aunque exista no existe, no sabe quién es, no tiene identidad, vaga como un zombi por un cementerio. Vaga a la deriva y hacia el abismo como un negro globo apagado en un cielo oscuro. Un país sin memoria está más muerto que el primer muerto en la historia del tiempo.

Y si persisten en su violencia ofrezco mi perdón para que sientan vergüenza, y expongo mi corazón inerme para que ausculten: no hallarán odio ni miedo. No encontrarán ni lo uno ni lo otro ni nada negro que se parezca a la maldad. Quizás encontrarán dolores y amarguras, y alegrías profundas y sueños secretos. Venga conmigo, usted que no quiere soñar con la paz, podemos volar juntos: un firmamento infinito nos espera.

Las 2:45 a.m. se encaminan tercamente a las 3:00 a.m. de este joven día, y desisto de la tentación de mi cama. No, no renuncio a ella, pero retraso su somnoliento abrazo para escuchar mi melodía: el sonido de la risa de mis seres amados asesinados en este país amado y apocalíptico.

Es triste, pero en Colombia la memoria no tiene permiso. El Estado criminal y corrupto procura que las víctimas vaguen en un limbo que tiene el color del olvido y de lo invisible. Pero en contravía del asesino, del genocidio y del genocida comparto mi canto. Esta melodía escrita sobre la partitura del amor. Una melodía memoriosa y esperanzada, un granito de arena para que entre todos construyamos memoria.

La noche me ancló en sus aguas oscuras para que vea el amanecer: ¡viene el sol! y ya está aquí, y vino para quedarse, un sol de esperanza. La estupidez debe tener un límite, la estupidez colombiana debe tenerlo. A los paramilitares, a las fuerzas oscuras, a los odiosos que quieran destruir mi anhelo les presento mi panteón familiar para desarmarlos.