Carolina MartínezNo sé a qué hora sucedió todo. Solo sé que, desde que tenía 17 años hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los días y sentarme frente a un teclado para llenar una página en blanco.

Por: Carolina Martínez

“Cuando terminé y bajé del escenario, la primera persona que me abrazó fue Mercedes, con una cara -yo tengo la impresión de que desde que me casé, ese es el único día en que me di cuenta que Mercedes me quería- porque me miró ¡con una cara!… Ella tenía por lo menos un año de estar llevando los recursos de la casa para que yo pudiera escribir, y el día de la lectura la expresión en su rostro me dio la gran seguridad de que el libro iba por donde tenía que ir”, le comentó “Gabo”, en una entrevista, a su amiga Elena Poniatowska.

Gabo, como se le solía decir de cariño al Nobel de Literatura colombiana, Gabriel García Márquez, no era periodista de formación académica, sino que, al igual que yo, tenía estudios en Derecho. Su pasión por la lectura, la investigación y sus ganas de no tragar entero y de creer fielmente en sus sueños, lo llevaron a dedicarse de lleno al periodismo y a la escritura; sus primeros pasos los dio en El Universal de Cartagena, luego pasó por los pasillos de El Heraldo de Barranquilla; para luego darse a conocer en las grandes ligas con sus crónicas en El Espectador.

Su legado literario

Estando en México, en 1967, publicó la primera edición de su obra más importante: Cien años de soledad, edición publicada en Buenos Aires y que se terminó rápido, situación que lo llevó a considerar una re-edición, pues era tal la aceptación del pelotón de fusilamiento y de las mariposas amarillas que este libro llegó a ser considerado de igual importancia que el mismo Quijote de La Mancha.

Gabo era una persona de amistades fuertes y duraderas, la más controvertida fue su amistad con el líder de la revolución cubana: el Comandante Fidel Castro. Esta relación amistosa surgió gracias a una gran confusión, así como las que se suelen presentar en el periodismo; para ese momento el boom latinoamericano ya estaba en boca de todo el mundo, entonces su amigo Apuleyo Mendoza, dejó que la firma de Gabo apareciera en una carta de protesta que se le había enviado a Castro, por la detención del poeta Heberto Padilla; sin embargo, días después el mismo Gabo le reconoció a su amigo que él no hubiese querido firmar dicha carta, razón por la cual Apuleyo corrió a desmentir su “firma” a través de una rectificación que llegó a manos del propio Fidel, quien luego de leerla, invitó a Gabo a La Habana para hablar del tema y construir desde ahí su fuerte amistad.

En 1975, con el fin de dejar un lado la sombra del triunfo de Cien años de soledad, decide lanzar lo que la crítica ha considerado como una de sus obras icónicas, una obra de orfebrería literaria: El otoño del patriarca; esta historia no fue bien recibida por sus lectores, quienes estaban embelesados con las mariposas amarillas; sin embargo las buenas críticas que recibió la convirtieron también en un libro de obligada lectura para todos los hispanohablantes, pero esta obra no fue la considerada como la mejor para el propio Gabo, pues todo su amor y admiración se la dio a su romanticismo llevado al papel: El amor en los tiempos del cólera.

Casi 10 años después, Gabo es sorprendido con una llamada a la madrugada de aquel jueves 21 de octubre de 1982; Gabo y su esposa Mercedes, estaban metidos bajo las cobijas cuando recibieron una llamada que confirmaba los pálpitos que habían discutido la noche anterior en casa de su amigo Álvaro Mutis, pues por fin era cierto que gracias a Cien años de soledad, le iba a ser otorgado el Premio Nobel de Literatura.

Los años posteriores al nobel, Gabo se dedicó no sólo a los compromisos internacionales, sino que también se dedicó a escribir y a completar su obra:

Crónica de una muerte anunciada, a principios de los 80, El amor en los tiempos del cólera (1985), El general en su laberinto (1989), Doce cuentos peregrinos (1992), Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1996). Sin dejar de lado su verdadera vocación, en 1998 Gabo adquirió la revista colombiana Cambio, demostrando con esto que el periodismo era lo que en realidad corría por sus venas.

En el 2002, haciéndole un gran homenaje a su “santísima trinidad”, publicó sus memorias en el libro Vivir para contarla, que el mundo lector esperaba con gran expectativa.

2007, año de homenajes y mariposas amarillas

Las mariposas amarillas volaron de alegría en el 2007, año en el cual Gabo tuvo cuatro grandes celebraciones: su natalicio número 80, el aniversario número 60 de la publicación de su primer cuento, 40 años de la publicación de su obra cumbre Cien años de soledad y los 25 de haber recibido su más alto reconocimiento: el Nobel de Literatura.

Por eso mismo Colombia botó la casa por la ventana con un sin número de homenajes, el más importante tuvo lugar en Cartagena, en el marco del IV congreso de la Lengua Española, evento al que asistieron grandes personalidades como: Bill Clinton, los reyes de España y la Real Academia Española, quienes presentaron la edición conmemorativa de Cien años de soledad, con una tirada inicial de 500 mil ejemplares, lo que la equiparaba al nivel del Quijote.

“Cuando le pedimos el permiso y la RAE empezó a preparar el texto, encontramos que varias ediciones de Cien años de soledad tenían un texto distinto: faltaba una palabra, la puntuación era diversa, etc. Entonces, me puse en contacto con Gabo y se lo expliqué. Le dije que le iba a mandar unos grandes folios con la manera como aparecía en diferentes ediciones. Fue una tarea hermosísima. Y luego, la presentación en Cartagena fue uno de los actos más conmovedores que hemos vivido”, recuerda el exdirector de la RAE Víctor García de la Concha.

“No sé a qué hora sucedió todo. Solo sé que, desde que tenía 17 años hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los días y sentarme frente a un teclado para llenar una página en blanco”, comentó Gabo ese día, en su discurso de agradecimiento.

Yo no era la más seguidora de Gabo, así como tampoco disfrutaba mucho de la lectura de su prosa; pero en él sí reconozco el legado cultural que le dejo no solo a Colombia, sino también a Latinoamérica. Ya que, gracias a su bien llamado realismo mágico, escritoras como Isabel Allende, Marcela Serrano y Ángela Becerra enriquecen mis lecturas y me llevan a viajar por parajes desconocidos para mis ojos, pero bien recreados en mi memoria.

Gracias Gabo por enseñarnos a amar lo que se hace y por demostrarnos que los sueños sí se pueden hacer realidad, con tal de lograr la felicidad; sos un gran ejemplo en la escritura y en el periodismo colombiano.