Un pequeño problema llamado pirámides

KEVIN MARÍN (provisional)La superstición no puede jamás compararse con lo más noble de la literatura. La primera es barata y perjudicial; la segunda, bien lograda y enriquecedora.

Por: Kevin Marín

Los experimentos más genuinos o aleatorios muchas veces tienen la gran suerte de terminar descifrando el enigma de “colosales problemas”, como es el caso de las pirámides.  El hecho de que en aquella época los egipcios no tuvieran ni un ápice de tecnología necesaria para lograr construir esas maravillas arquitectónicas se ha alimentado, en parte, por programas televisivos que han cambiado sus formatos científicos por  debates que integran las más dislocadas ideas que el ser humano se ha inventado.

Pues bien, un gran equipo de la Universidad de Amsterdamn liderado por Daniel Bonn, realizó un experimento en el que revelaba que agregar agua reduce la fricción superficial de cualquier objeto que se desplace sobre la arena.  El experimento se sugirió bajo un pesado bloque (que suponen las agrupaciones de piedra que constituyen la pirámide) que se deslizaba sobre una superficie de pasta a través de arena y se encontró que el tiempo y la fuerza necesaria para transportarlo disminuyó considerablemente, hasta el punto de que se necesitarían menos hombres -en el caso, obviamente, de las pirámides- para lograr el objetivo de mover pesados bloques de piedra. 

Tal vez es echarle más leña al fuego de los vendedores de magia barata pero creo que estos grandes avances presuponen caminos muchísimo más viables para entender que la magia también se encuentra en lograr resolver un problema que se pensaría de magnitudes inviolables. La superstición tiene incluso un carácter parecido: buscar respuestas. ¿La diferencia? Son respuestas fáciles, acomodadas muchas veces a las creencias y prejuiciosas por donde se las mire. Hay que decir que el problema de las pirámides había sido resuelto antes de este experimento (lo que sugiere que hay más vías racionales para comprender los fenómenos, lo que haría más fácil su trabajo) y las conclusiones son igualmente hermosas. Las civilizaciones antiguas no habían desarrollado la tecnología del cemento, por lo tanto era imposible construir rascacielos rectos estables: por eso es que absolutamente todas las grandes construcciones son pirámides -en Mesopotamia o en Mesoamérica-. Construir pirámides puede resultar sencillo a pesar de que tome mucho tiempo: construir bases de roca que vayan disminuyendo al ritmo que se van haciendo más grandes; así no sólo las bases primarias las sostienen sino que también el característico piramidal se puede mantener por siglos.

Somos felices tratando de estimular creaciones descomunales, pero esa gran capacidad para suponer las más extrañas hipótesis nunca la vemos en el más evidente detalle a pesar de que se encuentre en frente nuestro. Existe un grabado de la estatua enorme del nomarca Djehutihoped  siendo transportada a través de un “trineo” donde se puede ver a un hombre con una vasija regando agua sobre el suelo, lo que nos mostraría que la técnica de la arena mojada era ya conocida a pesar de la otra teoría (también plausible) de que esa agua es utilizada como rito espiritual. De cualquier modo, me atrevería a decir que no es común que este tipo de ritos se realicen justo cuando están transportando una estatua del peso de veinte elefantes. Podemos sacar conclusiones interesantes de este asunto: la ciencia no solamente se constituye de realizar ecuaciones, ni tampoco ese paradigma extraño de que los científicos están encerrados en un sótano puesto que las revelaciones sólo les pertenecen a ellos. No, incluso de una pintura se pueden sacar conjeturas interesantes para luego desarrollarlas y determinar si en realidad así funcionaban o no.  Del mismo modo que la ciencia ficción alimenta nuestra imaginación científica y tecnológica hasta el punto de convertirse en realismo de la época contemporánea, la ciencia, el descubrimiento de nuestros miedos y creencias dañinas más arraigadas están desveladas si nos atrevemos a revisar qué hay en la esquina más cercana.

La superstición no puede jamás compararse con lo más noble de la literatura. La primera es barata y perjudicial; la segunda, bien lograda y enriquecedora. Las pretensiones de veracidad quedan opacadas cuando nos enteramos que nuestro dinero fue invertido en una apoteósica jungla de mentiras que sólo van tras la fama y lo que es peor: un reconocimiento de los lectores o espectadores como prueba –eso sí, malísima– de sus más elaborados artificios mágicos. La vida no se salva; algunos libros de divulgación científica nos enseñan una escena teatral (para señalar los casos de superstición) que realizó Orson Welles a través de la radio informando de una invasión extraterrestre del tipo de La guerra de los mundo de H.G Wells y, según cuentan las fuentes de la época, hubo colapsos telefónicos y en las carreteras, además de que más de una persona fue presa del pánico más arrollador.

Creo por eso que la verdadera magia está en conocer, descubrir, enseñar y desvelar los enigmas que muchas veces nos hacen infelices.