En su sonido presentí una protesta, pero ahora no sé, es como melancolía, no entiendo cómo de un proceso tan cruel puede devenir un sonido tan poderoso y bello, pensé entonces en Víctor Jara y en muchos otros mártires

 

Por: Shirley Nieto Medina

“Dicen que el charango puede imitar el son del viento en los montes” 

Leonard Kósichev.  

 

Aquella mañana mi amigo me presentó la flauta tlapitzalli que poseía en su punta una cabeza de guajolote, me impresionó su sonido tanto como su forma, me gustaban mucho los animales y supe de Dios en alguna parte de la naturaleza. También interpretó el charango, y no dejó de alarmarme cuando vi que estaba hecho de un material muy significativo, del caparazón del quirquincho andino. Pensé que el hombre experimentaba con lo animado o inanimado, lo transformaba, y entonces se consideraba creador.

Pensaba en el quirquincho encerrado en su caparazón para siempre, y que ya preso lo único que podía hacer era imitar el son del viento. En su sonido presentí una protesta, pero ahora no sé, es como melancolía, no entiendo cómo de un proceso tan cruel puede devenir un sonido tan poderoso y bello, pensé entonces en Víctor Jara y en muchos otros mártires. Supe que entre más se silencie, más hermoso se canta y más fuerte.

Pronto empecé a olvidar las conjeturas perversas y el proceso de fabricación, quise pensar que el quirquincho no se lamentaba de su condición, que amó su transformación y que se sintió reencarnado para una especie de labor; dicen que las cosas cuando ya están hechas, ya son, y que solo queda acomodar el desastre a un nuevo comienzo. Como el esfuerzo de la independencia, o como el esfuerzo del sincretismo, subrepticio por rescatar lo que se presentía perdido.

Por accidente mi amigo también se transformó, tal vez aun su espíritu anda por las calles interpretando el son del viento o la crónica de un charango.