HUGO OQUENDOBasta recordar que los ideales de Jesús han permanecido en los pequeños remanentes de comunidades con sentido, donde se han levantado defensores de la vida, que incluso han llegado a pagar con sus propias

Por: Hugo Oquendo Torres

La comunidad primitiva de creyentes (antes de que fuera romanizada) para transformar en símbolo al Jesús histórico, primero apeló al mito al estilo griego para así reelaborar la concepción del héroe mesiánico en categorías judaicas. Es de esta manera como el Jesús humano, signo de resistencia, se diviniza a través de la construcción socio-mitológica del pueblo que soporta la ocupación romana. Cabe recordar, como dice Eduardo Galeano, que “la leyenda y el mito son también fuentes de conocimiento, porque han sido los medios que dispuso la memoria del vencido para no ser aniquilado”

Es por ello que en el Jesús histórico se reivindican los sujetos que luchan por la libertad de su pueblo; y es de este modo que Jesús descubre el proyecto liberador a través de su comunidad, porque ella se lo revela en la praxis y en la memoria de sus ancestros. Y es allí donde el Jesús histórico halla la divinidad, al encarnarse en la memoria histórica-colectiva de su pueblo que es martirizado, el cual estaba en búsqueda de una esperanza que trascendiera la realidad socio-política, que estaba condicionada por la muerte a causa del imperio romano. 

Jesús, de esta manera, se hace el Cristo liberador (la imagen donde convergen los rostros de las y los martirizados) por medio de la memoria del pueblo; y es por ello que el pueblo se transforma en el cuerpo del Cristo Resucitado, siendo éste el paradigma de resistencia contra el poder de la muerte. En efecto, si la memoria del Jesús histórico es revolución, por tanto la construcción colectiva del Cristo resucitado es esperanza histórica y comunitaria. 

Por ende, si nos situamos desde los cuerpos del pueblo latinoamericano y sus muertes bajo la bota de los imperios, el Jesús histórico debe interpelarnos hacia la resistencia emancipadora adversa a la muerte y a las opresiones; así como a las luchas por la causa de los pueblos y sus sujetos que residen en las fronteras sociales. Puesto que en el cuerpo de Cristo se da la tensión dialéctica entre la vida y la muerte, de la misma manera que la experimentan los pueblos latinoamericanos; y de la misma forma, la memoria del Jesús histórico nos brinda esperanza ante la confrontación de la muerte, puesto que la vida en él como en el pueblo no se ha estancado. 

No obstante hoy que estamos ad portas de las elecciones de segunda vuelta, podemos evaluar con mayor precisión toda la praxis contraria al Jesús de la historia de los pueblos vencidos, porque en vez de hallar un pueblo rebelde que lucha y se resiste en favor de la vida como el león de Judá; en vez de ello, nos topamos con un colectivo amorfo de borregos que han vendido su dignidad y conciencia en favor de una prebenda electoral, donde todas y todos son víctimas, como bien denomina Foucault, del “poder pastoral”. 

Sin embargo, basta recordar que los ideales de Jesús han permanecido en los pequeños remanentes de comunidades con sentido, donde se han levantado defensores de la vida, que incluso han llegado a pagar con sus propias, como por ejemplo: Martin Luther King, Camilo Torres o Teresita Ramírez, entre otras y otros.  Es por ello que hoy debemos hacer una re-memoración, para que ésta nos inste a hacer memoria de Jesús, puesto que la memoria tanto del Jesús histórico como de los pueblos latinoamericanos es lucha en defensa de la vida, y de la vida en sus diversas formas de ser y habitar la existencia.