Gloria La culpable única de la mala formación de los hijos es la madre, los padres salen indemnes y exentos de toda responsabilidad, de ahí que no sea extraño ni insólito el insensato juicio lanzado con total desfachatez de que cada pandillero, que cada degenerado, que cada ladrón y cada asesino, es producto de la mala educación recibida por una pésima madre

Por: Gloria Inés Escobar Toro

Una de las muchas contradicciones que entraña nuestra sociedad es la que existe entre la valoración y el trato que se da a la mujer. De un lado, en el discurso, se la exalta como el ser más sublime, aquel a quien no se la toca ni con el pétalo de una rosa y en su rol de madre, como a una santa a la que se venera y respeta por sobre todo, sin embargo en la práctica, es decir, en la cotidianidad, a la mujer se la violenta, se la degrada y se la discrimina sin consideración alguna. Es decir, en el discurso la mujer es lo más grande y preciado que existe pero en la realidad, aquella que se respira y padece, se la trata como al ser más estúpido e inútil; en la forma –apariencia se le reconoce como un ser con cualidades trascendentes pero en la esencia se la trata como objeto, por tanto, carente de voluntad e inteligencia.

Pero la contradicción gana mayor espesor cuando se mira la responsabilidad que se le colgó a la mujer al recaer sobre ella, en la mayoría de los casos casi que exclusivamente, la educación y crianza de los hijos. A un ser humano que la sociedad trata tan mal, que denigra tanto de su capacidad como de su juicio, se le asigna la tarea mayúscula de educar a los niños, otros seres humanos de quienes también la sociedad de manera hueca ha repetido secularmente son lo más importante, pero los deja abandonados a su propia suerte.

La sociedad en ambos casos, en el de las mujeres y de los niños, es realmente contradictoria.  En las formas los ensalza y en la esencia los maltrata. Que la mujer es el ser más sublime y que los niños son, como lo dijera el mitificado político Jhon F. Kennedy “el recurso más importante del mundo y la mejor esperanza para el futuro”, no son más que frases de cajón, expresiones “políticamente correctas”, es decir, meros formalismos vacíos que suenan bien pero no significan nada, tergiversaciones de la realidad muy bien fabricadas y perfectamente útiles para los fines de una ideología que procura conservar el poder de dirigir el mundo a la medida de sus necesidades y gustos.

De modo que a seres ineptos, buenos como adornos pero vacíos de cerebro, se les encomienda la tremenda tarea de educar a los hombres del mañana. Vaya paradoja, ilógica como todas, pero cómoda como ninguna.

Endilgarles a las mujeres toda la responsabilidad de la crianza de los hijos como si estos fueran engendrados solo por ellas y como si la formación de un ser humano fuera una tarea de su exclusividad resulta muy fácil y vuelvo a repetir, cómodo. Así la culpable única de la mala formación de los hijos es la madre, los padres salen indemnes y exentos de toda responsabilidad, de ahí que no sea extraño ni insólito el insensato juicio lanzado con total desfachatez de que cada pandillero, que cada degenerado, que cada ladrón y cada asesino, es producto de la mala educación recibida por una pésima madre, y que la sociedad entera, incluida la santa madre iglesia, señale con su dedo índice a la mujer como la culpable de la descomposición de la familia y, por ende, de la sociedad.

Por eso es también que el tibio remedo de una verdadera emancipación de la mujer del yugo patriarcal llamado liberación femenina, es condenado como el causante de los males de la sociedad. En efecto, que la mujer salga de la casa, lugar que se consagró como su “hábitat” natural, para educarse, trabajar fuera de su hogar y participar en la vida social, es considerado el germen de muchos males, entre ellos, la mala educación de los hijos y por contera, la descomposición de la sociedad.

Por lo tanto, convencer a la gente, incluidas a las mujeres mismas, de que esto es verdad, que el problema de la putrefacción de la sociedad radica, en gran medida, en la liberación de las mujeres no puede llevar sino a una única solución: mujeres devuélvanse a la casa, renuncien a ser seres sociales y políticos, obedezcan a sus maridos y dedíquense a asumir solas la responsabilidad de educar a los hijos y todo volverá a ser como antes, en otras palabras, se recuperará el paraíso perdido. He aquí la trampa: ¿qué antes? ¿En dónde? ¿Cuándo? ¿Paraíso para quién? Pues lo que la historia enseña es que desde el momento en que unos hombres esclavizaron a otros hace miles de años, la sociedad entera ha sido un estercolero cuyo primer foco encontró asiento en el hogar, pequeña cárcel en el que la mujer quedó atrapada para su desdicha y para la dicha de quienes desde entonces se niegan a perder su estatus de patriarcas. He ahí la verdadera razón de su cantaleta.