Esta parranda debe vencer el pesimismo de tanto académico y pseudointelectual que prefiere la comodidad de los libros y las charlas de café a favor de los derechos humanos, que la acción, concreta y valiosa, de salir a marchar por un derecho necesario para el país, el derecho a una educación superior pública y de calidad.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

En ocasiones es necesario armar una fiesta que tape las calles y que sirva para encontrarse con los otros, hacer un jolgorio que permita rescatar la educación pública. Esto es lo que se percibe en las marchas de estudiantes universitarios que, con justa razón, alzan la voz para exigir al gobierno mayores recursos.

¿Qué significa marchar? Al salir a las calles y taponar las vías los estudiantes están rompiendo con la soledad que caracteriza al ciudadano moderno. Es decir, los jóvenes invitan a defender algo común a todas las personas, claro está, sin perder la alegría y esperanza.

Esto contrasta con las situaciones que se viven a diario en muchos lugares, donde los ciudadanos padecen los problemas sociales y viven sus tragedias en silencio; no se avizora una solución a la falta de educación, salud o la falta de todo.

Contrasta con aquellas personas que no logran construir un tejido social que permita reclamar y hacer valer sus derechos y, cuando lo intentan, la violencia los hace callar.

El sociólogo español Juan Carlos Monedero reflexiona alrededor del concepto de precariado para comprender la situación política de las sociedades modernas. El precariado es un sujeto que está aislado de los demás porque no tiene nada que lo ligue a los otros.

La inestabilidad laboral de las sociedades modernas impide que se construya una identidad común entre los obreros; hoy es vendedor, mañana profesor, luego quién sabe.

Sin una estabilidad laboral es difícil que se configure un ciudadano que defienda sus derechos. Los sujetos, en soledad, solo sobreviven a las afugias del mercado, y ganar o perder un derecho es indiferente.

Ahora bien, si el siglo pasado fue el siglo del totalitarismo, este es el siglo de la fragmentación y la soledad. Los hombres cada vez más se sienten aislados, sin la posibilidad de comunicarse de manera efectiva con los otros; el trabajo y la sociedad aíslan, silencian al ciudadano.

De ahí que los estudiantes refresquen la memoria de las personas al cerrar las calles con sus marchas, en medio de carteles y consignas, nos recuerdan que las luchas sociales se deben dar en compañía del otro.

Los taponamientos deben recordar a su vez que el prójimo, al igual que uno, tiene derechos que pueden ser perdidos o conquistados.

Al ver las marchas estudiantiles, y rememorar otras en las que he participado, comprendo que las luchas sociales rompen con el aislamiento de los individuos. Porque en ellas he visto a personas de las más diferentes formas de pensar: comunistas, anarquistas, obreros, gente del común, sindicalistas… sujetos que se unen para recordarle a la sociedad que los derechos sociales son producto de la protesta y no de las buenas intenciones del Estado.

Por eso, resulta revelador evocar a los anarquistas marchar, con sus ropas maltrechas y con aire de suciedad, mientras lanzan mensajes en contra del Estado y a favor de la libertad.

Porque siempre surgen preguntas como: ¿será posible que el hombre pueda gobernarse sin necesidad de un Estado que restrinja y vigile?, ¿hasta qué punto el hombre puede querer alcanzar la libertad si está buscando cadenas (relaciones, propiedades, redes…) a las cuales aferrarse?

O qué decir de los comunistas que con aire de nostalgia ondean banderas rojas y recuerdan los triunfos obreros de otras épocas. Añoran un Estado que borre las diferencias entre ricos y pobres, al tiempo que garantice los derechos que son comunes a todos. Sueñan con una igualdad que permita liberar a todos los hombres y mujeres de las lógicas del dinero y la ganancia.

Añoran la solidaridad obrera, aunque algunos no desconocen que detrás de todo buen sueño se puede esconder el fantasma de la tiranía y la intolerancia. Porque las luchas por la dignidad obrera terminaron por cometer crímenes en contra de la humanidad. Pese a ello, las luchas por los derechos deben permanecer, sin lugar a dudas, sin olvidar los riesgos que tiene todo proyecto político.

Pero hoy los estudiantes, en estas últimas marchas, hacen de la protesta un carnaval nacional. Que impide el tránsito de los vehículos, demora la llegada de los transeúntes a sus destinos, pero recuerda que la educación es un derecho y no una mercancía.

Una de las muchas ventajas que trajo el proceso de paz, es que ya no se puede macartizar la protesta social. Ya no está el fetiche del terrorismo que servía para deslegitimar las marchas y negar derechos. Hoy las marchas son un carnaval, una fiesta que incomoda y concientiza, una fiesta a la cual falta invitar a los demás ciudadanos.

Esta parranda debe vencer el pesimismo de tanto académico y pseudointelectual que prefiere la comodidad de los libros y las charlas de café a favor de los derechos humanos, que la acción, concreta y valiosa, de salir a marchar por un derecho necesario para el país, el derecho a una educación superior pública y de calidad.

ccgaleano@utp.edu.co