ColumnistaCon lo cual, vale la pena preguntarse qué tan acertado es crecer bajo la sombra de Uribe. Lo que inicialmente lo hizo brillar, finalmente terminó por empañarlo. Y es que gran cantidad de sus votantes lo hicieron precisamente porque estaba respaldado por Uribe.

Por: Maria Laura Idárraga Alzate

Los resultados de las elecciones hablan por sí solos. Los colombianos eligieron la posibilidad de la paz (con obstáculos pero sin impunidad), a la seguridad democrática de la guerra. Sin embargo, vale la pena revisar las últimas jugadas políticas por las que el triunfo del candidato Oscar Iván Zuluaga se alejaba notoriamente.

Con esto no quiero decir que no existiera la más mínima posibilidad de que ganara. Al contrario, quienes nos oponemos a ambos gobiernos, temíamos lo peor.

Para empezar, la campaña del candidato Zuluaga siempre se empeñó en malograr los esfuerzos del presidente Santos por hablar de paz y reconciliación, aludiendo, entre otras cosas, a un discurso castro-chavista inexistente. Bajo el manto casi religioso del hombre detrás del títere, Zuluaga logró posicionarse como un fuerte candidato “de oposición” al gobierno actual, llevándose la mayoría de votos en la primera vuelta.

Con lo que no contaba Zuluaga era el boom que despertaron las últimas propuestas del presidente, más la fuerte alianza que logró consolidar con algunos de los ex candidatos de partidos de oposición. Tal es el caso de Clara López, Aida Abella y Antanas Mockus. Esta coalición, más la de cientos de jóvenes dispuestos a creer, intelectuales dispuestos a enseñar y políticos dispuestos a convencer, hicieron que la mayoría y unos cuantos abstencionistas y blancos en primera vuelta, salieran a votar por la paz y en contra del uribismo.

Con lo cual, vale la pena preguntarse qué tan acertado es crecer bajo la sombra de Uribe. Lo que inicialmente lo hizo brillar, finalmente terminó por empañarlo. Y es que gran cantidad de sus votantes lo hicieron precisamente porque estaba respaldado por Uribe. No obstante, al final del día, se demostró que fueron más quienes confiaron en la propuesta de Santos e ignoraron la repetición del gobierno Uribe, que terminó siendo la perdición de Zuluaga.

Uribe ya no es un hombre de confianza. En sus discursos, destila rencor y un afán por el poder perturbador. La loca de las naranjas no pudo haberlo demostrado mejor. Una mujer con la capacidad mental de criticar al gobierno actual y enfurecidamente desahogar sus frustraciones tirando una naranja al suelo, es evidencia de la falta de cordura que nos hace falta para combatir con argumentos una problemática social.

Finalmente, la campaña sucia ensucia a quien la crea. Con tantos engaños y montajes, no era posible que Oscar Iván Zuluaga ganara, mucho menos impostando un acento del que ya todos estábamos hostigados. Desde antes de saberse los resultados, Uribe escribió una serie de trinos en su cuenta denunciando el fraude electoral que se avecinaba. Por supuesto no tenía pruebas y aún teniéndolas, es casi enfermizo pensar que en sus pasados gobiernos no se hubiera untado de tal estrategia para ganar, incluidas las elecciones al congreso.

Esta es solo una pequeña muestra del daño que implica que un candidato se perpetúe en el país. Ojalá que los próximos cuatro años realmente sean la oportunidad que las víctimas y todos los colombianos se merecen de trabajar por la paz y no una dura treta de la presidencia por reelegirse. Allí hay confianza y la confianza es difícil de recuperar.