Pero claro, la mujer de al lado, no musitó una palabra, otra vez se había concentrado en su lectura. Fue entonces cuando se atrevió a mirarla sin disimulo pero ella no se dio por enterada. Empezó a sentirse incómodo, ¿quién era esa mujer?, ¿qué la mantenía como por encima del bien y del mal?, ¿qué clase de libro estaba leyendo, qué la absorbía de ese modo?

 

Por: Gloria Inés Escobar

¿No pueden ofrecerme otra solución? No, no la hay. Lo único que podemos hacer por usted, y esto teniendo en cuenta su prestigio y su urgencia, es garantizarle una reserva absoluta por parte de nuestra tripulación. No se preocupe, siga nuestras recomendaciones y todo saldrá como usted quiere. Ya hemos tenido experiencias similares con excelentes resultados. Recordemos: Usted abordará el avión antes que todos los demás pasajeros, de esta forma tendrá tiempo de camuflarse mejor, ocupará la última silla junto a la ventanilla del ala derecha… el resto corre por su cuenta. Su discreción es fundamental. Ah, y con respecto a su acompañante, no se preocupe, es una clienta habitual de carácter bastante reservado.

Aceptó la propuesta de mala gana porque no tenía otra opción. Qué más podía hacer si ya estaba sobre el tiempo y era urgente el viaje. Tal vez los de la aerolínea tenían razón: unas gafas oscuras, una bufanda y una gorra podrían disimularlo mucho. Subió al avión diez minutos antes que los demás, se arrellanó en su silla y se dedicó a hurgar el panorama exterior. Le molestaba la idea de viajar con tanta gente.

El avión se fue llenando poco a poco mientras esperaba con cierta ansiedad a su anónima acompañante. Quería verificar lo más pronto posible que todo estaba bajo control como se lo habían repetido. No tuvo que esperar mucho tiempo, una mujer delgada, bastante delgada, de cara angulosa y cabello negro se sentó a su lado sin siquiera mirarlo, se acomodó en su silla e inmediatamente comenzó a leer un libro. Esto lo tranquilizó, después de todo el capitán estaba en lo cierto, la mujer parecía no querer llamar la atención de nadie. Se tranquilizó un poco, cerró los ojos y deseó que el tiempo pasara rápido.

Ya en pleno vuelo y al percatarse de que su acompañante lucía efectivamente imperturbable, se aflojó la bufanda que lo tenía sofocado, soltó su cinturón de seguridad y respiró con alivio. A pesar de las circunstancias, las cosas iban desarrollándose bien. Sin embargo, la calma no duró mucho porque justo en el momento en que empezaba a sentirse totalmente relajado se encendieron las luces de advertencia. Al parecer una pequeña turbulencia estaba próxima. Nadie pareció tomarlo en serio hasta que un fuerte zarandeo los sorprendió. Enseguida el rumor de los comentarios, de los ruegos, del nerviosismo, se escuchó y las miradas entre todos empezaron a cruzarse. De nuevo otro sacudón, un poco más fuerte que el primero, estremeció el avión y el murmullo aumentó. El pánico empezó a asomarse en el rostro de los pasajeros. Él también se perturbó ligeramente, la única que permaneció en absoluta calma fue se acompañante, quien se limitó a cerrar los ojos. Cuando la turbulencia terminó y los avisos de advertencia fueron apagados, todo volvió a la normalidad excepto por el incesante murmullo de la gente que no terminaba de referirse a lo sucedido.

Pero claro, la mujer de al lado, no musitó una palabra, otra vez se había concentrado en su lectura. Fue entonces cuando se atrevió a mirarla sin disimulo pero ella no se dio por enterada. Empezó a sentirse incómodo, ¿quién era esa mujer?, ¿qué la mantenía como por encima del bien y del mal?, ¿qué clase de libro estaba leyendo, qué la absorbía de ese modo? Cobró aliento, se cubrió un poco con la bufanda y sin recato comentó, estuvo algo fuerte el remezón, ¿no? Ella le sonrió y sólo dijo, sí.

Enseguida volvió a enfrascarse en el libro. Él, recriminándose su imprudencia, tomó la revista que estaba en el espaldar de la silla delantera y empezó a ojearla. En medio de sus páginas encontró la reseña de su último libro y una fotografía suya del día del lanzamiento. Inmediatamente la cerró e intentó concentrarse en el motivo de su viaje.

No habían pasado unos minutos cuando de nuevo sintió el impulso de voltear a mirar a su acompañante, esta vez se detuvo en su rostro y le pareció que era una mujer interesante. Tenía además unas manos largas, finas y unas uñas muy cuidadas. Sin consultar a su razón y dejándose llevar por un arrebato se quitó sus gafas y se aflojó totalmente la bufanda, dejando su rostro libre. Sin pensarlo mucho, se oyó preguntándole por la hora. Ella amablemente miró el reloj y le contestó con suavidad, las 6:30, después de lo cual, retornó a las páginas del libro.

A esta altura, ya la molestia se le había convertido en intriga, ¿era posible que esa mujer no lo hubiera reconocido? No lo creía. Si justo antes del abordaje del avión en el programa de variedades que tenían sintonizado en los televisores del aeropuerto habían presentado una nota sobre él y su libro, además en todos los noticieros de la semana su último éxito había sido ampliamente difundido. Ella tendría que haberlo visto.

Se sintió estúpido, ¿no era eso lo que él quería, que nadie lo reconociera? Ya estaba cansado de las preguntas tontas de la gente, de las falsas sonrisas, de las frases huecas, de las insinuaciones de las mujeres, de los halagos de todos los que se cruzaban por su camino. Y ahora estaba allí, enfadado porque una mujer de tantas, no lo determinaba. Decidió ignorarla. Trató de pensar en otra cosa y cuando ya lo estaba logrando, su compañera de vuelo, se levantó, cerró el libro, lo dejó sobre la silla y caminó en dirección del baño.

Entonces se le cruzó una idea por la mente, averiguar un poco quién era ella. Ahí estaba el libro y seguramente tenía su nombre y tal vez alguna dedicatoria. Dudó un momento pero finalmente con el movimiento rápido de quien es consciente de hacer algo indebido, tomó el libro, y cuál no fue su sorpresa cuando descubrió que era el SUYO, el que estaba de moda. Lo abrió, en la solapa estaba inconfundible su fotografía y una breve biografía suya. Buscó torpemente en las primeras páginas algún nombre o dedicatoria pero no lo encontró. Presintiendo el regreso inminente de su acompañante acomodó el libro como ella lo había dejado, y ya decidido a que fuera reconocido, se quitó la bufanda, la gorra y las gafas.

Cuando ella se acercó él la miró directamente a los ojos y le sonrió, ella después de devolverle cortésmente la sonrisa, se sentó e inmediatamente recomenzó la lectura. ¿Quién se creía esa mujer? ¿Cómo no lo abordaba, acaso no era un honor que él estuviera sentado junto a ella? ¡Qué arrogancia! Se sintió furioso. Menos mal que el viaje estaba próximo a terminar. Cerró los ojos y deseó llegar pronto.

Pensó de nuevo que tal vez… ¿está interesante el libro?, se oyó decir muy a su pesar. No hubo respuesta. ¿ESTÁ INTERESANTE EL LIBRO?, repitió ya fuera de sí. Un poco asombrada por lo inesperado y el tono de la pregunta, ella lo miró con detenimiento y con la resolución de quien decide de una vez por todas aclarar las cosas le dijo pausadamente: como para entretenerse mientras se viaja. Sin ningún gesto en particular y en espera de una réplica, ella le miró fijamente a los ojos.

Él, intimidado por la seguridad de la mujer y lo absurdo de la situación, no supo qué decir, se sintió humillado y fue él, esta vez, quien esquivó la mirada fingiendo preocuparse de lo que pasaba al otro lado de la ventanilla. ¡Qué respuesta era esa! A todas luces se veía que era una ignorante en cuestiones de literatura. ¡Un libro para pasar el rato! Tonta. Hasta ni sabría quién era el autor, ni siquiera habría leído la solapa. ¡Vaya acompañante!

Las luces de alerta lo sacaron de sus pensamientos. El avión estaba próximo a aterrizar. Con una rabia incontenible volvió a camuflarse, sabía que tenía que esperar a que todos los pasajeros salieran para deslizarse sin ser visto por nadie. Bueno, al fin y al cabo, las cosas habían salido sin traumatismos, excepto…

¿Usted sabe quién soy? La pregunta le había salido sin querer. Por supuesto, cómo ignorarlo, usted es el autor de este libro, respondió mostrándole la carátula. Hubo un silencio que él deseaba fuera roto por ella. Así, con todos los sentimientos atravesando su cuerpo y ante la inminencia de la separación fue él quién se vio obligado a ceder ¿Y? ¿Quiere un autógrafo? No, fue la respuesta recibida…

ESCUCHEN TODOS, AQUÍ A MI LADO ESTÁ NADA MENOS QUE EL FAMOSO ESCRITOR AUGUSTO LLANO quien acaba de publicar este libro, dijo ella en voz muy alta levantando el libro y girando la portada para que todos pudieran verla, y tiene mucho gusto en regalarles su autógrafo Y EN CRUZAR ALGUNAS PALABRAS CON QUIENES QUIERAN, UNA VEZ EL AVIÓN SE HAYA DETENIDO COMPLETAMENTE. La mujer volteó a mirarlo y sin decir nada más guardó el libro en su bolso y se levantó mientras que un tumulto se formaba junto a las silla que había ocupado.