Volver a clase

Seguramente presente soluciones de forma a problemas de fondo. Por ello es necesario tener claro que antes que el acceso y las metodologías se encuentran los mínimos vitales y la estabilidad emocional.

 

Por / Edgar Eduardo Pulido García

Hoy lunes 20 de abril será el “retorno a clases” en medio de la pandemia y, bajo las medidas (necesarias) de aislamiento, este retorno será de manera virtual.

Muchos vacíos nos embargan a la comunidad educativa sobre el cómo será este retorno. Preguntas lógicas, dado que, al menos la mayoría, no estábamos preparados para este cambio de “método”.

Dentro de los interrogantes y preocupaciones caben muchas de forma: ¿cómo continuar con la educación virtual? ¿Con qué herramientas? Aquí la red nos puede jugar una mala pasada, puesto que el maremágnum de información y herramientas en mal uso puede convertirse en una torre de Babel, es así que el proceso de filtración tanto en contenido, herramientas, metodologías y en canales de comunicación es fundamental para no entrar en un caos por exceso.

Otro tema preocupante, principalmente para el magisterio, es el asunto del teletrabajo y el espacio personal. Ya algunos estudios han mostrado (incluso avalados por la OIT) “los riesgos del teletrabajo”, al desvanecer la frontera entre lo personal y lo laboral, eso que en el magisterio ya se vive de manera constante: la revisión de exámenes que toma más tiempo del contemplado, “la llamada de un acudiente pues hay un asunto urgente a las 8:00 pm”.

Todo esto, en un ambiente de teletrabajo se puede desbordar al punto de perder de vista los tiempos personales y los laborales, con todas las complicaciones que esto conlleva.

Sin embargo, las situaciones presentadas en las líneas anteriores –y muchas otras, seguramente– son solo un lado, el más simple, de las dificultades de la empresa a iniciar, del lado de los educandos –y de sus familias, porque ahora sí entran como un todo indistinto– están en principio las circunstancias vitales alrededor de la pandemia.

Su acceso a los AVA (Ambientes Virtuales de Aprendizaje) en principio requiere de condiciones de acceso –internet y equipos– de los que muchos carecen –no sé si ya habrá un dato preciso–. Garantizar ello es básico para poder iniciar el traslado a una educación virtual.

Sin embargo, y enfatizo, aun así, esto no es suficiente. Me explico: ¿alguien ha pensado cuántos trapos rojos de personas pidiendo ayuda hay en las ventanas o puertas de muchos de nuestros estudiantes? ¿Cuántos habrán de migrar al campo buscando cómo suplir sus necesidades mínimas? ¿O cuántos en silencio sufrirán las penurias de esta situación? ¿Y qué hace un docente? ¿Dar clase y cumplir con la tarea de rigor?

Aun así, este escenario sigue siendo incompleto, falta algo que para en mi criterio es lo más importante:

¿Quién dijo que los estudiantes van al colegio a estudiar?

Nosotros como docentes tenemos un deber: impartir unos contenidos según nuestras áreas del conocimiento, que están regulados dentro de un marco legal, y cumplen con unos fines como sociedad. El estudiante en el colegio se prepara para insertarse en el proceso de producción social y asumir un rol, según sus capacidades, competencias y posibilidades.

Creo que todos los docentes “impartimos clases” teniendo presente ello, bueno, al menos nos preparamos profesionalmente con eso en mente. Tal vez ello suene exagerado, claro que los docentes podemos influir de manera decidida en el futuro de los estudiantes, tanto en desequilibrios piagetianos como en transformaciones en la manera de afrontar la realidad, a lo que me refiero es que en general las clases para los estudiantes –por lo menos para una parte– son una cuota que deben cumplir para poder estar en un espacio –muchas veces una burbuja– donde se pueden construir como sujeto colectivamente.

El colegio no es solo la institución educativa, es un lugar de encuentro donde convergen desde las trivialidades hasta angustias existenciales profundas. Esta socialización es, también, una manera de escape de unas realidades de pobreza y violencia que se viven diariamente extramuros.

Esas dos palabras: la violencia y el hambre que retumban en parques de las periferias y que estallan al frente de entidades públicas, también se viven de manera constante dentro de los hogares. Recuerdo una época de mi infancia en la que conocí de cerca esa violencia: esperar el amanecer para salir al colegio y huir al menos por unas horas…

El colegio se presenta a manera de otra condición de relacionamiento vital, social y afectivo, muchas veces más seguro que otros, mediado por la paridad de con quiénes se comparte. De hecho, el matoneo en el colegio es grave, porque si esa válvula de escape también está rota, el adolescente queda en un callejón sin salida y de ahí los cuadros de depresión ansiedad y otros escenarios terribles.

Es necesario aclarar que el hambre y la violencia no son un fenómeno del Covid-19, estaban ahí mucho antes y seguirán –lamentablemente– mucho después. No por nada hace un siglo, en medio de la gripe española, la primera guerra mundial y la hambruna, la frase: pan y paz hizo eco en toda Europa; pero estas notas están dirigidas hacia otro análisis.

¿Cómo suplir virtualmente lo dicho más todas las muchas cosas que se me escapan?

Seguramente presente soluciones de forma a problemas de fondo. Por ello es necesario tener claro que antes que el acceso y las metodologías se encuentran los mínimos vitales y la estabilidad emocional.

Para lo primero, que desborda nuestras capacidades, está la necesidad de que los docentes ejerzamos la vocería de ello para exigir a las entidades con el fin de que cumplan con su labor.

Claro está, se debe reconocer la solidaridad del magisterio en esta situación y las otras acciones, menos sonoras, incluso invisibles, de muchos docentes que, de manera individual o colectiva, han hecho todo lo posible, dentro de sus límites, por menguar la crisis para sus estudiantes.

Ahora, en el plano emocional, la orientación debe ser de primer orden, y es en el núcleo familiar donde se debe prestar mayor atención.

Por último, sí, es poco, lo sé, está el hecho de tratar de no ser invasivos con el uso de las redes. En mi caso, el uso de WhatsApp y Facebook me parece que son entornos que facilitan el trabajo con los estudiantes. Sin embargo, también pueden ser un arma de doble filo, al despojar a los educandos de espacios de “socialización virtual” que hasta hoy estaban libres de adultos y del formalismo académico. Allí habrá que buscar también espacios para permitirles ser en medio de las dificultades.

Es claro que se pueden/deben buscar formas para hacer las clases más amenas, hacer que la clase no sea tediosa y horriblemente larga. Eso aplica tanto para los AVA como para las clases presenciales; sin embargo, no se puede limitar el tránsito a la virtualidad como un mero asunto pedagógico. Estas notas no están dirigidas para llamar a la pasividad o a la justificación pasiva y contemplativa.

Hay que seguir revoloteando las alas como golondrinas; empero, se debe tener presente que las acciones para que cese la tormenta y se haga verano no dependen solo de nuestro agitado vuelo.