Es increíble que aún en el siglo XXI se continúe una cacería de brujas (y no es exagerado el término) contra estudiantes que no quieren ser como todos los demás, que quieren verse de una manera que no lastime a los demás. Por ejemplo, es asombroso que aún se sigan objetando derechos de educación a estudiantes –hombres, sobre todo- que tienen el cabello largo (es decir, tres centímetros más allá de lo que una tradición católica y conservadora permite para ir a misa), portadores de piercings, uso de colores que embriagan las actitudes sacras de las directivas de los colegios en Colombia.

Por: Alfredo Santa*
No tengo ni idea, por la ingratitud que denota la falta de dinero y las facultades desenvolvedoras del manejo de la computación hasta sus confines, de saber encontrar cuál fue el discurso que Gabriel García Márquez pronunció hace muchos años en su colegio de secundaria en Zipaquirá. Pero sí hay algo que, por lo menos, me llama la atención es el título de su último libro: Yo no vengo a decir un discurso. Y eso sí, puedo imaginarme todo lo que en él está escrito, sin apresurarme a robar sus ideas. Pero yo, hoy, sí vengo a decir un discurso.
Directivas, profesores, padres de familia y estudiantes… este será el acta de las gratitudes, de los elogios, de las enseñanzas, pero también será el de los desacuerdos, el individualismo y mis actitudes antiautoritarias que, al parecer, aún no han desaparecido de la escena estudiantil. Hay educación porque hay oposición, sino siempre estaríamos estancados en las mismas actividades viejas, anticuadas y completamente inadecuadas en el plano de una moderna teoría de la educación. Ya no se pega con reglas ni se enseña a sentar a los niños con pellizcos, pero aún nos han quedado (casi que por pertenecer a nuestra naturaleza) los agravios y las mezquindades lanzadas desde las señas, la palabra y el lenguaje.
El colegio siempre ha sido reconocido como el centro de la enseñanza, de la esperanza, de los amigos y las felicidades. En todas las despedidas se ha visto entre lágrimas y cabello húmedo. Sin embargo, no todos tenemos las mismas actitudes frente al modelo de la escuela y muchos creemos que parte de lo que nos enseñan está encaminado a proporcionar un número calificativo en los espacios en blanco de las planillas, esto es, y como lo decía Rodolfo Llinás, una educación sin contexto, con miras solo hacia un objetivo vacío como lo es aprobar una materia y no aprender a crecer con nuevas ideas en nuestra propia vida. Es un problema verdaderamente complicado, pues tampoco encontramos mejor sistema de calificación y anularlo sería un problema. Pero sí creo que no debería colocarse como centro único de nuestra educación. Y el individuo queda ahogado con la generalidad que denota una clase solo dispuesta a la nota o a la exactitud de no entender nada. Carl Sagan habla de los estudiantes que se destacan como bichos raros (una traducción algo inexacta de su original) pero no por lo que son en sí mismos, sino por la manera en que los demás los llaman; una actitud puramente llena de generalidad, de absurdo, de estupidez.
No es raro ver, y yo lo vi, cómo se sigue aludiendo a falacias de autoridad para denotar seguridad y verdad en las clases cuando el estudiante se enfrenta a su profesor en un debate de ideas, que claro el profesor deberá resolver pero nunca con gritos, ni con alegatos de su importancia jerárquica porque eso no dice nada, a lo sumo preparación que el estudiante esperaría ver en sus preguntas no contestadas. No se trata de que el profesor deba aceptar como válidas las ideas que el alumno suscita, pues su preparación debería estar encaminada (al mismo tiempo que escucha y atiende), a corregirlo.
Y, tal vez, para muchos me estoy dirigiendo hacia una actitud puramente irresponsable, cuando lo verdaderamente inconsciente y dañino es quedarnos callados como casi todos lo hicimos durante el tiempo, sea cual sea, que estuvimos en el colegio. Recuerdo a Sui Generis cuando decía “Y nadie nunca se atrevió a decir una verdad, siempre el miedo fue tonto…”.
El colegio sí, para muchos, fue el centro del amor, la amistad y la alegría, pero también fue el opuesto a todos estos conceptos que no salen más allá de unas palabras de la clase de ética. Es increíble que aún en el siglo XXI se continúe una cacería de brujas (y no es exagerado el término) contra estudiantes que no quieren ser como todos los demás, que quieren verse de una manera que no lastime a los demás. Por ejemplo, es asombroso que aún se sigan objetando derechos de educación a estudiantes –hombres, sobre todo- que tienen el cabello largo (es decir, tres centímetros más allá de lo que una tradición católica y conservadora permite para ir a misa), portadores de piercings, uso de colores que embriagan las actitudes sacras de las directivas de los colegios en Colombia. Es absurdo. Pero es precisamente por este tipo de actividades que se llega hasta el desastre y la tristeza que solo las cosas estúpidas pueden acarrear: lo viví y muchos lo siguen viviendo. Y entonces uno se pregunta: ¿dónde está esa felicidad, esa amistad que todos promueven en el colegio? ¿Acaso no se dan cuenta que obligar a un estudiante y decirle cómo debe comportarse y vestirse solo llevará a la discriminación que los estudiantes no dudarán en tomar como ejemplo a seguir? Y regresan las falacias de autoridad…
Y no me malinterpreten, no quiero decir que se deban asumir actitudes permisivas en el colegio pues esto también seguramente llevará a la desgracia, hasta el punto que no se terminará enseñando casi nada a los alumnos. No, eso no quiero decir. Pero sí que se deben acabar tantos prejuicios dañinos y actitudes restrictivas hacia acciones que no perjudican a nadie.
Se suponía que los colegios de hoy debería estar enfrentados a problemas como las pseudociencias, las mafugadas y la religión. Al menos en los colegios públicos. Pero no es así, sé que es difícil guardarse las opiniones, pero no se puede desconocer que estamos ante un Estado laico y por tanto las escuelas también deben ser laicas. Es claro que aún se sigue aludiendo a dios para resolver problemas que se pueden responder con leyes básicas de física, matemáticas, biología y química. Y encontramos un problema: ¿el estudiante debe respetar lo que diga su profesor o el profesor debe respetar al estudiante desde unas actitudes netamente seculares? Es claro que estoy de acuerdo con esto último; el estudiante no va al colegio para ser doctrinizado, sino para comprender, tratar en menor medida (es cierto y triste que el colegio no alcanza para más) de entender quiénes somos y hacia dónde vamos, problemas que se pueden solucionar con ciencia. Necesitamos ciencia en nuestros colegios, no confesiones ni religión, no respuestas simples, sino argumentos de validez, no necesitamos seguridades absolutas, sino duda y escepticismo. Pero se desconoce. Toda la maraña se pierde por la tradición cristiana que nos agobia y que los adultos, profesores o no, nos quieren imponer. Se rompe la Constitución cuando nos llevan a iglesias, pero cuándo les da por preguntarse si queremos ir al laboratorio o a un conversatorio sobre literatura. Ya olvidé las veces que nuestras directivas pronunciaron la palabra dios y la indiferencia de todos los estudiantes que no entendían si se referían a su dios o al de los otros. La religión nos hace mediocres, facilistas.
¿Qué ética nos puede enseñar un profesor que lo vemos arrodillado frente a una estatua religiosa más que la de la sumisión, la obediencia y el no-cuestionamiento? Creo que la religión es peligrosa para la sociedad; solo la educación podrá acabarla de una vez por todas.
Einstein decía que la educación es aquello que queda después de terminar el bachillerato y cada uno sabrá cómo agradecer al colegio. Yo le agradezco de esta manera, es decir, simplemente deseándole mis buenos deseos para la transformación de una educación más justa, basada en la libertad, el humanismo y ciencia.
Amigos, estudiantes, aunque muchos (me incluyo) no sepamos hacia dónde vamos, solo pido que no seamos “otro ladrillo en el muro”. Y por todas estas razones es que yo hoy sí vine a decir un discurso.
*Discurso de grado censurado en un colegio público de Pereira y que TLCDLR difunde en aras de defender el derecho a la libre expresión, mucho más cuando ella es sopesada y sustentada en las ideas y principios de los individuos, así no sean necesariamente compartidos.


