CARTAGO: LA BATALLA POR EL PUENTE

En el extremo norte del Valle del Cauca, el puente que conecta con la montaña cafetera ha sido el lugar de disputa entre manifestantes y fuerza pública. La resistencia ciudadana no ha perdido la moral y la fuerza pública cuenta victorias momentáneas.

 

Escribe / Camilo Alzate – Fotografía / Víctor Galeno

Nadie nos lo ha contado, lo hemos visto nosotros mismos.

Hemos visto al helicóptero negro sobre la multitud enfurecida, sobrevolando esquinas y cuadras en las que en la gente se ha volcado a puertas, ventanas y balcones esperando algo que parece una invasión.

Hemos visto ancianos jubilados y vendedores de lotería cabeceando dormidos junto a las iguanas del parque para conjurar el bochorno de las cuatro de la tarde, sin darse por enterados que a sólo siete calles de ahí un tropel de trescientos muchachos acaba de cerrar la carrera quinta, la cuarta y la tercera bis, quemando llantas, palos, atravesando en la mitad de la vía piedras, canecas, lo primero que aparezca.

Hemos visto como se suman a la primera línea de confrontación mecánicos gordos con su ropa de labores grasienta, pero también muchachas adolescentes con camisillas de la selección Colombia. Y enfermeros que deben volar luego para alcanzar el turno y mendigos callejeros y decenas de hombres y parejitas en motos que arriman con cuñetes de pintura, con gasolina, con canastas de botellas vacías para los que están al frente repeliendo al ESMAD.

Hemos visto un joven en sudadera –el rostro bien cubierto por una camisa zapote, las llaves listas en la mano– corriendo hacia la puerta de su casa, donde un letrero anuncia que se vende un dulce típico de la región, para salir enseguida con dos litros de gasolina bajo el brazo. Hemos visto al hombre de camisa manchada gritándole a los curiosos en las ventanas “no podemos dejar que la Policía acabe con el pueblo, todos somos cartagüeños”. Y al que pregunta “¿dónde están las molochóv? ¿dónde están las molochóv?”. Otros abren sus casas para que los muchachos se escondan, les pasan por las ventanas agua, bolsas de leche, bicarbonato.

Nadie nos lo ha contado: hemos visto una señora mayor perder el sentido por los lacrimógenos. Cuatro muchachos de la primera línea con máscaras antigás la sacan de su casa cargada y la llevan al hospital San Juan de Dios, lo que no cambia mucho pues dentro de cinco minutos los pasillos del hospital van a estar igual de irrespirables, infestados de gases, que ya empiezan a caer en techos, en patios, en balcones, incluso acá junto a nosotros, en este enredo de gente y bombas incendiarias que vuelvan y van entre las calles cuarta y tercera, donde corremos esquivando un taco de motocicletas.

Todo lo hemos visto con mi compañero Víctor Galeano el viernes 21 de mayo, después de pasar el día conversando con participantes del paro nacional en Cartago, Valle del Cauca, donde la ciudadanía ya ajusta un mes de marchas pacíficas que han sumado hasta diez mil personas, caravanas de carros y ciclopaseos, conciertos y actos culturales, grandes asambleas populares y jornadas de pedagogía y sensibilización.

Y disturbios violentos como este, que suelen extenderse hasta bien entrada la madrugada.

Se estaba cumpliendo la predicción que dos semanas antes había lanzado el líder juvenil Óscar Murillo durante una rueda de prensa organizada por el Comité del paro local: “si la ciudad se llena de ESMAD muchos lo van a tomar como una incitación”, dijo Murillo. “Yo no hago apología de la violencia, pero ahí tenemos el resultado de un gobierno que nunca le ha apostado a la educación plena, a la cultura, al deporte, y después se quejan de que tienen vándalos. Obviamente, hay personas ignorantes que la única forma de defenderse que tienen es con piedra en mano, son muchachos que no entran en razón y tienen un odio reprimido porque han sido olvidados y los han tirado a los lugares más lejanos de la ciudad”, explicaba Óscar a las cámaras del noticiero Norte Hoy.

Con un saldo de 14 manifestantes capturados, ese viernes 21 en la madrugada el ESMAD consiguió retomar por fin el puente Simón Bolívar sobre el río La Vieja, límite natural entre Valle del Cauca y Risaralda, en poder de los manifestantes desde el primer día del paro, el 28 de abril.

La población lo rebautizó como el “Puente de la Resistencia”, convertido en epicentro del movimiento: cada día se cocinaba una olla comunitaria y había una tarima con presentaciones culturales y conciertos. Fue allí donde se llevaron a cabo las negociaciones de los manifestantes con el alcalde Víctor Alfonso Álvarez y la Defensoría del Pueblo, cuando el defensor nacional visitó la ciudad.

“Pereira tiene un símbolo de resistencia que es el Viaducto, pero Cartago tiene al Puente Bolívar, fue el símbolo de la lucha en el paro cívico de 1983. Es la entrada al Pacífico, es la conexión de Antioquia y el Eje Cafetero con la vía Panamericana, por eso es tan importante”, explica un académico y profesor universitario que ha participado de las movilizaciones.

La primera incursión fue el mismo 28 de abril con policías que llegaron desde Pereira. Todos los testigos coinciden en que dispararon contra los manifestantes y aquello fue lo que desató la furia de la población, que respondió incendiando la pequeña subestación de Policía de Puerto Caldas. El saldo de aquella noche fueron siete civiles heridos de bala.

Luego las incursiones fallidas del 9, 15 y 17 de mayo se convirtieron en batallas campales por los barrios aledaños al río y al puente. El ESMAD persiguió los manifestantes e intentó sacar muchachos de sus casas en los barrios Horizonte, La Arenera, El Paraíso, La Platanera y Brisas del Río, y eso provocó que “todo el pueblo se sintiera con ira”, relata Juan, un estudiante activo en la organización de las manifestaciones. “Al principio la gente sólo quería tirar piedra”, recuerda, “había mucho desorden, cada uno por su lado, las barras bravas, la primera línea. Luego empezó la pedagogía, enseñarles por qué estamos acá”.

Esa pregunta, por qué están allí, por qué después de cuatro semanas y un número aún no determinado de heridos y capturados los muchachos siguen juntándose en las noches con sus cascos y sus escudos de lata para ver si logran arrebatarle el puente a la Policía, no tiene una respuesta precisa. Responder eso equivale a resolver el paro.

“Yo dije: si el país tiene que parar, pues es lo mejor”, sostiene Carlos, otro universitario que ha participado de los bloqueos. Carlos no está organizado y su Universidad queda en Pereira, a 30 kilómetros y una hora de distancia.  “Estamos cansados de ver la indiferencia, de ver como cada día el gobierno le mete a uno más cosas”.  Carlos se convenció de sumarse a las protestas informándose con lo que él llama “medios alternativos”: instagramers como Alejo Vergel, youtubers como Levy Rincón y Lalis Smile, videos de La Pulla sobre la reforma tributaria, sobre la reforma a la salud. “Todo ha sido muy espontáneo”, cuenta y agrega que fueron los barristas quienes le pusieron disciplina y orden a los bloqueos, aunque ahora muchos han decidido marginarse después de recibir amenazas. El paro, al que en Cartago se han sumado maestros, camioneros, corteros de caña, bomberos y muchos ciudadanos del común, muy pronto tuvo también su “primera línea” local, conformada por estudiantes y muchachos de los barrios sin empleo ni educación, los célebres “ni-ni”.

Ellos han sido el alma de los bloqueos que se mantuvieron por 23 días consecutivos y aprendieron de organización sobre la marcha. En su último pronunciamiento lamentaron la incursión del ESMAD en los barrios, agradecieron a la personería por ayudar en la liberación de los 14 capturados del 21 de mayo y solicitaron acompañamiento de la ONU y de periodistas internacionales sobre el terreno.

“Los muchachos no están pidiendo nada del otro mundo”, se queja Hernando Montoya, un viejo sindicalista que los ha acompañado. “Piden empleos, educación, una biblioteca ahí en Puerto Caldas. Son empíricos, se organizaron ellos mismos y nadie les ha enseñado a luchar”.

Cartago y Puerto Caldas, dos pueblos separados por el río y el puente, son en la práctica una sola “ciudad de los confines”. Ese fue el concepto que usó alguna vez Francisco Zuluaga, profesor de la Universidad del Valle, para explicar que la dinámica de frontera de ambas poblaciones se traduce en un vergonzoso abandono estatal y administrativo: Puerto Caldas es uno de los corregimientos más lejanos y el más abandonado de Pereira. Algunos estudios señalan que la pobreza extrema afecta al 66% de la población y en 2016 el empleo informal alcanzaba una escandalosa tasa del 85%.

En muchos barrios de Cartago la situación no es nada diferente a la de otras ciudades del Valle del Cauca, como Buga, Yumbo o Tuluá, donde la desocupación se duplicó con la crisis económica que siguió a la pandemia. “Esos muchachos no tienen nada que perder, no tienen trabajo, salud, nada, no tienen miedo, muchos por primera vez comen las tres comidas diarias gracias a los bloqueos”, asegura Paula Acevedo, una profesora afiliada al sindicato local. “¿Qué piden? Cosas tan básicas como una fundación para que les den clases, una guardería para que las madres solteras puedan trabajar”.

Y ahí los anhelos de los muchachos se extravían en los confines, porque Carlos Maya, fiel a esa tradición de otros alcaldes anteriores que sólo se asomaron a Puerto Caldas durante la campaña electoral, no ha aparecido en la zona para mediar en la crisis, ni ha enviado nada que no sean camiones cargados de policías, mientras que Víctor Alfonso Álvarez, alcalde de Cartago, argumenta que no puede invertir un peso en el corregimiento porque no pertenece a su jurisdicción territorial, lo que es cierto.

Aunque no niega la profunda crisis social, Álvarez sostiene que hay otros intereses y actores que intentan “pescar en río revuelto”. “Por supuesto, Cartago tiene una deuda social enorme con los muchachos” reconoce, “pero hay cosas raras. Y muchas”. Se refiere a las informaciones del supuesto apoyo que ofrecieron al paro algunos miembros de La Oficina, una de las bandas locales del narcotráfico.

Álvarez se ha reunido varias veces con los muchachos, incluso su mediación frenó uno de los desalojos del ESMAD el 20 de mayo, cuando el coronel encargado del operativo pactó un plazo de doce horas para la apertura, con el compromiso, según él, de dejar pasar todo tipo de vehículos, pero “los muchachos se radicalizaron en que no iban a dejar pasar camiones de multinacionales ni de grupos empresariales”.

Muchos manifestantes consideran al alcalde como responsable de la arremetida más violenta de todas, ocurrida el lunes 17 de mayo, un día después del consejo de seguridad que el presidente Iván Duque presidió en Pereira con él y otros alcaldes de la región. Ese día los muchachos notaron que el ESMAD se quedó sin municiones en Puerto Caldas y que los policías se reabastecieron con una ambulancia que utilizaron para cruzar los bloqueos.

“Fue al frente de mi casa” cuenta Fabiola, una vecina de Puerto Caldas, quien además es pariente lejana de uno de los muchachos abaleados el 28 de abril y tiene dos hijos sin trabajo desde hace un año. “Nosotros miramos la ambulancia que llegó y estacionó ahí. Se veía perfectamente que eran armas lo que estaban bajando. Por eso los muchachos se enojaron más y toda ambulancia que pasaba la requisaban”.

Víctor Álvarez se defiende diciendo que la orden de desbloquear es del presidente, no suya, y admite que aunque solicitó la asistencia militar –pues algunos manifestantes han intentado quemar la alcaldía dos veces–, aclara que en realidad la línea de mando sobre la Policía no la tiene él como mandatario local, sino que las decisiones se están tomando en los cuarteles sin consultar a nadie. Las operaciones han sido dirigidas directamente desde Pereira y Cali por los generales Alberto Libreros y Hoover Penilla, un cartagüeño que ahora es subdirector nacional de la Policía. “Yo le reclamé al general que el ESMAD no ingresara a los barrios y que no se realizara la confrontación en la cuadra del hospital. Les hice todos los llamados para que no ingresaran”.

Sin escuchar al alcalde, el ESMAD invadió las calles del pueblo el 17 de mayo y hasta se enfrentó con señoras en piyama que salían de las casas a reclamar que no persiguieran a los muchachos. La IPS municipal colapsó ese día por la cantidad de niños y ancianos ahogados con los gases lacrimógenos.  “Los han golpeado, los han hecho lanzar por el río, pero ellos dicen que no se rinden”, cuenta Fabiola. “Prenden una candela, empiezan a cantar, a hacer teatro, danzas, entonces el ESMAD se les va encima y ahí ellos comienzan a devolverles con piedra, ahí es donde forma el desorden”.

Una colección de metralla

El domingo 23 de mayo los muchachos intentaron retomar el puente por la tarde. A las siete pasadas ya había un herido de bala en un brazo, lo que no disuadió a nadie porque los enfrentamientos continuaron hasta la madrugada. El ESMAD volvió a quedarse sin municiones a media noche. Desde el peaje de Cerritos bajaron dos camionetas de la Policía con hombres armados de fusil, vestidos con capuchas y ropa oscura, que patrullaron por las calles de Puerto Caldas y se retiraron sobre las cuatro de la mañana.

Pocas horas más tarde, el senador Wilson Arias diría ante al Congreso de la República nada de esto “se trata de un hecho episódico, sino de un plan macabro”. Remataba así su intervención en el debate de moción de censura contra el ministro de Defensa, Diego Molano. El senador se refería a las prácticas sistemáticas de abrir fuego contra manifestantes desarmados para romper los bloqueos en todo el país, sin ninguna proporcionalidad en el uso de la fuerza y sin el más mínimo respeto por los derechos humanos.

En Cartago hay una colección de casquillos de pistola y fusil, balines de hierro, recalzadas, tubos de gases lacrimógenos vencidos y granadas cegadoras y aturdidoras, toda la metralla que queda regada por el suelo después de los disturbios. “Yo entiendo que es una orden presidencial, pero en Cartago hay autoridades locales, no es para que vaya a reunirse con los muchachos en el puente y les diga cosas y cosas, y al otro día llega el ESMAD a darles duro. No engañen la gente de esa manera”, increpó el sindicalista Hernando Montoya al alcalde en una transmisión en vivo.

El 21 de mayo el Brigadier General Jesús Alejandro Barrera, jefe de Carabineros y antiguo comandante de la Dirección de Inteligencia, se había hecho grabar cantando victoria sobre el puente. Sus hombres, dijo en el video, habían cumplido la orden presidencial de despejar la carretera tras 23 días de parálisis, un día después de reventar con la misma táctica el bloqueo de La Romelia en Dosquebradas.

Lo que no sabía el Brigadier era que los muchachos regresarían esa misma tarde del 21 a las calles, aunque las versiones son discordantes: la Policía asegura que los disturbios comenzaron cuando intentaron prender fuego a dos camiones de Postobón junto al hospital San Juan de Dios (camiones que nuestro equipo en terreno nunca vio), los muchachos dicen que querían marchar hacia el puente y el ESMAD los atacó.

Nadie nos lo ha contado, lo hemos visto nosotros mismos: al anochecer de aquel día la autopista quedó llena de escombros. Troncos y rocas, llantas y barricadas encendidas que el ESMAD trataba de remover junto a la Loma de la Virgen –otro de esos barrios donde la pobreza multidimensional afecta al 70% de la población–. Desde las casas les gritaban y arrojaban piedras.

Un hollín negro recubría el asfalto del puente. El coronel al mando del operativo continuaba allí supervisando las maniobras que ocurrían abajo en la playa del río. Nos paramos un rato a mirar esa pelea que se asemejaba a una coreografía perversa. Por entre las canoas varadas en la arena un tipo del ESMAD le disparaba gases a cuatro o cinco encapuchados que respondían con bombas molotov. Él avanzaba, ellos retrocedían y luego lo mismo, y al contrario.

Las noches siguientes volverá el baile con los gases lacrimógenos, las balas, los tipos de civil en motocicletas disparándole a la gente en los barrios, los enfusilados que patrullan calles de madrugada, el desvelo de Fabiola sin pegar el ojo hasta las cuatro de la mañana. Es desigual la batalla por el puente y nadie puede asegurar que haya terminado.