Crónica desde los cambuches del paro agrario en Remolinos, Risaralda. Aunque en la mañana de hoy se decidió levantar la concentración en este departamento, la decisión solo se hará efectiva en próximos días.

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Texto: Carlos Piedrahita

Fotos: Víctor Galeano

Colectivo Ojo de Perro

Don Marcos sujeta el periódico y silabeando lentamente lee un reporte del El Diario del Otún acerca del paro en Remolinos, sus compañeros lo escuchan lentamente mientras intentan descifrar el mensaje, pendientes del periódico y de las noticias de medio día que ven en un televisor mal sintonizado en el quiosco del sector; preguntan si ha salido algo en los medios que hable de su lucha.

_MG_1003 _MG_1020 _MG_1010En Remolinos, a pocos kilómetros de Belén de Umbría, lo único que se ha levantado son un puñado de hombres humildes, que alzaron la voz y marcharon todos los días desde sus cambuches a un lado de la carretera, reclamaron la atención que en el paro pasado les prometieron y que hoy a un mes de elecciones presidenciales no ha llegado, pero la noticia de que se aplazan las negociaciones hasta la próxima semana fue un baño de agua fría en sus intenciones de resistir en la zona.

_MG_1124 _MG_1034 _MG_1042 _MG_1058 _MG_1064 _MG_1069En cuclillas, cerca de la improvisada cocina en el cambuche, un hombre con poncho al hombro y manos curtidas por la labor en la tierra, se acerca secreteando a uno de los líderes como quien planea una conspiración: “Don Duberney, ¿le parece si echamos esos plátanos a los fríjoles?”, los hombres lo piensan un par de segundos y deciden hacerlo, pues mañana les llegarán más provisiones, sean de los campesinos que continúan en Viterbo, Belén o Mistrató, o de cualquier camión que como el de ayer, pasó cargado de naranjas y dejó una canasta en el camino para aportar al paro, hoy, antes de los fríjoles, las naranjas se fueron en un jugo con huevo crudo, que según dice un joven de unos 16 años, mientras exprime con sus manos sucias, sirve para mantener las fuerzas.

“Si no aprovechamos a solucionar esto antes de elecciones, se sube ese hp y nos pone a aguantar hambre”, es la frase que se escapa de una conversación en un grupo de cuatro hombres de manos callosas y sombreros raídos, a un lado un grupo de agentes vestidos de civiles, que todos saben que son policías, juegan dominó y esperan a que algo pase,  en el lugar conviven tanto campesinos como los agentes del ESMAD que están obligados a permanecer. De vez en cuando, si se desconcentran, tanto campesinos como policías dejan salir  comentarios amables sobre el clima, el hambre o la marcha de más tarde, que en 11 días de paro han transcurrido en total normalidad.

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En el suelo reposan los escudos y los cascos, los policías preguntan cuándo se termina el paro, pero en Bogotá la cosa está complicada, el gobierno no reconoce las razones. El Espectador publica cifras de la Federación de cafeteros afirmando un crecimiento enorme de la economía cafetera en el último año, mientras los campesinos afirman que esa plata que es para el campo se está yendo en mermelada y guerra.

 “El acuerdo dice que el PIC (Protección al Ingreso Cafetero) se pagará a todos los productores al momento de la venta de su grano y si bien es cierto se ha pagado a 287 mil caficultores, también es cierto que no lo han recibido cerca de 270 mil”, afirma Jesús Guevara, un líder de Quinchía que por un momento suelta el megáfono, hoy una extensión de su cuerpo, para conversar con los curiosos, antes de ser interrumpido por el fuerte rebuznar de un burro.

Don Gerardo tiene seis hijos en paro y lo cuenta orgulloso, mientras camina por la carretera que comunica a Viterbo con Medellín en chanclas y pantaloneta, como si fuera por la sala de su finca en Marmato, alza la mirada preguntando por la máscara del burro que es protagonista en las marchas, ubicada la máscara, su segunda preocupación viene a resolverse: “¿Ya almorzaron muchachos? Si no, hagan la fila”

_MG_1190 _MG_1132 _MG_1141 _MG_1151 _MG_1162“El burro Santos va a hablar”, pregona entre carcajadas uno de los marchantes antes de poner ante el megáfono a un sujeto con máscara de burro, luego de un rebuzno largo y sentido, el hombre cierra, “Como yo estudié Burrología, les traduzco, el burro Santos dijo que los ‘gringos’ le dieron la orden de acabar con el agro colombiano”. Los marchantes sonríen como único consuelo mientras Santos, el verdadero, en cabeza de su ministro de Agricultura Rubén Lizarralde afirma ante los medios, confundido, que no entiende cuáles son las razones de los campesinos para estar en paro, otra vez, como el año pasado, afirma que esas razones no existen. “Aquí no se gana, pero se goza”, dice don Marcos que ha bajado de Belén a marchar y “a comer bueno, porque aquí se come muy bueno, aunque se duerme muy mal”.

Cae la noche y en Remolinos se nota el cansancio, es difícil y tal vez inútil mantenerse en la carretera ocho días más si las negociaciones son aplazadas y eso lo saben los grupos de cafeteros que la tarde del ocho de mayo levantarían las carpas para volver a casa, los espera la cosecha de mitaca otra vez con la esperanza de al menos cubrir los gastos de producción, y no dejar pérdidas y deudas.

“La horrible noche no ha cesado para los campesinos, se está equivocando el himno nacional”, afirma el hombre detrás del megáfono en las marchas, en las otras zonas del país las concentraciones y los enfrentamientos con la fuerza pública continúan por el bloqueo de las vías. El paro pasado dejó 12 muertos, 485 heridos y 4 desaparecidos, según un balance de los promotores de la protesta. En Risaralda, al menos por esta vez, el saldo se va en blanco, “levantamos la concentración porque no era viable, pero el paro, la lucha continúa”. Hay decepción el rostro y un sabor a impotencia, todo lo que resta es esperar el avance en las negociaciones.