Agradecimientos a Katherine Granada por presentarme al señor de las estrellas.

Germán tiene una magia, una humanista visión del mundo, si Savater contó en su libro de Ética para Amador, que la alegría es una filosofía de vida, Germán la lleva a flor de piel, diría mejor a través de su risa; aunque en el fondo, su risa se esconda y refleje un miedo por el aburrimiento.

Mientras Germán se dedica a las labores de portería en el Santiago Londoño piensa en brindar amabilidad.

Por: John Harold Giraldo Herrera        

“Buenos días”, le suelen decir a Germán. “¿Qué tienen de buenos?”, contesta él. Quienes no lo conocen lo miran algo sorprendidos, entonces antes de generar mayor suspicacia por tan particular forma de interpelar el saludo, Germán concluye: “no tienen de nada de buenos, son excelentes”Y sus palabras van saliendo como si estuviera convencido de que el día es excelente, no importa que en Pereira se cuente una  de las tasas más altas de desempleo del país o que la noche anterior hubiesen ocurrido tres asesinatos por ajustes de cuentas, incluso que en las afueras del teatro Santiago Londoño deambulen varias personas, entre ellas una mujer, de avanzada edad, solicitando un mendrugo de pan. Germán Gómez Botero se prepara para ofrecer una noche de estrellas y meteoritos.

A ese paso, el día se convierte en excelente para cualquier habitante del teatro que hoy sábado se topa con Germán, el portero, el guardián de la cultura, el hombre que en el día se la pasa abriendo y cerrando la puerta del teatro, compartiendo su sonrisa motivante  y regalándole a uno que otro una ventana hecha con sus manos (un portarretrato dirán unos) y luego en la noche se pasea por los bares y sitios de concurrencia dando estrellas, ¿estrellas? ¿Será que de tanto ver deambular personajes en el teatro y de ver pasar personalidades de la cultura, su idea es dar una estrella para seguirlas contemplando? Además como si fuera un mago, no saca de sus mangas sombreros ni conejos, sin embargo lleva meteoritos y los va otorgando como si él fuese una especie de habitante celestial en la ciudad de Pereira.

Ninguno de los saludados en la mañana deja de sostener una sonrisa en su rostro, ninguno puede pasar por el alto su forma de ser. El mismo que abraza a todo aquel que considera su amigo o sencillamente al que ve que le puede entregar un poco de su afecto. Además Germán, no se contenta con ser el trabajador más antiguo del teatro, desde hace 22 años -ha visto crecer y decaer todo el ámbito de la cultura y del arte de la ciudad de Pereira, por sus ojos han pasado los miles de espectáculos, los cientos de grupos, los millares de personas que acuden al sitio, los gestores, los avivadores y los vividores de la cultura-, sino que también es el único que seguramente se ha presentado más veces en el escenario cultural, en la tarima, eso sí, sin público; al tocar al aire, todos los días, su clarinete y ahora el saxofón, antes fue la guitarra y hasta el violín. Su clarinete se encuentra en reparación, y esta mañana descubrió que las boquillas estaban forradas en plata porque un amigo suyo le llamó desde Manizales a contarle. Germán sueña con algún día tener un público y brindar un espectáculo digno de él y de sus posibles invitados.

El portero del teatro más importante de la ciudad es un experto en relaciones públicas, de él se han escrito columnas en los periódicos llamándolo el conserje de la cultura, eso lo dijo Gustavo Colorado, un gestor y periodista, en su columna semanal en el periódico La Tarde. Pero Germán, es un neófito en sistemas, “la tecnología me atropella”, nos dice, mientras que Alexey Valencia, teatrero, nos cuenta que ahora que anda con su portátil, los estudiantes de su grupo de teatro se “escapan” para enseñarle uno que otro truco a Germán. De nuevo Germán hace un acto de ensimismamiento luego de haberle dado un abrazo al llamado Piquiña –el niño hiperactivo de la clase de teatro- y va soltando con fuerza y melancolía orgullosa el hecho de ser el artista que más presentaciones ha ofrecido en la tarima del teatro, pero al aire, a los otros compañeros que sin estar sentados en las sillas escuchan el sonido que va saliendo de su clarinete. La música es lo suyo, así como la danza, el teatro, el arte todo, también un aprecio bonachón por los niños, “a ellos hay que darles todo”, afirma.

Germán recuerda haber cantado una vez en la taberna Donde Fabíán, y otra en el programa de Edison Marulanda, hace 10 años, en la Remigio Antonio Cañarte.

La tecnología no le llega, a sus 58 años, apenas deja entrever un sin sabor por las redes sociales en internet y por el hecho de poder grabar un CD o un DVD para regalarle a sus amigos y familiares. Dice que algo de seductor tienen esos aparatos y que su goma por ellos vino de no quedarse atrás, de poder enviar y recibir correos, aunque se encuentre harto de las llamadas cadenas de esas que lo maldicen a uno o le profesan tragedias si en un determinado tiempo no se ha conseguido veinte o treinta contactos los cuales sigan alimentando el devenir de diapositivas con mensajes políticos o de esa falsa psicología humana. Germán se acongoja, es raro verlo así, y medio suspira y suelta lo contenido: “hace poco me robaron el portátil, entonces paré la goma”.

Germán es adoptado por Pereira, en su cédula se lee que es de Aranzasu, Caldas, sin ningún trámite ni protocolo, solo por ser hijo digno de una tierra de pujantes alquimistas de imperiosos trotamundos y de personas dispuestas a dar, a entregarse sin recibir nada cambio. Germán representa muy bien los de estas tierras, que sin más razón que la del amor al prójimo hace constante una labor altruista, y más que dar detalles, regalar estrellas, meteoritos, ventanas, y todo aquello preciso para hacer sonreír a los demás y sacarlos de su rutina, lo realmente valioso es su forma carismática de ser y de congraciarse con la vida, con su tiempo, con sus congéneres y tras un trato afectuoso quedarse en un abrazo, en un coger de manos o en un sonrisa. “Sos un bacán”, le dijo, uno de los mensajeros que llevaba un paquete para el teatro y detrás del teléfono una persona un tanto angustiada porque necesitaba dejar un fax, se va calmando después de haber llamado 6 veces y Germán no pudo recibirlo, “hermanito es que esto de los cacharros no es para mí, he hecho lo que sé pero nada, algo le pasa”, el señor detrás del auricular solo luego de escuchar con la paciencia y el trato amigable de Germán, le contesta: “no se preocupe más tarde miramos”, Germán un poco desfallecido le responde: “Sí señor, disculpe, lo he intentado, algo pasa, voy a intentar solucionar, tenga un buen día, no se preocupe”. Después el trote sigue, niños van y vienen, público a ver la sala sale y entra, solicitan las llaves de los camerinos, llegan los que a las 4:00 pm se han molestado porque cerraron la venta de boletas para el concierto, porque según se lee en los volantes dicen que venderán hasta las 6:.00pm y Germán les dice: “tranquilos, algo pasó, regresen el lunes”. A Germán le cabe ese lema de estas tierras cafeteras que dictaminaran hace unos 150 años sus fundadores: “aquí no hay forasteros, todos somos pereiranos”.

Lo que pasa es muy simple, Germán tiene una magia, una humanista visión del mundo, si Savater contó en su libro de Ética para Amador, que la alegría es una filosofía de vida, Germán la lleva a flor de piel, diría mejor a través de su risa; aunque en el fondo, su risa se esconda y refleje un miedo por el aburrimiento. Germán cumple a diario eso de ser alegres, desde hace 22 años que lo conoció German Ossa, director de ese entonces del Teatro, y le ofreciera el puesto de celador, las puertas de la felicidad llegaron a él. Al abrir y cerrar puertas, él abre las suyas.  Alguien desde fuera pide entrar, Germán dice un efusivo No, mientras sin casi acabar, prosigue, “¿cómo no?”, “claro bienvenido, siga usted”. Cuenta que ya lleva 30 años dedicado a trabajar con el Estado, empezó como líder de la Junta de acción Comunal de Providencia, donde recuerda su labor como gestor, haciendo tertulias con poetas como Eduardo López Jaramillo, llevando música clásica a la gente como también obras de teatro.

Su familia es pequeña. La compone su mamá, próxima a cumplir 94 años, y sus dos hermanos. Él es el hermano menor, un niño de 58 años, dice. Su idea de las relaciones lo ha llevado a pensar que es mejor estar sin nadie para no generar defraudes ni compromisos asfixiantes. Sus sobrinos es lo que más adora: “me acuerdo que a todos los he boleado” –boleado es una forma de enunciar el hecho de haberlos jonjoleado, jugado y apretujado de forma cariñosa- “ya están un poco creciditos pero los seguiré boleando”. Quienes lo conocen manifiestan haber sido víctimas de sus boleos cuando eran niños, o de padres de familia que dejan entrever que han hecho lo mismo con los suyos. Su hermano emigró a España, Germán no ha querido porque lo tiene todo acá. Sus amigos, su trabajo, su gente, sus planes con la cultura, su idea de algún día hacer una película que cuente la historia del hombre de las estrellas.

Germán, el portero de la cultura en Pereira, reparte estrellas en la noche.

Las estrellas no tienen ningún truco: lentejas, arveja, soya, aliños, algunas veces con apio y ha hecho con sustancias especiales, exclusivas, nos dice, solo para ocasiones y personas muy de sus afectos. Las fabrica a eso de las 4:00 de la mañana, primero eran simple tortas, con el tiempo les fue dando forma hasta convertirlas en estrellas. Desde hace más de 22 años se le ocurrió ofrecer meteoritos, es decir, maní, así como objetos de origami para quien se encuentre en el camino y los necesite o para aquellos transeúntes a los que gratamente sorprende. “Un día las hice de azúcar y se me desbarataron”, de modo tal que sus estrellas son de sal, y muy nutritivas; con la sal no se les desarman, le aconsejó un amigo suyo panadero. En su niñez profesó un alto respeto por los panaderos, al punto que los consideraba artistas por esa genialidad de “moldear con las manos de ellos llegan a lo profundo de uno, así sea un poquito”. Ahora él es también un panadero empírico, aprendió viendo moldear, motivado por el hecho de regalarles algo a los demás.

Los abrazos que más le han gustado son los de Isabella Santodomingo y los de Carolina Sabino, lo expresa, y al paso evoca el momento, viene a él esa sensación de haberse estrechado con dos cuerpos que se grabaron en su memoria. A los del Teatro de Praga quienes admira mucho, y es la presentación que más ha disfrutado y recomienda, a una de sus integrantes le aprendió el hecho de que los abrazos más efectivos son los que se dan por el lado del corazón, por el lado izquierdo. Susana, lo susurra, “me enseñó que esa es la forma más adecuada”.

La señora de los oficios generales se despide de él, luego de que Germán le diera su abrazo, “usted es el papá del teatro” le comunica, y Germán sonríe, ella se va, porque va acercándose la hora de la entrega del turno. Otra persona más que queda por ahí le y le da su saludo “¿cómo vamos?” Y él responde: “más o menos… excelente”, reiterando su condición de hombre alegre.

“Este teatro para mí ha sido mi casa, mi templo y mi taller”, y es que después de cerrar las puertas del teatro, las luces siguen encendidas y los escenarios dispuestos para su última función, aquella donde Germán es el único protagonista y sus espectadores son las sillas, las cortinas y por qué no, cualquier cantidad de personas que Germán quiera imaginar que disfrutarán algún día de su show.  Sueña con un concierto de clarinete, dos años permaneció Germán estudiándolo, a veces con la ayuda de algún buen amigo instructor, y muchas otras solo, solo pero lleno de satisfacción, aquella satisfacción que le proporciona el proyectarse algún día haciendo nuevamente lo que tanto le gusta hacer, dando algo suyo a la gente: “Yo algún día voy a hacer eso, me parecería del carajo, un concierto con un mayor y un niño o niña bien teso, eso debe ser una bacanería ¿no?… ¿y adivine quién es el mayor? ¡Pues yo!”.

Así que Germán cada noche disfruta de su casa, su templo y su taller; una, dos, tres horas, por que cuando hace lo que le gusta no siente pasar las horas así estas se le crucen por el frente: “Si por mi fuera me quedaba aquí estudiando, como antes, hasta la madrugada o hasta me quedaba aquí, pero ahora ya no se puede que porque puede ser peligroso y eso… entonces estudio un ratico y me voy”. Un ratico que llena a Germán cada noche, y puede que no bajo el ritmo de las melodías más fluidas o de una deslumbrante destreza musical, pero sí desde la dulce sensación de hacer algo que realmente lo motiva, que lo mueve, un esfuerzo que sabe a gloria porque además de aprender es “hacer parte de una de las cosas que más me gustan, la música”También quiere echar un vuelo alto: aprender inglés, en Estados Unidos: “donde la necesidad obligue a aprenderlo”

El artista con más presentaciones, pero muchas de ellas al vacío.

Germán mientras aprende a tocar el saxo, piensa en esa idea de extender sus redes, de llevar estrellas por allá en el norte, seguro sería un buen embajador del eje cafetero. El saxo tiene mayores posibilidades de expresión: variadas formas musicales y de entonación, es más versátil. Gabriel García Márquez dijo que las palabras más bonitas y que lo decían todo era: Sexo y Saxofón.

La noche para Germán es sinónimo de diversión, pero algunas fueron de ensayos en silencio. Ahí en ese auditorio sin público. Algunas otras noches, quizá en aquellas en las que el viento no sopla a un buen ritmo, o en las que ese ritmo de la calle no logra sintonizar con las melodías del interior, esas  partituras que se componen nota a nota según un recuerdo, o una situación inesperada, un deseo… unas ganas, esas noches en las que se anda arrítmicamente, nada que hacer; en esas noches Germán decide que lo mejor sería tratar entonces de sincronizar con alguien cercano que pueda reconfortar un poco el alma.

Se cierra la puerta nuevamente, pero esta vez para quedarse afuera, salir a disfrutar de la noche, porque para Germán la noche también es para eso, para disfrutar, y esta noche de manera especial, el ambiente está sabroso, el aire muy refrescante pero sin alcanzar a dar frío. “Pereira es gente amigable. Alguna vez una señora de Bogotá me decía que le gustaba venir acá porque por ejemplo se pide una dirección y la gente lo acompaña a uno hasta buscarla. No pasa como en las grandes ciudades, acá existe un poco de confianza. En otros ni se pregunta porque les da miedo que los roben o les pase algo”. Confianza, he ahí un clave, Germán confía en los demás. Alguien se le acerca, es un conocido, entonces sin pensar saca de su bolsillo una bolsita y regala los meteoritos, luego más tarde llega un amigo, quien recibe un par de estrellas. Así, disfrutando del camino y de la noche, Germán se une al juego y empieza una lluvia de estrellas y meteoritos sobre la ciudad de Pereira.

Reparte estrellas para agradecer, por tener la fortuna de estar vivo y gozar de salud, de contar con amistades, y dice: “En un país tan violento, estar vivo es una gracia. ¿Suena raro eso de regalar estrellas, cierto?”