Teatrino: donde las emociones cobran vida

Una actriz recuerda su paso por el campo de la actuación en el teatro Santiago Londoño de Pereira. Revive episodios que le cuentan los vigilantes, se sumerge en la noche para contarla  dinámica de un lugar emblemático de la ciudad donde el arte y los artistas son protagonistas.

Escribe / Valentina Arias Molina

No logro dejar de mover mi pierna derecha debido a los nervios, mis manos tiemblan y mi corazón está latiendo con gran velocidad. Estoy tras bambalinas en el teatrino del Santiago Londoño, en mi mente repaso la coreografía que mis compañeros están realizando: espero el momento en que la pista musical de fondo se detenga para hacer mi entrada. Respiro profundamente y cuando siento el silencio me precipito al escenario. Ahora dejo de ser yo para darle vida a mi personaje Margarita, una presentadora frívola que narra un conocido y doloroso hecho histórico del conflicto armado: el caso del collar bomba, que fue puesto a Elvia Cortés en épocas de la confrontación con las FARC en Colombia. Debo hacerlo como en un reality show.

Me dirijo al proscenio del escenario y empiezo a decir mi texto, en estos momentos los nervios se acabaron, estoy en otro universo que he creado junto a mis compañeros, siento las distintas energías de cada personaje que me ayudan a darle fuerza a la situación. Mi mirada está en un juego constante entre el que cumple su rol como camarógrafo y el público, atrás, en lo profundo. En mis palabras se nota un aire de cinismo, de burla e ignorancia. La escena genera un contraste entre el espectáculo y el dolor de la violencia convertida en entretenimiento como reflejo de la realidad.

Las palabras de Víctor me sacan de mi trance, las imágenes del recuerdo se van y aterrizo de nuevo al presente donde noto que ya es hora de dejar el teatrino porque, al igual que como lo hice hace dos años, hay otros jóvenes que esperan por recibir sus clases de teatro y seguir en proceso de montaje de alguna obra. Subo las escaleras y mientras lo hago recuerdo instantes de otras escenas que protagonicé en la obra ‘Casa sin ventanas’ de Erick Leyton Arias que bajo la dirección de Reina Sánchez montamos mis compañeros del grupo base de la escuela de teatro de la Secretaría de Cultura, justo en el mismo teatro de cámara donde hoy otros chicos están en proceso de formación teatral.

Mientras me dirijo a la salida, el guarda Víctor Alfonso Rivera me acompaña y me cuenta cómo aquí, en el teatro Santiago Londoño Londoño, en el centro de Pereira -carrera 12 entre calle 18 y 19- se siente completamente diferente de noche: “el lugar se siente como un laberinto. En las noches mantengo solo y el tiempo se hace muy largo, cuando doy las rondas, siento que alguien está detrás y al bajar al teatrino, ha sucedido que escucho pasos y siento que alguien me fija la mirada, pero uno sabe que está solo”.

El teatrino es una pequeña cámara ubicada debajo del enorme teatro principal. Para llegar a él hay que cruzar por pequeños pasadizos estrechos y oscuros que conducen hacia abajo.

Una vez, -siguió narrando Rivera- le ocurrió algo muy extraño. Llovía muy fuerte y cerca de las tres de la mañana estaba sentado mirando para afuera y le abrieron la puerta que hay antes de cruzar al teatrino: “me pareció muy raro y me asusté porque esa puerta es dura de abrir y recuerdo que a mi compañero Vélez le pasó un día que desde el teatro principal escuchó muy tarde en la noche que estaban tocando el piano y por supuesto no había nadie en ese sitio”.

El teatrino no sólo tiene una capacidad de 130 personas, sino que también tiene espacio para los fantasmas. Creo que ellos, al igual que yo, tampoco quieren abandonar este sitio y justo menos ahora en qué he estado lejos de él por dos años a causa de una pandemia que le puso pausa a la humanidad. Ya hasta me parece que todo es diferente, empezando por las puertas que están cubiertas por madera para evitar algún tipo de daño debido a las protestas sociales, pero esto no es lo que más me ha llamado la atención, en una de ellas hay un pequeño orificio horizontal que permite que se pueda ver el exterior.

Haciendo una mirada panorámica al teatro me doy cuenta de lo difícil que es  encontrar un sitio que genere la sensación de que uno pertenece ahí, al igual que creer que todo lo que está alrededor es perfecto. Supongo que es arduo, porque no siempre se logra amar los fragmentos de lo que conforma ese lugar y lo que lo hacer ser justo lo que es. Ver la armonía en todas sus cosas, en sus temáticas y hasta personas que están en ese espacio es casi una cuestión de suerte. Durante el 2019 de lunes a viernes pude habitar aquí, en el Teatro Santiago Londoño asistiendo a clases. Desde ese momento no puedo evitar sentir un profundo amor por este espacio.

Artistas y filas largas

Recuerdo que para algunos de mis compañeros y para mí, los viernes se convirtieron en el día más anhelado de la semana. Por supuesto, no éramos los únicos en la ciudad que se programaban y esperaban con ansias las obras que se presentaban el primer y último viernes de cada mes en el ‘Viernes del teatro’. La respuesta de la gente se reflejaba en las largas filas que habían fuera del Santiago Londoño para el ingreso, que se dividían en dos, una para las personas que tenían boleta y otra para las que no habían podido reclamarlas al inicio de semana en los puntos de entrega, los cuales eran el Lucy Tejada y el Santiago Londoño, pero que guardaban la esperanza de alcanzar un asiento y ser parte del foro de 130 personas que podían disfrutar de la programación constante coordinada por Claudia López.

Presenciar las obras de varios grupos de la ciudad, algunos a nivel nacional e internacional, nos ayudó a ampliar nuestros horizontes, a amar nuestro ejercicio y también a ver otros grupos en las tablas y sentir su misma emoción.  Esa fue la oportunidad de unirme a mis compañeros, conocer gente con los mismos intereses, visibilizar nuevos talentos, nuevos grupos y el arte en general. Hoy también es viernes, pero ya no hay nadie esperando por adentrarse en nuevos universos, ni actores con el corazón acelerado esperando que el público ingrese y que las luces se enciendan para dar inicio a la función. Extraño salir de clase, esperar una hora y media con mis compañeros mientras hablábamos de teatro, de la vida y de la existencia misma mientras compartíamos pan y éramos los primeros en la fila, listos para deslumbrarnos con una nueva obra.

Sin duda alguna, varias personas sienten al igual que yo que en este lugar se han transportado a distintos universos y formas de ver el mundo. Pero éste no sería lo que es hoy si no hubiera sido por el doctor Santiago Londoño, quien fue uno de los principales gestores y promotores de la cultura risaraldense, además en un gran gesto donó el dinero para la compra del terreno y para que se pudiera empezar con las construcciones. Sus aportes fueron tan valiosos que este hermoso teatro con capacidad para 832 personas lleva su nombre como homenaje. La inauguración se llevó a cabo el 5 de marzo de 1990 con una presentación de la Orquesta Sinfónica del Valle como evento central.

Además, desde hace 10 años en la entrada principal del Santiago Londoño se encuentra la sala Carlos Drews Arango que cuenta con diferentes exposiciones de artes visuales de artistas regionales y nacionales. En la parte derecha del teatro se encuentra un pasillo que conduce al teatrino, donde las paredes ahora cuentan historias, en ellas reflejan la trayectoria actoral de la ciudad de Pereira a través de un registro fotográfico. Me alegra que los cuadros ya no estén guardados, sino que le den vida al recorrido y ocupen un sitio especial en esta localidad que ha permitido que sus obras dieran luz en el escenario.

Este teatro se convirtió en un patrimonio cultural que ha albergado artistas de diferentes partes del mundo. Las personas han podido presenciar conciertos y festivales, tanto instrumentales como corales. Fueron famosas las presentaciones de Les Luthiers, Facundo Cabral, Los Visconti, Adriana Varela y Armando Manzanero, con lleno hasta la última silla. Todo esto sucedía en la década de los noventa.

También están esos bailes y esas coreografías que venían del centro de Europa y Rusia y claro, las obras de teatro de Argentina, México, Bolivia y España. También grupos locales, que van desde el Águila Descalza de Medellín, con toda esa carcajada en el escenario, hasta el drama más complejo con obras de Bogotá, Quito o Lima.  Inolvidable esas noches de concierto de rock con Ángeles del Infierno, Tránsito Libre y Enrique Bunbury. Todo esto ha sucedido en los últimos veinte años.

El Santiago Londoño también ha sido un espacio para eventos como el Concurso Nacional del Bambuco, el Festival Internacional del Bolero, el Festival Sinfónico, el Festival Internacional de Tango. Además ha servido de casa para la Escuela de Formación Cultural de Teatro y para la Banda Sinfónica de Pereira, que sigue vigente en tiempos de pandemia presentando sus conciertos de manera virtual.

Así, desde 1990 hasta el 2021 el Santiago Londoño se ha convertido en un sitio para que las personas se puedan encontrar con distintas artes y puedan estar en el escenario, escuchar los aplausos del público y sentirse más vivos que nunca.

Ya es mi hora de salir, pero veo como otros jóvenes llenos de ilusión llegan y se dirigen al teatrino para sumergirse en el mundo de la actuación. Los observo con alegría y noto en ellos mi propio reflejo de hace un tiempo. Salgo, desde afuera le doy una última mirada al lugar y me dirijo a un café de la sexta porque ya estoy lista para escribir esta historia.