Juan Manuel Santos comenzará su segundo mandato como presidente de Colombia el próximo 7 de agosto. Nada cambia, pero todo ha cambiado. Zuluaga no ganó las elecciones del 52,11% de abstención, pero el uribismo sí; la izquierda puede forzar cambios en el gobierno porque sus votos han sido clave; el proceso de paz toma aire, pero también debe tomar nota.

Por Paco Gómez Nadal / Otramérica

No hay espacio para una lectura simple de la segunda y definitiva vuelta de las elecciones presidenciales celebradas en Colombia. El titular sin matices indica que Juan Manuel Santos ha logrado la reelección presidencial, pero estos comicios, en realidad, cambian todo el panorama político del país.

Santos ha ganado por sólo 900 mil votos en una carrera ajustada en la que ha necesitado de todo el apoyo del Polo Democrático, de la Alianza Verde, de la Unión Patriótica, de la Marcha Patriótica, de los sindicatos y de las inmensas minorías excluidas del país para vencer al candidato del uribismo, Óscar Iván Zuluaga.

El presidente se presentó a las elecciones respaldado por la denominada Unidad Nacional, compuesta por el Partido de la U (el otrora aglutinado alrededor de Álvaro Uribe), el tradicional Partido Liberal y Cambio Democrático. Esa munición no fue suficiente para imponerse en la primera vuelta, así que para la segunda Santos y su maquinaria se han tenido que poner las pilas para aglutinar más voluntades. La amalgama ha sido, una vez más, Uribe. O, mejor expresado: el antiuribismo. El ‘ubérrimo’ ex presidente ha logrado reconstruir su movimiento político que en estas elecciones presidenciales, con 6.904.989 votos (45,01%), se ha convertido en el principal partido político colombiano, ya que Santos, apoyado por varias formaciones sólo ha logrado 7.816.537 votos (50,95%).

Uribe, o el uribismo (esa fórmula que combina a partes iguales populismo, nacionalismo y militarismo), ha ganado las elecciones, aunque no haya logrado la presidencia.

Para seguir en la Presidencia, Santos ha tenido que trabajarse dos zonas con especial intensidad. En la Costa Atlántica, donde ha logrado un millón de votos más que en la primera vuelta, ha utilizado las maquinarias políticas tradicionales conservadoras; en Bogotá ha captado 900 mil votos nuevos gracias al giro en su discurso y el apoyo de los movimientos progresistas en la poderosa capital que hace años vota a la izquierda moderada.

Ese apoyo tendrá consecuencias políticas. De hecho, ya se habla de la posible entrada al nuevo gobierno de un cuadro de la izquierda al Ministerio de Trabajo y de algunas fichas de las minorías étnicas, de género o de las víctimas del conflicto al aparato social del Estado.

 

Del antiuribismo a la paz

Los nuevos votos sumados por Santos tienen dos explicaciones. Una es la ya reseñada, el antiuribismo de los que recuerdan cómo durante los 8 años presidenciales del antioqueño el país se sumó en una guerra sin tregua y en una polarización política que tensó a Colombia al extremo. Santos fue el ministro de Defensa de ese gobierno guerrerista en el que se incrementaron las violaciones de derechos humanos y, por eso, apoyarlo en estas elecciones ha generado profundos dolores de cabeza a la izquierda colombiana.

Recordaba Harol González en Tras la Cola de la rata, que “las propuestas de gobierno de los dos candidatos sí tienen diferencias, claro está, en aspectos inocuos. Sea quien sea que gane no cambiará sustancialmente las condiciones de salud, educación, empleo, etcétera. No se hace política social como en el caso de Uribe entregando más de 9.000 concesiones mineras para la explotación extranjera o como en el caso de Santos entregando los escasos climas de páramo a las multinacionales auríferas, dejando atrás temas como la problemática de prostitución infantil alrededor de la mina más grande de Colombia, El Cerrejón”.

El presidente Santos, en sus primeros 4 años de gobierno, ha cambiado de discurso y ha apelado a la concertación nacional alrededor de unas negociaciones de paz que no pueden ocultar la política económica neoliberal y extractivista de su gobierno. Así que la elección era entre lo malo y lo peor y… ante todo, entre la guerra y la paz (aunque la guerra sea una realidad lacerante la paz, una promesa incierta).

La coalición electoral informal que ha dado el triunfo a Santos le apuesta a que las negociaciones de La Habana con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y las recién anunciadas con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) concluyan en un gran acuerdo nacional que, como ha prometido el presidente, deberá ser validado por la ciudadanía “con alguna forma de consulta en las urnas” que aún no ha sido definida.

El proceso, con la victoria de Santos, continúa, pero algunos mensajes deben ser tenidos en cuenta por el Gobierno y por las guerrillas. El primero es que el país está cansado y polarizado. El cansancio lo demuestra que sólo haya votado un 47,89% de las personas habilitadas para hacerlo y que, del total de votantes, un 6,97% optaron por el voto en blanco o el voto nulo. Cansancio de la política, de los políticos y de la estructura del Estado colombiano, que no ha logrado solucionar ni las graves desigualdades ni la enquistada guerra. Polarizado porque los dos candidatos se han dividido en partes muy similares el pastel electoral con discursos centrados alrededor, precisamente, de ese proceso de paz. Es decir, que en las mesas de negociación se debe acelerar el ritmo y llegar a acuerdos que puedan llegara a ilusionar a una inmensa mayoría del país que vive de espaldas a las refriegas políticas.

El segundo mensaje tiene que ver con la participación en un proceso de paz que hasta ahora sólo ha sido una negociación sobre el fin de la guerra Estado-guerrillas. La Marcha Patriótica, el Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), las minorías étnicas y otros sectores afectados de lleno por el conflicto armado llevan reclamando desde 2012 que las negociaciones de paz no ignoren los reclamos y propuestas de la sociedad civil. De algún modo, Gobierno y guerrillas deberán ser más receptivos a esos reclamos cuando ha sido la movilización de muchos de esos sectores los que han permitido la victoria de Santos y, por ende, la continuidad de las negociaciones.