Érase una vez una empresa

“Mi papá empezó con un trapiche chiquitico, tumbamos ese para montar otro mediano, después uno más grande. Pero estoy planeando tumbarlos todos para montar uno más pequeño y con lo que logre, garantizarle a estos trabajadores los años que restan para pensionarse. Y que esta sea una finca en la que ahora la gente pueda venir a ver hacer panela”.

 

La caña, esa tradición familiar, se convirtió en un recuerdo perdido entre las deudas y las políticas estatales poco amables con el campo.
La caña, esa tradición familiar, se convirtió en un recuerdo perdido entre las deudas y las políticas estatales poco amables con el campo.

 Por: Duberney Galvis

La historia del arquitecto Germán Hincapié Medina y la empresa panelera que él representa es una de esas que bien cabe empezar a escribir con el “érase una vez…”. Claro que el camino para llegar a su pasado nos lo indicó con severidad el presente, ese que ahora lo tiene sentado en la organización de Dignidad Agropecuaria Nacional.

La llegada de Germán al grupo de las “dignidades” la precede su participación en el reciente paro agropecuario. Él, como otros empresarios, jamás había hecho parte de un paro. Pero la situación económica por la que atraviesa la empresa, producto del aumento de las importaciones de azúcar durante el gobierno del presidente Santos, los altos costos de producción y las deudas, lo condujo a la protesta. Y no solo eso, la comprensión de varios problemas que padece el agro lo promovieron como uno de los voceros de los paneleros.

Fueron veinte días parados en una carretera. Al empresario panelero se le vio constantemente en la zona del paro en Remolinos, Risaralda. Así, al lado de los demás manifestantes, en mayoría cafeteros que en el tinto disfrutaban de la sabrosa panela que a diario allegaba su empresa a las carpas ubicadas en el sitio, fue que conocimos puntadas de su vida y obra empresarial en la hacienda Villa Carmen.

El abandono ronda buena parte de la infraestructura panelera forjada durante lustros de trabajo.
El abandono ronda buena parte de la infraestructura panelera forjada durante lustros de trabajo.

La empresa la fundó su padre Germán Hincapié Correa en el pequeño valle de Playa Rica, municipio de Santuario, Risaralda. Actualmente el trapiche familiar es timoneado por la segunda generación de la familia en cabeza de Germán. La llegada de un profesional al negocio familiar introdujo novedades en la producción, lo cual, sumado a la pasión por el agro y algunas políticas económicas que comenzaban a agotarse a inicios de los años 90, pusieron a puntear sus productos en el comercio. ‘Esta fue una gran empresa’, afirma con seriedad Germán mientras emprende el recorrido para mostrar cada una de las secciones que conforman el trapiche.

El primer lugar al que se llega luego de atravesar la casa familiar es al establo, en el que alimentan las mulas con las que transportan la caña desde los cultivos: “…nos quedan 22 mulas, eran 60, ya no somos capaces de mantener más mulas”.

A media máquina funciona todo el andamiaje de esta finca que conoció mejores tiempos.
A media máquina funciona todo el andamiaje de esta finca que conoció mejores tiempos.

La empresa también llegó a emplear 250 personas y a la fecha no ascienden a cuarenta. Cuentan en la zona que de alguna manera la vereda aledaña a la hacienda fue conformada alrededor de la garantía laboral que en ella tenían múltiples familias. Hoy, de los 70 viejos camarotes que albergaron en su momento la misma cantidad de trabajadores de planta, solo se usan ocho.

Continuando por el camino, antes de llegar a los tanques que almacenan el jugo extraído de la caña y las pailas donde hierven la panela, están las instalaciones de las antiguas oficinas administrativas ya convertidas en una casa. Al costado quedan los talleres de carpintería y mecánica, de menguada actividad. Desde allí el fresco olor a panela es más persuasivo y reclama la presencia de las visitas en el interior del trapiche. Para un citadino que haya crecido en el campo resultará difícil negar que el olor a panela recién producida casi crea, como en los dibujos animados, una especie de corriente defectuosa de aire impregnada de añoranza y quizás de felices recuerdos que nos guían hacia las cocinas donde calurosas manos moldean y empacan la panela.

Pero justo en la entrada principal el trayecto resulta interrumpido por la armazón que sostiene a una vieja banda o correa mecánica que solía transportar la caña hacia el molino, y ahora hace las veces de sentenciador absoluto del próspero pasado. ‘Mire, de ciento ochenta toneladas que producía mi padre, después pasamos a producir quinientas’, aclara Germán adelantándose a la pregunta acerca del oficio de la máquina y agrega: “yo fui el que aquí en Colombia prácticamente diversifiqué la presentación de la panela, empezamos a sacar panela pulverizada, granulada, mazamorrera, etcétera”. Entonces asoma el pero: “está inactiva porque en la actualidad sólo molemos el equivalente a cuatro volquetas de caña a la semana y antes eran sesenta”. “Todo eso lo saqué con créditos, hoy me van a rematar la finca por no poder pagar los deudas. Siendo un empresario formal, el banco me prestó a cartera ordinaria, sin subsidios de ninguna clase. Eso es parte de lo que me desangró”.

Las importaciones, muchas de ellas subsidiadas por los países de origen, acabaron con la industria panelera nacional.
Las importaciones, muchas de ellas subsidiadas por los países de origen, acabaron con la industria panelera nacional.

La cuestión es que como productor honesto Germán no concibe la idea que un trabajador carezca de sus derechos laborales. La hacienda Villa Carmen ha pensionado más de noventa trabajadores. No obstante la empresa ha quedado por fuera de las políticas públicas agropecuarias -y pensionar esa cantidad de empleados rurales no es una especie de hábito en Colombia-. Basado en los hechos, Germán opina que en este país el empresario rural que cumpla las actuales leyes estatales se quiebra. Y adelanta: “mientras no exista una verdadera política agropecuaria seguiré siendo un protagonista de los paros, son lo único real que nos queda para que el agro no se acabe”.

Punto aparte, el empresario recuerda que su padre fue un conservador que murió desencantado ante la politiquería. Él también es conservador, alejado de sectarismos. Un desilusionado con el abandono estatal al agro. Su participación en las protestas campesinas evidencia que el dolor dejó de ser mudo, a la vez actúa como una termómetro que indica la amplitud de las “dignidades”, contrariando de paso la opinión de algunos analistas que desde palcos editoriales atribuyen el descontento social a un grupo de agitadores de izquierda.

Es preciso apuntar que la panela en Colombia, según Acopaneleros, reúne a más de 250 mil familias, genera más de 1.7 millones de empleos directos e indirectos esparcidos en 26 departamentos y 350 municipios. Luego, el sector padece una honda crisis merced de los altos costos de producción y los créditos. Súmense la caída de los precios externos y lo más grave: el aval del presidente Santos para la importación de jarabe de maíz y azúcar, cifra que durante el 2012 superó las 300 mil toneladas, 80 por ciento más que en 2011. Lo sucedido desemboca en el aumento de los “derretideros” de azúcar para convertirla en falsa panela y la caída de los precios que, de acuerdo al DANE, en el 2012 registró mermas de hasta 26 por ciento.

Es claro que aquí no cabe el final: “…y vivieron felices”, ni por un rato. Los paneleros han dicho que lo conseguido en las negociaciones en materia de créditos, fertilizantes e insumos, es un buen alivio. Paradójicamente en los días en que se construía este relato, Dignidad Agropecuaria, en la cual tiene vocería Germán, enviaba una carta al Presidente expresando su inconformismo por la lentitud con que avanzan los términos de los acuerdos con los que se levantó el paro.

@DuberneyGalvis