Perseguir a los consumidores de heroína se convirtió en una prioridad para las autoridades, justo la peor manera de enfrentar un problema que, más allá de lo policivo, es una verdadera catástrofe para la salud y la economía locales. Programas como “Nos queremos, respetamos y cuidamos”, dirigido por Hugo Castro, pretenden darle otro tratamiento que apunta  a la prevención de enfermedades como Sida y hepatitis C. 

Por: Camilo Alzate

Fotografías de Edison Cano

Esta historia debería empezar como la de Jota, que pasó una década recogiendo cartones y latas, y retacándole monedas a los transeúntes en los parques de la ciudad dizque ofreciendo manillas y mendigando o robando todo lo que pudiera a todo el que se dejara, hasta que por fin va a ajustar nueve meses sin probar la droga. Pero para que semejante milagro ocurriera primero tuvieron que pasar sobre él las llantas de una buseta de transporte público que le fracturó el cráneo provocando el trauma que lo dejó sin caminar dos meses. Antes de eso, Jota sabía tocar guitarra y violín, ahora le cuesta esfuerzo hacer cosas normales como mover su mano derecha y pronunciar correctamente las palabras. Se ríe al confesar que el día del accidente subía en la bicicleta para Guadualito, precisamente a buscar heroína.

Esta historia debería empezar como la de María y su compañero, que dejaron de inyectarse después de ocho años porque estaban enamorados. Repletos de orgullo quisieron demostrar a los terapeutas que aunque ambos eran adictos iban ayudarse a salir juntos, al contrario de lo que les advirtieron que ocurre con casi todas las parejas de consumidores, donde uno arrastra al otro a la recaída y terminan hundiéndose los dos.

Una consumidora recibe el kit con jeringas, agua destilada y otros implementos para inyectarse de manera segura.

Esta historia debería empezar como la de Juli, que probó sus primeros “balazos” en 2004, cuando estudiaba bachillerato en el colegio Carlota Sánchez. Un muchacho al que le decían Toto le regaló una dosis. Toto ya está muerto, igual que Tano y el Murcy, los jíbaros que montaron la primera línea de venta de heroína en el Barrio América y la calle 19 de Pereira, donde Juli compraba bolsitas de polvo color crema que al principio inhalaba impregnando el polvo en un fosforito; días más tarde aprendió a fumar la droga quemándola sobre un papel de aluminio, hasta que una vez, internado en el Hospital Mental por una crisis de abstinencia, otro adicto le enseñó a inyectarse. Los diez años que pasaron luego, Juli los recuerda con una jeringa ensartada en las venas o pedaleando hasta Armenia para conseguir droga más barata de mejor calidad, que escondía en los tubos de la bicicleta. Y aunque lleva tres años sin consumir, Juli cuenta que no puede mantenerse quieto: tiene que vivir ocupado, cargando cajas, montando pendones, manejando la camioneta del proyecto de intercambio de jeringas para el cual trabaja, siempre como una máquina encendida, siempre hiperactivo, a mil por hora, porque si se queda ocioso por ahí dejando que su cabeza piense más de la cuenta puede terminar en agujeros de los que tal vez no regresaría.

El compromiso de los adictos es que intenten recuperar el mayor número de jeringas usadas y las lleven hasta los guardianes para que sean incineradas, es la única manera de evitar contagios por VIH o Hepatitis.

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La venta de heroína al menudeo comenzó en las calles del país en 2004. Cualquier veterano podrá hacer memoria de las estrategias que usaron los traficantes de la época: ofrecían dosis gratuitas de esa droga “nueva” a los clientes que llegaban a comprar basuco o coca, vendían cigarrillos de marihuana impregnados de heroína para volver adictos a los que no lo eran, le regalaban un gramo a los consumidores que llevaran a sus amigos a probar la droga. Un estudio calculaba que Colombia pasó de tener 5.000 consumidores de heroína en 1992 a más de 30.000 en 2004.

En ese año varias circunstancias obligaron a las mafias a crear un mercado interno para comercializar en el país la droga que ya no podían exportar. Una sucesión de incautaciones y operativos desarticularon algunas de las bandas dedicadas al tráfico internacional de heroína, mientras la violenta política de fumigaciones y erradicación de cultivos de amapola golpeaba la base del negocio en las montañas. A la par, los carteles colombianos perdieron el mercado de los Estados Unidos donde la heroína de Afganistán y México inundaba las calles. Quizá este último haya sido el factor determinante, algunos analistas establecen una relación directa entre la invasión del ejército norteamericano a Afganistán a partir del año 2001 y el posicionamiento de dicho país como el más grande productor de heroína del mundo.

Colombia, que a mediados de los noventa producía más de 50 toneladas anuales de heroína, era el cuarto país productor mundial –aportaba un 8,8 % al total– y el mayor proveedor de esta droga para el mercado norteamericano, vio decaer de manera drástica el negocio: en 2001 fueron once toneladas, en 2009 la producción había bajado a dos toneladas y en 2012 las autoridades calculaban que ya no alcanzaba siquiera a una tonelada.  Actualmente la producción se ha estabilizado cerca de la tonelada y media anual, droga que es manejada por una veintena de pequeños carteles mafiosos independientes y que fluye casi en su totalidad por las venas del país.

Un consumidor saca sus jeringas viejas. El intercambio de jeringas ha sido una estrategia exitosa para reducir el daño del consumo de drogas inyectadas en países europeos como Suiza, España o Reino Unido.

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Aunque no es ni policía, ni bandido, ni político, a Hugo Castro lo conocen bastante y lo respetan en las esquinas más sórdidas de Pereira y Dosquebradas. Uno puede encontrárselo tranquilo en esos rotos donde duermen los adictos al basuco y las niñas que se prostituyen, o visitando las cañadas con montañas de basura donde se juntan los consumidores a inyectarse utilizando aguas negras y jeringas oxidadas, o debajo de los puentes entre rateros y reducidores de objetos robados. Cuando conocí a Hugo, hace quince años, estudiaba en la Universidad Tecnológica de Pereira y ya trabajaba en proyectos de atención a la población habitante de calle que resultó desplazada con el arrasamiento de la antigua Galería y la construcción de la plazoleta Ciudad Victoria. Los mendigos callejeros lo apreciaban, acostumbraban saludarlo a los gritos cada que lo veían por la calle y hasta le regalaban pantalones o camisas que rescataban de la basura.

Hugo es el coordinador del proyecto “Nos queremos, respetamos y cuidamos”, una iniciativa financiada con recursos del Fondo Mundial de lucha contra el Sida, la malaria y la tuberculosis, que les entrega jeringas nuevas a los consumidores de heroína para que eviten reutilizar y compartir jeringas con otros adictos. El intercambio de jeringas es uno de los aspectos más complejos que acarrea el consumo de heroína, con gravísimas consecuencias para la salud pública puesto que dicha práctica incrementa los contagios por enfermedades como el VIH/Sida y la Hepatitis C. Muchas de las chicas que se inyectan también se prostituyen para conseguir la droga; así se forma un ciclo perverso de contagios que fácilmente puede terminar en epidemias, como ha sucedido en países de Europa oriental. En Colombia, explica Hugo, recién experimentamos una problemática por la que el primer mundo pasó hace más de tres décadas, la diferencia es que nuestras políticas al respecto son nulas o están plagadas de equívocos.

Dosis como esta se distribuyen a diario en las calles y parques del área metropolitana. Un problema que crece.

“La gente no se está muriendo por la heroína –explica Hugo– sino por estas condiciones asquerosas en las que los están obligando a vivir y a drogarse”. Los narcos dueños de los tres expendios fijos donde se comercializa la droga en Dosquebradas no permiten que los consumidores se inyecten cerca porque eso genera escándalos con la comunidad y por lo tanto hay mayor presión de la opinión pública, entonces son los mismos jíbaros y matones de las ollas quienes patean a todo el que ven pegándose el “chute” o pinchazo en algún andén al aire libre. La policía hace exactamente lo mismo, pero además les quita las jeringas y las destruye, obligándolos a usar jeringas contaminadas.

A los consumidores no les queda otra opción que comprar la droga en cualquiera de las ollas ubicadas en Guadualito, La Soledad y San Diego, para correr desesperadamente hacia las boscosas cañadas del sector, donde a cualquier hora del día o de la noche uno puede descubrir cincuenta, setenta o hasta cien personas clavándose jeringas usadas, o preparando las dosis con aguas servidas que toman de la misma quebrada, en condiciones sanitarias que sobrepasan la inmundicia.

Todas las tardes hasta las diez de la noche los miembros del proyecto de intercambio se ubican cerca a los sitios de mayor consumo –la entrada al barrio La Soledad y la avenida central de Dosquebradas junto a Guadualito, también la calle 19 en Pereira– donde acuden los heroinómanos a entregar sus jeringas usadas a cambio de un kit con jeringas nuevas e implementos seguros y limpios. A la par hacen acompañamiento a quienes buscan salir de la adicción, realizan pruebas rápidas de VIH e incluso atienden casos de sobredosis cuando ocurren mientras ellos están en los barrios. Nada más en la última semana de octubre se supo de ocho sobredosis en Guadualito. Angélica Jiménez, que también hace parte del proyecto, dice que no han tenido tantos problemas con los jíbaros como con la policía, que a veces llega a hostigar y a insultar, acusándolos de “alcahuetas” con los “viciosos”.

Las autoridades locales enfrentan el grave problema de salud pública que representa la heroína pateando muchachos y persiguiendo adictos en la calle, o poniendo trabas y obstáculos a programas no gubernamentales como el que gestiona Hugo. No existen programas oficiales masivos de rehabilitación –que es costosa y de resultados variables–, y quienes logran salir de la droga lo hacen gracias a los esfuerzos increíbles de sus familias y de ellos mismos. Los hospitales públicos se quejan continuamente de la sobrecarga que representa atender a los adictos y a veces no los atienden. La lógica antidroga en Colombia consiste en volver más difícil la vida ya de por sí dura de los drogadictos, mientras el negocio se mantiene intacto en expansión constante.

Según un informe del Ministerio de Justicia de 2015, en conjunto Pereira y Dosquebradas tenían la tercera población de inyectores de heroína más alta del país con 2.442 consumidores, una cifra mayor incluso que la de Bogotá (1.546), superada únicamente por Cali (3.501) y Medellín (3.548). Sin embargo, Hugo Castro y sus compañeros, que cada día buscan a los heroinómanos y viven en permanente contacto con ellos, no creen que sean tantos. “En este momento nosotros tenemos certeza sobre 1.040 inyectores que hemos atendido porque les hemos entregado jeringas. Pueden ser un poco más, contando los que nunca han reclamado o los que se la inyectan en otras partes de la ciudad, tal vez unos 1.400 o 1.500”.

Steven tiene “telarañas” en los brazos: las venas son negras por los “chutes” o pinchazos.

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Una fuente cercana a la policía que ha investigado las lógicas de la criminalidad en la región asegura que la droga entra a la ciudad a través de un solo proveedor que opera como intermediario con los laboratorios clandestinos ubicados cerca a Santander de Quilichao y las montañas del Norte del Cauca. Una vez adentro se distribuye en el libre mercado que se concentra en un sector específico del municipio de Dosquebradas.

Entre 2002 y 2016 la policía realizó 211 incautaciones de heroína en el barrio San Diego, 331 en Guadualito, 60 en La Capilla, 42 en La Soledad, 52 en Versalles, 105 en Santa Teresita, 48 en el Modelo, 50 en Los Naranjos y 37 en Bombay. En todos los barrios mencionados el número de incautaciones de marihuana, cocaína y basuco fue inferior, lo que indica un claro nicho geográfico del consumo y comercialización de esta droga en el sector nororiental del municipio, más concretamente en la Comuna 8, hasta donde se desplazan consumidores de toda el área metropolitana y de ciudades vecinas como Manizales, La Virginia, Cartago e incluso Ibagué.

En los barrios de Pereira la tendencia se invierte: jamás las incautaciones de heroína han superado las de otras drogas. La explicación podría radicar, paradójicamente, en el control que los mismos narcos mantienen sobre las plazas y líneas de comercialización. Según una leyenda urbana, el pariente cercano de un poderoso narcotraficante afiliado a la banda Cordillera falleció en Pereira por una sobredosis de heroína, desde entonces el comercio de la droga fue prohibido en las ollas de la ciudad y algunos de los expendios de Dosquebradas bajo pena de muerte, no así en los barrios Guadualito, La Soledad y San Diego, controlados por bandas independientes y rivales entre sí. En Pereira hay distribuidores a domicilio de la droga y se contactan por llamadas, pero no una plaza fija de venta.

Equivocadamente la prensa suele achacar el tráfico de heroína en Pereira a la banda Cordillera, de la que no podría asegurarse hoy que tenga una estructura centralizada. “Cordillera es un comodín para la policía, cuando pasa algo muy malo es Cordillera, y cuando pasa algo muy bueno, también”, asegura esta fuente que prefiere el anonimato: se trata de una cortina de humo para ocultar el surgimiento de nuevas estructuras mafiosas con vínculos en otros departamentos y la complicidad de altos oficiales implicados en el negocio que, según cálculos moderados, podría mover en la ciudad entre 200 y 300 millones de pesos diariamente.

En la cañada, detrás de la fábrica de Muebles BL, a la entrada del barrio La Soledad, es normal encontrar hasta cien personas inyectándose en condiciones sanitarias muy precarias.

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Esta historia puede acabar igual que el brazo de Steven, al que le sobresalen las líneas de las venas negras, necrosadas y podridas por las inyecciones. Steven muestra la cicatriz de una llaga que tiene el tamaño de una moneda, “un chute mal pegado”, dice.

Esta historia puede acabar igual que los amigos de Juli en la Avenida del Río, paralíticos o postrados en sillas de ruedas a causa de la leucoencefalopatía, una complicación cerebral rarísima asociada al consumo de heroína. Los consumidores creen que la culpa la tienen los vapores del aluminio que se tragan cuando utilizan la droga fumada. “Por eso –aclara Juli– antes de cazar fantasmas toca quemarle los dragones al aluminio”. “Cazar fantasmas” es aspirar con un pitillo ese humo fino y gris que despide la droga cuando se calienta, “quemar dragones” es calentar el aluminio antes, para que expulse los vapores peligrosos.

Esta historia puede acabar igual que Jhonny, igual que Daniel, igual que esa muchacha a la que le decían La Gata, igual que Lina Marcela y Ángela María y Julieth Paola y Yeisson Alberto, quienes fallecieron todos durante el mes pasado. Las estadísticas oficiales registran causas como puñaladas, hepatitis por contagio intravenoso, septicemias que les pudrieron la sangre y neumonías asociadas a las bajas defensas del organismo.  Pero en la cañada sus amigos saben que no murieron por eso: murieron por heroína, o por desidia, que ha sido la única respuesta concreta del establecimiento ante esta catástrofe que no deja de crecer.