Son las 2 de la mañana aproximadamente, salimos de El Pavo. La ciudad empieza a mostrar otra cara de la moneda, la cara inversa. La tranquilidad duerme y el despilfarro despierta.
Por: John Wi Hurtado
Son las 10:00 de la noche. Es sábado. En la ciudad de Pereira se empieza a sentir el ajetreo que ocasiona el deseo de salir de casa en busca de diversión, no importa si es en una gran discoteca, en un sitio de tertulia acompañado de cerveza barata, o en una esquina junto a conocidos y desconocidos que se vuelven amigos tras una copa de aguardiente, cerveza o cualquier tipo de licor.
Nosotros: J, F y yo, llegamos a “El Pavo” tras una pequeña discusión acerca de cuál sería el lugar que acompañaría nuestras conversaciones, empapadas de humor, literatura y mujeres.
Luego de un par de cervezas, a eso de las 11:00 pm, surge el nuevo debate: ¿Ron o aguardiente?, pregunta F. Yo opino que lo mejor sería Ron, y J asevera que está bien, que no importa lo que tomemos. Así que en definitiva, media de Ron Viejo de Caldas por favor, le pedimos a la chica de la barra.
El lugar se llena de historias, predomina la diversidad de géneros musicales, pero la tertulia desplaza la melodía. Tampoco importa la edad, se convive entre jóvenes que recién cumplen 18 años, hasta ancianos que al son de la noche olvidan penas y acumulan recuerdos. El eco de mujeres divinas de Vicente Fernández, resuena al fondo. Por la puerta entra un profesor conocido, escritor por naturaleza, lector empedernido. Llega a una de las mesas cercanas a nosotros, un boom de literatos, aunque poco tiempo permanecen allí.
La 1:30 de la mañana marca el reloj, el medio de ron poco a poco se agota. Muchos de los cuerpos que hasta hace dos horas permanecían sobrios, ahora gracias a los efectos libertinos del alcohol divagan entre verdades, confesiones y frases que parecen epitafios. Una de ellas sale de la boca de un hombre que estaba sentado junto a los literatos: “yo a usted lo he leído, yo sé hasta dónde llega su olvido.”
J, y F. salen a comer, al regreso hago lo mismo, pero toca decidir entre comer y esperar a que amanezca para regresar a casa, o no comer y en un momento abordar un taxi de regreso. Solo nos quedan 7 mil pesos y predomina el deseo de comer y tanto J, F como yo, estamos de acuerdo en esperar hasta el otro día para regresar a casa sin conocer donde pasaríamos el resto de noche.
Son las 2 de la mañana aproximadamente, salimos del Pavo. La ciudad empieza a mostrar otra cara de la moneda, la cara inversa. La tranquilidad duerme y el despilfarro despierta.
Seguimos caminando por las calles de Pereira cubiertas de historias escondidas, como los murciélagos solo salen en las noches. Llegamos a “El lago”, sitio emblemático en Pereira, es acá donde los niños gozan comiendo algodón y jugando con agua. El mismo lugar que da vida a los bingos, a la comida nocturna. El lugar que irónicamente llegó a ser llamado la plaza de la Concordia. Ahí estamos J, F, y yo. Esperando que el reloj camine rápido.
Las discotecas lentamente dan fin a la noche de rumba, las personas salen, algunos no recordarán al día siguiente cómo llegaron a casa, otros no tan ebrios buscarán dónde seguir la rumba, en uno de los múltiples ‘amanecederos’ de Pereira.
-¿A este hijueputa qué le pasa?-, las personas se amotinan, puño va, puño viene, llega la policía y en unos segundos los protagonistas de la riña se van alejando. A nuestra izquierda se sienta un hombre de piel morena acompañado por una mujer, alguien se acerca gritándole: -¿usted es mi hermano y me deja solo peleando?-, a lo que el hombre responde: -qué va, usted siempre quiere abusar de mi poder, a toda hora buscando pelea. Vámonos nosotros a seguir la rumba a otro lado-.
J, F, y yo seguimos sentados, a nuestra derecha se sientan un hombre y dos mujeres, un sujeto que está de pie le dice a una de ellas: -Camine pues vámonos-. Mientras ella le responde: -qué le pasa, yo me voy con ellos. Vaya calme la calentura en otro lado – El de nuevo insiste -Vámonos, ¿o es que yo soy muy feo, soy horrible, soy lo más espantoso que usted haya visto?-
Todo parece tranquilizarse, son las 3:40 de la mañana, seguimos allí sentados. A nuestra izquierda se encuentra un señor de edad avanzada, tiene un pie vendado y al parecer el licor no le permite pronunciar muy bien las palabras, un indigente a su lado le hace bromas, le grita –Yo soy Julio, y a mí me respeta- , parece conocerlo. El indigente se nos acerca -Parceros, ¿me regalan un chorro de ese ron?, yo se lo sirvo en un vaso preguntándole si nos estaba analizando, pero él solo se ríe y se sienta con Julio. “Se cree muy hombre por que está cerca de la policía, vámonos para allí abajito a ver mijo”– Al parecer poco a poco se despierta el espíritu de la calle, y aquel lugar de encuentro se convierte en un sitio donde todos se conocen y ninguno se respeta. Ahora pasa a ser el encuentro de la discordia.
El ron se nos acaba, no podemos abordar un taxi. Hasta ese momento hem0s guardado algo del sentido del humor, luego llega una mujer en embarazo, la miro a los ojos, pero no logro descifrar nada: su mirada es fría, triste resignada. Se me eriza la piel al verla sucia, seguramente drogada, pasando unas monedas al indigente al cual la saluda de un beso en la boca. El indigente nos pregunta la hora -Son las 4:10-, responde J. -Todo bien-, responde él mirando la media botella de ron vacía que aún tengo en mis manos, luego se sienta y empieza a contar el dinero recogido en la noche, junto al que le trajo Diana (la mujer embarazada) –7 mil pesos Diana, ya solo faltan 3 mil. ¡Julio camine lo llevo!- dice el indigente, pero Julio no deja que lo toque. J, F y yo, nos miramos, sabemos que es peligroso seguir allí, pero no nos paramos.
El indigente sigue alegando con Julio y en un momento de rapidez lanza su mano y le quita el reloj, mira a Diana y le grita -¡vámonos, vámonos ya!- Se va y nosotros nos quedamos quietos, siendo testigos de la realidad de muchas ciudades Colombianas, de personas que a diario roban, que duermen pocas horas, y el resto sobreviven.
Julio se queda quejándose, nosotros no decimos nada. Cuando pensamos que ya nada mas pasaría, llegan dos hombres, un profesor al parecer de Música, pues lleva una guitarra en su espalda y Julio le dice Profe. El otro parece ser también un hombre de la calle, nunca supimos su nombre, todos lo llamaban ‘Ponchera’. El profe, también borracho insulta con confianza a Ponchera -Usted para mí, no vale ni medio corozo hijueputa-, y Ponchera lo abraza mientras Julio le dice que lo respete, a lo que el profe le dice -Ponchera, yo a usted no le falto al respeto, pero es que usted no tiene respeto guevón-
Entre chanza y ofensa, J, F y yo observamos el mundo de la noche. Pasan dos travestis, y el profe ebrio en su condición de macho les dice -Como están de lindas mamis-. Ellos voltean y le gritan -camine para allí abajo, a ver si es tan hombre-. El se ríe y uno de ellos le dice al otro -tírele esa botella a ese hijueputa- sin pensarlo saca media botella de aguardiente del bolso y se la lanza al profesor, quien ya estaba corriendo y cuando los travestis se van, regresa muerto de la risa diciendo -los hombres también corremos, y es que yo soy más hombre que cualquier mujer. ¿O no Ponchera? Ponchera es que yo a usted lo quiero, pero es que usted no vale ni medio corozo”
Un hombre nos ofrece la mano cada cinco minutos, nos pregunta si tenemos “perico”. Ya son las 5:15 de la madrugada, llegan más hombres y decidimos alejarnos del grupo y nos sentamos cerca al CAI de la policía, nos reímos, nos miramos sin mencionar palabra, divisando como una pareja en el centro de El lago busca oscuridad para expresar su amor, “buscando oscuridad como los gatos” diría Vicente Fernández. Dejando claro porque en 1960 fue llamado “Parque de los novios”, reviviendo ese espíritu opacado por las nuevas estructuras.
Lentamente, cada quien se va para su casa, o por lo menos eso parece. Ponchera ya no está, Julio también se ha ido, todos han tomado su camino. El cielo poco a poco aclara, son las 5:45 de la mañana, pronto pasará el primer transporte y nosotros, cansados, necesitamos dormir para asimilar aquella noche cubierta de universos, de historias. Todo termina. J, F y yo, cada uno al igual que aquellos hombres, nos vamos para nuestras casas. La madrugada da inicio a una fuerte lluvia que de una manera simbólica lava la ciudad, de la noche que pasó, por mi parte, casi dormido en el bus, pienso cómo MIENTRAS PEREIRA DUERME, EL LAGO SE DESPIERTA.





