El 10 de junio de 1917 nació en Pereira una de las glorias vivientes de la música colombiana. Por su humildad, esa manera de asumir la fama como algo efímero –aunque en su caso ya es imperecedera – muchos olvidan su nombre en el momento de organizar homenajes. Figura para el sesquicentenario de Pereira.

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 Por: Diego Firmiano

 “París es como Armenia o Bogotá, allá venden morcilla
y jugo de naranja en las esquinas. Eso es lo mismo”
Luis Ángel Ramírez (El Caballero Gaucho)

La tripleta endemoniada

La tripleta endemoniada que andaba sin ley y sin dios por las calles de Medellín en los años 60 estaba compuesta por Julio Jaramillo, Óscar Agudelo y Luis Ángel Ramírez, más conocido como El Caballero Gaucho. Andaban haciendo de las suyas, bebiendo, cantando y coqueteándole a algunas mujeres que, por cierto, dejaron muy impresionado al ecuatoriano Julio Jaramillo, un enamorado  y mujeriego que a su muerte dejó más de 36 hijos no reconocidos.

Eran esas noches de bohemia de todo artista popular. Amistades basadas en el arte del canto y en las experiencias de vida. Porque lo que esos artistas entonaban, fuese tangos, milongas, vals, pasillos, o simplemente música de cuerda, era la cortina rítmica de las letras que exponían producto de sus vivencias. Por eso su música es recordada como “música de sentimiento”.

Así, entonces, esta tripleta “endemoniada”, como le llamaba el mismo Caballero Gaucho, contratada para actuar en los escenarios musicales, se reunían en el hotel donde se hospedaban a deliberar, charlar y afinar su voz, por medio de la interpretación y el ensayo en sus espacios. En una de esas estancias, Julio Jaramillo, caminando por los pasillos del hotel, quizá buscando alguna aventura, escucha cantar al Caballero Gaucho junto con sus amigos y se cuela en el cuarto de ellos interrumpiendo el momento. Como para impresionarlos.  el “Ruiseñor de América” comienza  a cantar a capela uno de sus temas e, inmediatamente, como por esa conexión tan típica de los bohemios, Luis Ángel Ramírez le hace juego con la segunda voz, cantando a dúo hasta horas previas de la presentación en las tablas antioqueñas.

Sin dudar, y como testigo de tal talento, Julio Jaramillo telefonea a su sello discográfico “Sonolux” y le propone grabar un LP (Long Play) con un artista popular poseedor de una voz maravillosa. El sello insiste en no grabar una sola canción con el Caballero Gaucho, sino tres, confiando en el buen oído del “Ruiseñor”. La alegría era general, y el agradecimiento salía a flote en cada brindis, aunque el ofrecimiento quedara inicialmente en promesa, ya que Julio Jaramillo continuaría su gira por Venezuela, luego a Costa Rica, para finalmente irse a su tierra natal a morir como quería, entre los suyos y en el “Guayaquil de sus amores”.

Hasta hoy día el caballero Gaucho espera el cumplimiento de esta promesa, aunque el tiempo haya pasado y les haya dado gloria y fama a cada uno por su lado, y les haya deparado un destino particular. Y es que nuestro Caballero Gaucho, como buen admirador de la música del sur del continente, prefirió los artistas de Argentina como Ignacio Corsini y Agustín Magaldi y de Ecuador la música nacional, para inspirarse en sus composiciones. Amigo de grandes artistas de nuestro país como Claudia de Colombia, Rodolfo Aicardi, Helenita Vargas y el maestro Lucho Bermúdez.

Su escasa formación musical se vio compensada por la lectura de la poesía y la métrica de los escritores Julio Flórez y Porfirio Barba Jacob. Sin ellos, asegura, no hubiese podido arreglar y hacer rimar aquellas canciones tan famosas, como “Viejo Farol”, “Amores de Arrabal”, “Sentimiento Gaucho” y otras de sus muchas interpretaciones. De allí adquirió la inteligencia emocional, para compenetrarse con su público oyente, que lo ovacionaba donde quiera que se encontrase.

El Caballero junto a sus docenas de trofeos y placas. Fotografía de Sergio Acevedo

El Caballero junto a sus docenas de trofeos y placas. Fotografía de Sergio Acevedo

Lo que se sabe del Caballero Gaucho

Pero hay que dejar claro que del Caballero Gaucho no hay biografías en la red. Sólo hay una y es la que presenta Wikipedia con un lenguaje muy paisa y es la única que circula por las websites de música de antaño y popular. ¿Por qué? Sencillamente porque Luis Ángel Ramírez, más conocido como “El Caballero Gaucho”, es un hombre del pueblo, uno que se codea y brinda con quienes gustan de su música que habla de penas, de dolores, de alegrías, de desamores, de recuerdos. Y sin lugar a dudas, su reconocimiento viene también de los máximos exponentes del género popular ranchero y música de despecho, como Darío Gómez o Luis Alberto Posada –“El Charrito Negro”-, quienes afirman que él es el abuelo, por no decir el patriarca de la música popular. Y aciertan totalmente.

Este pereirano de nacimiento y virginiano por adopción, es un hijo del pueblo, un hombre que experimentó vivir en medio de tantas historias humanas y que supo retratar por medio de su melodiosa voz. Canciones tan llenas de sentimiento como de realidad. Por ejemplo, el tango  “Viejo juguete”,  fue escrito en veinte minutos, luego que presenció una pelea entre dos niños por un juguete que botaron desde la terraza de su casa y luego cayó a una avenida en Medellín, hasta que un niño pobre al ver aquel viejo juguete en la avenida se soltó de la mano de su mama y al ir a recogerlo un bus terminó con su vida. Sobre esta escena se compone aquel tango, según el autor.

También “Dolor Gaucho”, “Pasión sin nombre”, “Besos por costumbre” poseen una historia de fondo. Pero “Viejo Farol” vaya que sí tiene una historia maravillosa. Realmente el autor es un hombre de Cali llamado Luis Benedicto Valencia, de 60 centímetros, sin manos, que al conocer al Caballero Gaucho le dijo que cantara una canción que él había compuesto. Su petición era constante, hasta que por fin El Caballero decidió escucharla, quedando tan impresionado por la letra, que decidió grabarla con la voz original de aquel hombre, y que hasta hoy conserva como una gran joya en su casa de La Virginia. Este tipo de vivencias lo consolidaron como un grande. Como un Vicente Fernández de la música popular, o un Carlos Gardel del tango.

Su carrera musical, inicialmente fue un golpe de suerte. Don Mario Arango Mejía, familiar del reconocido poeta Luis Carlos González, lo descubrió después de oírlo cantar tres veces seguidas el tango “Cancionero”, del argentino Agustín Magaldi, y lo contrató por cuatro años para su nueva emisora “La Voz de Pereira”; levantándolo como un ídolo popular, aunque su primera fase musical fuera un trío sin nombre, compuesto por su hermano José Ramírez (q.e.p.d.) y su primo hermano Bernardo Saldarriaga.  Tiempo después, Don Mario Arango le pondría a este trío el nombre de “Los Trovadores Andinos” y don Luis Carlos González bautizaría a Luis Ángel Ramírez como “El Caballero Gaucho”.

Este trío se disolvió rápidamente, por decisiones personales, más que por falta de trabajo. Así su carrera ya se iba encauzando como solista en el género del tango criollo. El primer disco que grabó con “La voz de Pereira” fue “El Sueño del Pibe”, título alusivo a su nombre artístico tan argentino y su bigote tan pampero. Y canción totalmente entonada con un espíritu navideño, que ya se conectaba con todo ese imaginario social de regalos y emociones en el mes de diciembre.

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Su fama internacional

Un tango  cantado con tanta pasión y sentimiento,  que lo catapultó a su primer contrato internacional en los Estados Unidos, pues los que hicieron el  master de esta canción en ese país quedaron tan interesados que propusieron introducir su música en el mercado latino, pero Don Mario Arango se negó rotundamente. Entonces decidieron hacerlo a escondidas, pero curiosamente lo hicieron todo al revés. A Luis Ángel Ramírez le pusieron por sobrenombre “Pedro Acorde” y un pasillo que había sido tocado a dos guitarras con Barry Medina llamado “Pereiranita”  le llamaron “Sonrisa. Aun con estos equívocos, su fama fue grande. Con su primer contrato para presentarse en vivo en Norteamérica, El Caballero Gaucho, más confundido que emocionado, no paraba de decir: “¿Qué voy a  hacer por allá cantando una sola canción, no tengo más?”.

Y es que no hay referente artístico más directo para El Caballero Gaucho que el director de la entonces “Voz de Pereira”, hoy convertida en Radio Todelar, don Mario Arango Mejía. El hombre que lo impulsó en su carrera, y quien a su vez fue su primer seguidor por así decirlo, porque lo aconsejaba como a un hijo. “Usted llegará muy lejos, nunca desista. Siga cantando. Vea que usted puede, nació para esto”. Consejos que hoy resuenan en la memoria del Caballero, aun en sus avanzados 96 años de edad.

Hay una anécdota que no se puede pasar por alto, ya que antes de los Estados Unidos, Panamá fue su primer destino para cantar fuera del país. Mientras trabajaba constantemente en la emisora pereirana, le llegaba correspondencia desde Panamá elogiando su gran talento musical. Y fue luego de una presentación en vivo, que saliendo con su guitarra, vio cuatro personas que se habían quedado sentadas en el teatro, las cuales le interrumpieron, mostrándole unos tiquetes para Panamá: “Nosotros vinimos por usted, y mañana tiene un vuelo a las 7, se presentará en nuestro país”, fue la intervención del hombre que le mostró los pasajes aéreos. Pero no sin antes quedar sorprendidos (no decepcionados) porque se habían imaginado que el Caballero Gaucho era un mono, alto, con traje de espuelas, casi como un vaquero del oeste norteamericano. “Usted es una ratica con tremenda voz”, fue la frase del hombre de los tiquetes. Anécdota muy propia del Caballero Gaucho, previo a su primera experiencia como cantante internacional en Panamá. Y en efecto, Luis Ángel era un hombre delgado, una “Chichita” como el mismo describía su fisionomía en esos tiempos.

Después su itinerario artístico lo llevaría –porque carecía de manager– por algunos países de Europa, específicamente Inglaterra, Francia e Italia, donde cantaría al público colombiano allí residente. Dicen sus amigos que el Caballero era todo un caballero, pues lloraba con los desconsolados, los pobres, los adoloridos del corazón que venían a verle y oírle. Y de allí, de estas experiencias de piel, extraería las anécdotas más especiales, porque aun conociendo otras latitudes conservaba la sencillez y la humildad de espíritu que lo caracteriza hasta hoy, ya con 96 años de edad. Una frase suya de su primer viaje a la capital de Francia, lo refrenda: “París, bueno París es como Armenia o Bogotá, allá venden morcilla y jugo de naranja en las esquinas. Eso es lo mismo”.

Su bigote, otra leyenda.

Su bigote, otra leyenda.