Disección perceptiva y razonada de una palabra genérica que el gobierno utiliza para descalificar la protesta social: en los brotes de violencia hay muy distintos “intereses oscuros”, pero hay también una juventud sin futuro. Distinguir es condición para curar. 

 

Foto: Matheus Kawasaki

Foto: Matheus Kawasaki

Juan Carlos Guerrero Bernal* y Karen Nathalia Cerón Steevens** / Razón Pública

Dos lecturas del gobierno

Nada justifica la violencia que ha tendido a empañar en ocasiones la oleada reciente de protestas sociales. Por eso, frente a actos vandálicos que opacan las movilizaciones, muchos ciudadanos –incluso quienes simpatizan con las diversas causas reivindicadas– acaban por apoyar y hasta por reclamar respuestas de firmeza y mano dura por parte del gobierno nacional.

Lastimosamente, el deseo de castigar a los responsables de actos vandálicos -sin duda reprobables- no ha dejado que se planteen y respondan dos preguntas simples en apariencia, pero que son complejas: ¿quiénes son los “vándalos” y por qué actúan así?

El gobierno Santos  ha tendido a hacer dos lecturas distintas del fenómeno del vandalismo:

· La primera recalca que “grupos de vándalos” se han infiltrado en ocasiones en las manifestaciones con el único propósito de “causar caos y destrucción”.

Desde esa perspectiva, la violencia es promovida por simples “desadaptados” que se aprovechan de los “legítimos reclamos de los manifestantes”, y que atentan así no solo contra la propiedad e integridad de otros ciudadanos, sino también contra la protesta social genuina.

· La segunda lectura insiste más bien en que la protesta social no siempre se realiza de manera libre, sino que a veces es “obligada”, ya que hay grupos que intimidan a diversos sectores de la población para forzarlos a movilizarse.

En ocasiones se ha afirmado que miembros de agrupaciones como la Marcha Patriótica pueden tener algo que ver con el vandalismo, ya que quizás ellos tengan interés en obstaculizar los acuerdos entre el gobierno y los sectores sociales movilizados. Otras veces, más frecuentes, se sostiene que las FARC han infiltrado las marchas. De cualquier modo, en ambos casos, los vándalos y criminales estarían “al servicio de intereses oscuros”.

Un buen ejemplo de estas lecturas oficiales del vandalismo se encuentra en la alocución presidencial de repudio a los actos vandálicos que opacaron la última jornada de protestas en Bogotá a favor del paro agrario (ver el discurso aquí).

Las lecturas del gobierno nacional sobre el fenómeno del vandalismo en las protestas sociales suscitan varios interrogantes:

– ¿Son los vándalos una especie de células o milicias de las FARC o más bien unos grupos independientes con los que las FARC han tejido alianzas puntuales? 

– ¿Son los vándalos unos terroristas o solo unos saboteadores momentáneamente al servicio de una guerrilla, considerada por el gobierno y por buena parte de la sociedad  como un grupo terrorista?

– ¿Son las FARC la única mano invisible detrás de la acción de los vándalos o podrían existir otros grupos ilegales tras bambalinas? 

– ¿Son los vándalos un simple instrumento de “intereses oscuros” o pueden también estar actuando por cuenta propia? 

– ¿Son los vándalos un grupo homogéneo o existen diferentes formas de vandalismo que convendría distinguir? 

Intentemos dar respuestas a estas preguntas.

 

¿Al servicio de las FARC?

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El actual Ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón. Foto: ICP Colombia

Por ahora, no hay indicios de que los grupos de jóvenes que han realizado actos vandálicos en Bogotá pertenezcan a células urbanas de las FARC.

Esto es lógico si se considera, como sostienen los guerrilleros desmovilizados, que hoy por hoy las milicias de las FARC son débiles en la capital. Todo indica más bien que los responsables del vandalismo en Bogotá son jóvenes –muchos de ellos menores de edad– pertenecientes a barras bravas y a pandillas.

Por lo tanto, de llegar a existir en Bogotá algún vínculo entre las FARC y estos jóvenes, no sería un vínculo orgánico, sino una especie de alianza ocasional, cuyo propósito tendría que ser discernido.

Distinta es la realidad de ciertas zonas rurales, como el Catatumbo y el Putumayo, donde las guerrillas han tenido una presencia más sólida y más constante. Allí la infiltración es un hecho más evidente, lo cual no significa que esta sea la única razón que explique las movilizaciones campesinas.

Desde luego, esto no quiere decir que en toda zona rural las FARC hayan podido extender su mano oscura. Por ejemplo, en Boyacá las protestas campesinas no parecen haber estado infiltradas por las guerrillas.

Lo anterior quiere decir que los vándalos juveniles no son “terroristas”, así esta palabra sea tan elástica que sirva para designar y descalificar cualquier acto de violencia.

Esos muchachos que improvisadamente cubren sus rostros con chaquetas, bufandas, pañoletas, gorros o sacos –ni siquiera con una capucha o pasamontañas–, la verdad, no son terroristas. Son simplemente eso: vándalos que quizás en ciertos momentos pueden haber estado al servicio de “intereses oscuros”.

 

¿Al servicio de las mafias locales?

Ahora bien, entre los llamados “intereses oscuros” hay que contemplar distintas posibilidades, no solo la de las FARC.

Funcionarios del Distrito y el propio alcalde de Bogotá aseguraron que mafias locales (en otros términos, Bacrim) les pagaron a los muchachos de algunas pandillas entre 10 mil y 20 mil pesos para causar los desórdenes de la pasada protesta en apoyo al paro agrario.

Estos grupos ilegales, que extorsionan y trafican en las localidades donde los disturbios fueron más fuertes, pueden tener un interés en demostrar que son ellos quienes tienen el control territorial, y no el Estado. Esta hipótesis no puede descartarse, sobre todo ante  evidencias de que grupos como Los Paisas están presentes en localidades como Suba.

Sin embargo, habría que establecer hasta qué punto los vándalos han sido únicamente un instrumento de otros grupos armados ilegales (llámense FARC o Bacrim), puesto que es difícil creer que 10 mil o 20 mil pesos sean una motivación suficiente para comprometerse en semejantes desmanes. En otras palabras, los vándalos pueden también tener sus propias motivaciones, las cuales pueden ser variadas, porque entre ellos hay perfiles distintos.

 

¿Por placer?

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Secuelas de los enfrentamientos entre

encapuchados y el ESMAD el pasado

29 de agosto en Bogotá.

Foto: Iván Esteban Valencia Ariza

Algunos vándalos son muchachos que llevan a cabo acciones violentas sin que estas correspondan con “razones verdaderas”; al menos no razones que vayan más allá del simple placer y la emoción de destruir y hacer parte del “tropel”.

Algunos grupos de jóvenes que se autodenominan anarquistas o fracciones reducidas de los estudiantes universitarios politizados caben bajo este perfil que, en todo caso, no parece ser mayoritario. Sencillamente porque no todos los anarquistas promueven la acción violenta (varios apoyan la “disidencia contracultural” no violenta) y porque son numerosos los estudiantes conscientes del daño que produce la violencia a la protesta legítima.

Ahora bien, este tipo de jóvenes rebeldes, que de vez en cuando atacan símbolos del establecimiento, existe en todos los países, y no sería tan difícil contenerlos con una mejor inteligencia y con una mayor colaboración entre la policía y quienes protestan pacíficamente.

 

¿Por falta de futuro?

En cambio, otros vándalos –quizás más numerosos– son jóvenes sin oportunidades y perspectivas, que viven en localidades periféricas y vulnerables, acumulando resentimientos y malestares que no logran transformar en demandas políticas formales, y que más bien se expresan a través de una violencia desbocada toda vez que surge una oportunidad (como la última movilización urbana en favor del paro agrario).

Estos muchachos, llenos de rabia y frustración contenidas, están dispuestos a saquear y quebrarlo todo, en particular aquello que representa al “sistema” del cual se sienten excluidos (los bancos, por ejemplo).

Este sería un fenómeno un poco parecido al de las asonadas urbanas que tienen lugar con cierta frecuencia en Francia, en Inglaterra y últimamente en Suecia. En esos países también existe una juventud con estructuras familiares precarias, des-socializada, instalada en suburbios de las ciudades, de la que el sistema escolar no logra encargarse. Poniendo a un lado el problema de la migración, ambos fenómenos tienen ciertas similitudes.

El perfil de este último grupo de vándalos sin perspectivas debería ser motivo de  preocupación, puesto que ellos son el síntoma de que en Colombia han surgido unas culturas juveniles urbanas que podrían llegar a producir fenómenos similares al de las maras de varios países centroamericanos (Guatemala, El Salvador y Honduras).

En esos países, mientras toda la atención se centraba en la firma de los acuerdos de paz, las pandillas germinaron y se desarrollaron inadvertidamente, al margen de los actores armados convencionales, en zonas urbanas equiparables a las comunas de Medellín o a las localidades periféricas de Bogotá.

Con el paso del tiempo, esas pandillas se transformaron en “maras”, es decir, organizaciones de jóvenes más poderosas que absorbieron varias pandillas y comenzaron a disputarse intensamente el control de territorios urbanos.

Esa metamorfosis se produjo, en primera instancia, por la aparición de fuertes sentidos de pertenencia hacia una nueva agrupación juvenil (la mara), la cual se convirtió en una “nueva familia”, en cuyo seno los “valores” de fraternidad y de violencia van de la mano.

A este ingrediente hay que agregar el recurso, cada vez más creciente, a la extorsión y al microtráfico como prácticas de financiamiento, a veces en alianzas coyunturales con organizaciones criminales de mayor envergadura.

Lo preocupante es que en Colombia varios de estos “vándalos” –no todos– ya iniciaron una carrera delictiva en el seno de pandillas dedicadas al microtráfico, cuya función no solo es proveerles ingresos, sino además sentido de identidad de grupo. En esas pandillas podría incubarse algo parecido a las maras, sobre todo en aquellas localidades donde también existen Bacrim, con quienes las pandillas podrían tejer alianzas ocasionales.

 

Un asunto de cuidado

En cada uno de los tipos anteriores de vandalismo se dan distintas modalidades de violencia,  con objetivos diferentes y que exigen tratamientos diferenciados.

Hablar de “terrorismo” e “infiltraciones”, como suelen hacerlo el gobierno y los medios, supone confundir fenómenos disímiles de manera simplista y peligrosa porque aborda la cuestión como si fuera sobre todo un tema del conflicto armado interno. Al hacer eso se arroja a todo este “mundo de vándalos” en los brazos del conflicto armado.

Pero en la realidad, el vandalismo no es un tema del conflicto sino del posconflicto. Se trata de un asunto que hay que pensar de inmediato, no solo con medidas represivas y de mano dura, que resultan incompletas y parciales, sino con una política integral.

 

* Profesor e investigador del Observatorio de Redes y Acción Colectiva (ORAC) de la Universidad del Rosario. Ph.D. en Sociología, M.A. en Relaciones Internacionales. 

** Profesora e investigadora del Observatorio de Redes y Acción Colectiva (ORAC) de la Universidad del Rosario. M.A. en Estudios Políticos e Internacionales.