No se pierdan el video promocional de la marcha, en el que por supuesto no aparece ni una gorda ni una afrocolombiana ni una indígena. La mujer pereirana es “desrealizada”. Aunque la marcha  pretende mostrar lo que esta”realmente” es, no termina más que ofreciendo la identidad del vacío, la negación de un prejuicio y una colección de etiquetas sin fondo.

Foto tomada de: http://esferapublica.org/nfblog/?p=4434

Propuesta artística “¿Fácil?”, de Rafael Ortiz, con participación de varios artistas pereiranos. Causó toda clase polémicas en su momento (2009). Foto tomada de: http://esferapublica.org/nfblog/?p=4434

Por Carolina Robledo Silvestre

Tenía trece años, y las inseguridades de cualquier preadolescente de provincia que recién llega a la capital, cuando descubrí que ser pereirana significaba ser puta. Me lo hicieron saber mis nuevos amigos rolos, que recurrieron a todos los chistes hasta entonces creados sobre las mujeres de mi ciudad.

Me sorprendí, por supuesto, porque no tenía manera de responder con argumentos algo que hasta entonces desconocía. Sin embargo, no tuve que ir muy lejos en mi búsqueda de explicaciones para empezar a descubrir algunas pistas que intentaban dar sentido al prejuicio. Historiadores, escritores y pereiranos del común habían generado todo un repertorio de argumentos en respuesta defensiva a las bromas que recibían sus mujeres.
De todas las explicaciones, dos me parecían bastante coherentes. La primera: debido a que Pereira había sido durante años (y aún sigue siendo) cruce de caminos y receptáculo de migrantes de diversos orígenes, se había constituido en un escenario propicio para negocios de todo tipo, incluyendo la prostitución. Y aunque las mujeres que lo ejercieran no fueran pereiranas, eran consideradas como tal. Sus buenos oficios empezaron a cobrar fama nacional e incluso internacional.
La segunda: la vida pública y política de las mujeres pereiranas, aunada a su carácter específico como luchadoras, autónomas y sin pelos en la lengua. Esta explicación tiene como emblema la figura de María Cano, activista política de izquierda que inició en Pereira unas de las más destacadas luchas de mujeres en los años veinte, acompañada, entre otras, de las recolectoras de café. La reivindicación de los derechos de la mujeres fue deslegitimado por la construcción del prejuicio.
El resumen de todas estas circunstancias históricas, difíciles de definir como únicos o certeros orígenes del prejuicio, es que aún hoy, cuando alguna pereirana se presenta como tal, especialmente dentro de su propio país, puede ser objeto de bromas que refieren a su condición de puta.
Con los argumentos en la boca, aprendí a responder sobre el prejuicio, cuando mi existencia adolescente se jugaba de manera esencial en el reconocimiento y aprobación de los otros. Tengo que decir que a pesar de la molestia, nunca me sentí ofendida por ninguna de las broma que recibí durante años, quizá por mi condición desarraigada y mi renuncia temprana a las lealtades nacionalistas o regionalistas.
Han pasado siete años desde que salí de Pereira, no precisamente a trabajar en la prostitución, como muchos hubieran pensado. Y aquí tengo que recordar algo: cuando me enteré de que había obtenido una beca en México para estudiar mi maestría y que recibiría dinero por estudiar, escuché a más de un paisano diciendo que todo debía ser un montaje, que terminaría en un bar de mala muerte bailando rancheras por un par de pesos mexicanos, porque “de eso tan bueno no dan tanto”.
No pasó, pero podría haber pasado. Ser una víctima de trata de personas en Colombia y especialmente en Pereira, una ciudad con altísimas tasas de desempleo y migración, no es para nada un temor descabellado. Son caldos de cultivo perfectos para que el negocio se instale.
Pese a la conciencia de que este puede ser un destino bastante común para las mujeres que salen de la ciudad a trabajar o para muchas que estando allí no tienen más opción, los pereiranos han decidido voltear la cara en un ademán moralista y dedicarse a otras luchas.
La primera vez que vi como esto sucedía fue hace por lo menos ocho años, cuando la “sociedad civil” pereirana salió a las calles a protestar por la transmisión de la serie televisiva “Sin tetas no hay paraíso”, cuya historia de jóvenes prepago y cirugías plásticas sucedía en esta ciudad. El problema entonces era la “mala imagen de las pereiranas”, que aparecen todas como unas putas operadas, novias de narcos.
Para dar continuidad a esta ya tradicional lucha sin sentido, mañana algunas mujeres de Pereira saldrán a las calles en la protesta llamada “Marcha de los espejos”, que espera “reflejar la verdadera identidad de la mujer pereirana”. El evento es apoyado, por supuesto, por las instituciones políticas locales y empresas privadas que han aprovechado el nicho comercial.
No sé si me molesta más el uso desafortunado del concepto de identidad como bandera de un movimiento tan fútil, o el sin sentido de una lucha por la “buena imagen de la mujer pereirana”.
No me interesa discutir si la pereirana es “puta” o “más puta” que cualquier otra mujer en cualquier otra parte del mundo. Es una batalla de aquellas que no valen la pena. Lo que me interesa es expresar mi desconsuelo sobre la trivialidad de la lucha. La única esperanza que me queda es que este pudiera convertirse, gracias a un giro milagroso, en semillero de un activismo político de las pereiranas mucho más reflexivo.
Si yo tuviera la oportunidad de reunir a las mujeres de mi ciudad en el espacio público y de construir una agenda de lucha no me preocuparía por discutir el tema de si somos putas o no. Propondría un debate sobre el daño causado a la experiencia femenina por una sociedad superficial en la que lo físico parece ser el elemento central de reconocimiento y valoración del ser humano. Y una reflexión sobre los efectos de este sistema cultural en la salud de miles de mujeres que han intervenido sus cuerpos con consecuencias letales y en la dignidad de aquellas que son discriminadas por no responder al modelo dominante de belleza.
Propondría también, por supuesto, un debate sobre el tema de la trata de blancas, padecido por tantas pereiranas dentro y fuera de su país. Y antes que tacharlas como putas y deslegitimarlas como parte de un “nosotros”, trataría de integrarlas en una lucha común por la defensa de los derechos elementales de las mujeres.
Propondría un reclamo por la violencia contra la mujer, los homicidios cometidos en su contra y la impunidad tan común en nuestra sociedad. 
Propondría una discusión a fondo sobre el sistema económico decadente en el que viven las pereiranas, abocadas a empleos mal remunerados o a la informalidad. O quizá otra sobre las oportunidades de acceso a una educación de calidad en términos de igualdad. Entre otros…
 
Me he enterado que las camisetas rosas se tomarán las calles de la ciudad -en parte- en respuesta defensiva a una propuesta artística que se expuso en los muros externos de un centro cultural municipal hace algunos años, exponiendo a vista de los transeúntes algunos chistes sobre las pereiranas.
La obra buscaba sacudir a una ciudad dormida que discute más fácilmente un mito que sus problemas reales. Es lamentable ver esta marcha no demuestra más que el letargo con el que Pereira y las pereiranas responden a la sacudida. Seguramente las muchachas estarán más preocupadas por verse bien con su pañoleta o por tener la camiseta de la talla óptima, que por la posibilidad de configurar un movimiento de protesta que las dignifique como mujeres.
Cuando escribo estas letras no puedo dejar de sentir tristeza por lo que pasa en mi ciudad, a pesar del desarraigo. Y al mismo tiempo me siendo aliviada de no tener que vivir esta realidad soporífera. Un saludo para todas mis paisanas!

No se pierdan el video promocional de la marcha, en el que por supuesto no aparece ni una gorda ni una afrocolombiana ni una indígena. La mujer pereirana es “desrealizada”. Aunque la marcha  pretende mostrar lo que esta”realmente” es, no termina más que ofreciendo la identidad del vacío, la negación de un prejuicio y una colección de etiquetas sin fondo.