Las puertas del templo están abiertas para todos, incluso para aquellos que con su vida contravienen la moral cristiana y con sus actos destruyen la vida santa.

religion-864393_640

Por Mateo Ortiz Giraldo

Imágenes tomadas de pixabay

Tres rostros impávidos, urdidos en roca, observan desde sus inertes cuerpos el movimiento diario del barrio los Agustinos de Manizales. Son tres estatuas enmohecidas que representan el arribo de la congregación religiosa Los Agustinos Recoletos: un grupo de índole andariega y ascética que le puso un corazón católico, apostólico, romano y todo lo demás, a una zona donde la montaña dominaba y la cual, en 1901, no era más un matojo de pastizales, lodo y unas cuantas casuchas que adornaban esta pendiente que va parar en Chipre.

Tras de esta escultura desvencijada por las lluvias y el sol se erige una iglesia, uno de los 50 templos que albergan la religiosidad heredada por  cruz y espada española. Dentro de esta edificación de altos picos blanquecinos y azules, que le rascan la espalda a las nubes, la vida se mueve con lentitud. Las tres bóvedas que componen la estructura neogótica -como se le suele llamar en las guías turísticas- se construyeron desde 1914, pero no fue hasta 1926 que se terminó su adecuación; acto que se vería empañado en 1955 cuando un rayo inició el fuego que terminó engulléndose la columnas y paredes del lugar. Solo se reconstruyó por completo en 1964.

La apacibilidad  de esta iglesia contrasta con el ajetreo que le rodea: automóviles y gritos; fachadas de ladrillos naranjas y almacenes comerciales; vendedores y paseantes. Sus tres puertas están abiertas de par en par, así que los aromas y el silencio que en ella se engendran salen a recorrer el andén del frente otorgándole un olor a cera derretida. Por los vitrales se filtra un poco de luz hacia el interior dándole un color misterioso, mientras que las puertas estiran las sombras hasta el atrio donde un Jesús esculpido mira el suelo sin mayor premura. Las paredes pintadas por la luz endeble, exhiben estriaciones, esculturas, tallados, xilografías, ojivas de corazones rojos en llamas y otra variedad de decoraciones eclécticas que se contraponen al espíritu espartano de los Agustino Recoletos, fundadores, edificadores y encargados de la iglesia.

 

La oración

El lugar está vacío. No lo habita más que el silencio de las estatuas; ellas, con sus ojos fríos de yeso pintado, miran desde la altura de sus pedestales  a los transeúntes que ocasionalmente recorren los pasillos de sus aposentos. Todo sigue en apacible calma hasta que María, flotando en su nube rígida, y Jesús, pendiendo de su eterna cruz, parecen centrar su atención en el sonoro repiqueo de unos tacones que son impulsados por un par de piernas largas y torneadas, ambas vestidas por una exuberante muestra de piel. El aroma, antes dulzón, se llena de repente por un regusto amargo, un poco cítrico, que con prontitud va dominado  lo antes colonizado por años de sahumerios, velas quemadas y oraciones.

tacones

Un trasero que a Willie Colón le hubiera inspirado una canción posa su carne sobre la silla marrón que cruje una vez ella se sienta. Después del rechinar del vestido, del traquear las pulseras, del resonar del tacón; un susurro audible rompe el silencio del templo: “Santa María, vos que eres madre, comprendéme. Jesús sacramentado, vos que eres hijo, perdóname. San Sebastián, vos que sufriste el dolor de las flechas, curáme. Dios, vos que todo lo ves, ayudáme a seguir adelante…”

Y después sus protuberantes labios pintorreados de rojo se estrechan para empezar una sucesión rápida de palabras ininteligibles.

Transcurren varios minutos. La tarde que la había acogido ya se hace noche. Sus mejillas sonrosadas, un poco húmedas por algunas lágrimas, salen de la maraña de su cabello negro. Abre sus ojos de par en par -son tan grandes y dispuestos como las puertas de la iglesia-, dirige su mirada hacia ese Jesús resucitado, de manos arreboladas en el aire, que saluda a su comarca angélica de madera. La silla cruje de nuevo, sus tacones resuenan también; mientras arregla su cabello, sus brazaletes chocan entre sí, creando una secuencia de ruidos que rompen una vez más con la calma del lugar.

Camina unos pocos pasos hasta llegar a la escultura de la Virgen del Carmen: una mujer inanimada ataviada con telas marrones y doradas que en su brazo izquierdo carga con evidente devoción al divino salvador, aún frágil. Esta escultura fue donada como homenaje a la virgen madre de Jesús, y fue bendecida por alguno de los tantos Obispos que se han paseado por este templo.

Las pulseras chocan; es la tercera vez que este sonido hace eco en los espacios cavernosos que empiezan a ser cada vez más oscuros. Las manos que llevan los brazaletes buscan en una cartera negra de charol, y luego rebuscan hasta hallar una moneda de 200 pesos; el precio que los fieles devotos deben pagar para pedirle un favor a los Santos, según el letrero junto al candelabro lleno de pequeñas velas blancas. La moneda se oye caer sobre otras cuantas. Ella toma una de las velas,  la enciende, y de nuevo habla en susurros audibles: “Virgencita. Mujer. Escucháme. Atendéme. Vos también fuiste mujer. Vos sabés que es un hijo con hambre. Permitíme  llevar el pan a casa esta noche…”

Su acento caleño se hace plausible. Su voz de repente gana fuerza y parece olvidar que está sola, que hay otros Santos de yeso escrutándola, que hay algunas viejecitas que llegaron a misa de seis, las cuales no dejan de mirarla mientras se susurran mutuamente. Pero para ella sólo existen sus plegarias, la virgen y la vela; así que continúa: “…Ayer me fui sin nada, virgencita, mi niño pasó hambre, y vos qué haces…¿sólo me mirás?…No me hagás sentir como si estuviera sola..” –hace una pausa y apaga la vela- “si mañana sigue igual…” –dice bajando un poco la voz – “no te la vuelvo a encender”.

Para esas alturas las señoras con paño en la cabeza, y biblia debajo del brazo, ya están tomando sus camándulas para rezar el rosario previo al acto litúrgico. La mujer se balancea en sus tacones flamígeros y de nuevo empieza a hablar en susurros. Hace el signo de la cruz sobre su frente, labios y pecho; luego se da tres golpes sobre su seno izquierdo, provocando de nuevo que sus pulseras produzcan ruido. Poco después sus largas uñas violáceas se posan sobre la frente, bajan hasta su vientre, se deslizan hacia su hombro izquierdo y por último sobre el derecho; cada movimiento acompañado por una multitud de sonidos metálicos.piedad

La iglesia de “El Sagrado Corazón de Jesús”, más conocida como “Los Agustinos”, tiene sus muros llenos de historias, de rezos, plegarias, sacrificios y ensueños de aquellos que, fieles o no, se sientan a hablar con el santísimo. No hay restricción pues las puertas del templo están abiertas para todos, incluso para aquellos que con su vida contravienen la moral cristiana y con sus actos destruyen la vida santa.

Antes de salir la mujer le echa otro vistazo al Jesús de la Cruz, con sus dos Marías a cada lado: la virgen y la supuesta prostituta; y sobre él la sangre de pintura y el corazón de fuego lleno de espinas. Ella mira esa escena sin percatarse que una lágrima negra le recorre la mejilla, luego se enfila hacia la salida principal bajo la mirada acusadora de una anciana que pasa las cuentas de su camándula. Sus tacones trastabillan mientras sale por la puerta principal del templo para iniciar una presurosa peregrinación por los andenes del barrio. Se le ve caminar hacia la Galería que está a unas cuantas calles de la iglesia.

El aroma del templo, de tanto en tanto cambiado por sus visitantes, carga sobre sí una anunciación de acuerdo tácito: entrad. Adentro la vida tiene el palpitar lento de un corazón tranquilo porque el silencio de sus esculturas es una invitación a mirarle a los ojos para así sentir, en sus cuencas vacías, un poco del frío de la Manizales clerical.