No, no debo mencionarlos. Mi sobrino podría creer que estoy tomándolo en broma y que ridiculizo su piedad. Además, no debo pensarlos mucho. Sus diferencias me obligarían a salir de este encierro y buscar algún desconocido para entregarme a él, buscando su rostro fatigado de placer, sus lunares, sus vellos, sus heridas, el fragmento de ustedes que mordí y que no calmó mi hambre.

 

Por / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustración / Malatinta Magazine

 …que tampoco los rezos puedan desafiar…

 ¿Saben muchachos quién me está preguntando por ustedes todas las noches? Mi sobrino, el que está en el seminario. La cuarentena la está pasando con nosotros. Mi mamá le dijo que no se fuera para el pueblo, que se quedara con nosotros dos, que había espacio. Yo no le veo problema, mi sobrino se parece a mí, es como un hijo. Por la mañana, él y mi mamá están conectados con la misa de algún cura conocido, mientras yo les preparo el desayuno. Después nos repartimos el oficio: cuando él barre, yo trapeo. Si yo salgo de compras, él deshierba el jardín. Cuando mamá va por sus medicamentos, a la farmacia de la esquina, a media cuadra, él se encarga de las ropas y yo de preparar el almuerzo. La tarde, después de la siesta, la pasamos juntos cada uno en lo suyo. Mamá borda, teje, cose, llena botellitas con plásticos, separa mis hojas reutilizables, hace libretas con la parte blanca de las fotocopias en desuso. Él sigue sus estudios con su director espiritual, repasa griego, latín e inglés, lee documentos de la iglesia, en fin. Yo escribo, leo, sigo revisando los libros y los artículos que me mandan, la U no se detiene. Luego jugamos cartas, parqués, dominó, armamos un rompecabezas, cenamos y, oramos. Ahí es cuando él me pregunta por ustedes, chicos.

No se me hace raro estar presente cuando los demás rezan. Yo hago silencio y me digo: qué rico sería sentir algo como fe o devoción. Qué bueno sería creer que esto sirve de algo para alguien. Entonces trato de meditar y de recordar con quién he sido descortés, con quién he sido altanero, en el mal de quién me he regocijado y busco una alternativa para reparar mi error. Esa es mi oración mientras participo mecánicamente en la repetición que los demás necesitan escuchar para sentirme conectado con ellos.

Mis bellos, yo no sé qué quiere escuchar Miguelito. Cuando estoy con mi mamá contesto la mitad de los rezos y con eso me siento cómodo, pero con este sobrino mío uno debe de pronunciar palabras que medite. Me mira y me pregunta: Tío, ¿y tú por quién quieres orar? Por mis compañeros de trabajo. No parece convencido y entonces vuelve a la carga: ¿Por alguien más? ¿No? Y yo añado: Por los estudiantes. No insiste más, pero sé que quiere escuchar algo más, porque me ha dicho: Tío, así como la abuela pide por Carlos, que se quedó en Medellín y ya no tiene trabajo; por César para que no le vuelva la depresión con tanto encierro; por Emilsen que está trabajando en los Estados Unidos para que no la humillen ni la menosprecien, tú puedes orar con nombres propios y necesidades puntuales. Cuando eres consciente del otro, lo amas.

Ay, mis amigos, mi sobrino es una ternurita. Yo lo abrazo, le revuelco su peinado de seminarista y le beso la frente. Entonces, me digo que voy a hacer el listado de ustedes, los hombres que he amado y que no sé dónde andan ni qué les falta ni qué les pasa. Voy a pedir por José Carlos para que siga siendo un hombre tierno. Por Héctor, para que nunca venda sus principios. Por Jorge Bríñez, para que siga fuerte, venciendo obstáculos. Por el Tuso Wil, para que siga cocinando así de rico y sea muy feliz. Por Jaramillo, para que nunca deje de estar tan bueno… y para que siente cabeza. Que proteja a Ricardo de un mal negocio, de una novia tóxica, de una sobredosis. Quiero que Tommy conserve su empleo y que no le pase nada cuando va por carreteras.  Que Toñito se convierta en el estratega inteligente, viril, honesto, que necesita alguna patria decadente. Mejor dicho, yo no sé si valga una oración que nace del deseo, de la gratitud por el cuerpo entregado, recibido, inmolado en las sábanas. A mí me suena hereje. Por eso no me atrevo.

Y no es que no los quiera, mis amores. Obvio que me preocupan. Esta piel se seca sin sus caricias. Y yo sé que me falta Didier, Byron, Jorge, Elkin y otros de los que olvido el nombre o los confundo. Todos ustedes fueron buscados con ansias y en el momento de la desnudez recíproca, el placer hablaba de la complicidad. Las formas que adquirían nuestros cuerpos acunándose, enrollándose, estirándose, doblándose, quebrándose, aniquilándose, renaciendo, crujiendo, fueron improvisadas, únicas, auténticas. Sí, pelaos, las que duraron mucho y fueron recurrentes jamás me aburrieron. Las que fueron una vez, las que fueron en lugares de paso, nunca fueron despreciables. Cada uno de ustedes ha sido único y cuando me acerqué a ustedes, me acerqué a la historia de sus caderas, de sus brazos y de sus vientres. Incluso las pagas, porque en ellas me redimía un poco de la cotidianidad gris y sin brillo.

No, no debo mencionarlos. Mi sobrino podría creer que estoy tomándolo en broma y que ridiculizo su piedad. Además, no debo pensarlos mucho. Sus diferencias me obligarían a salir de este encierro y buscar algún desconocido para entregarme a él, buscando su rostro fatigado de placer, sus lunares, sus vellos, sus heridas, el fragmento de ustedes que mordí y que no calmó mi hambre.

Amigos, les daré un nombre. Serán David. Diré: Dios, cuida de David para que encuentre luz y palabras de aliento para que no se frustre. Amén.

La verdad es que sí. Muchas veces, cuando reclinaba mi cabeza en su pecho y acariciaba su vientre, sobre todo el de Jaramillo (¡auch!), o mientras los enjabonaba, ay mi Tuso y sus sopas, así oraba. No sé si hubo un dios que me escuchara y me concediera eso, que ustedes no experimentaran la derrota por más golpes y flaquezas. No sé, pero en casa siempre hay alguien que nos convoca para pensar en los que queremos y desearles lo que abunda en nuestros corazones, con palabras que quema alguna veladora.

Miguel viene a mí. Me pide que le enseñe a bailar. Le pido me deje terminar un documento muy importante que estoy escribiendo para gente muy ilustre (¡Ustedes, güevones!) y ya voy. Buscaré una de Willie Colón.

Yo creo en muchas cosas que no he visto, y ustedes también, lo sé. No se puede negar la existencia de algo palpado por más etéreo que sea. No hace falta exhibir una prueba de la esencia de aquello que es tan verdadero. El único gesto es creer o no. Algunas veces hasta creer llorando. Se trata de un tema incompleto porque le falta respuesta. Respuesta que alguno de ustedes quizás le pueda dar. Es un tema en tecnicolor para hacer algo útil del amor. Para todos nosotros, Amén.