Tras los pasos del Glifosato

“En marzo 17 de 2015, expertos de 11 países se reunieron en la Agencia Internacional para la investigación sobre cáncer (IARC; Lyon, Francia) para determinar la carcinogenicidad de los pesticidas organofosfatos: tetraclorvinfos, paratión, malatión, diazinón y glifosato.”

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Tomado de www.semana.com

Por: Hugo Villegas

Así comienza un artículo de la publicación No. 5 del Volumen 16 del “LANCET Oncology”, en la cual se muestran claramente los efectos carcinogénicos del herbicida conocido como glifosato, el cual se ha utilizado en Colombia desde 1984 como agente exterminador de cultivos de coca, amapola y marihuana, a pesar de que el informe presentado el 14 de mayo de 1984 por el comité de expertos en la reunión del Consejo Nacional de Estupefacientes desaconsejó su uso.

El glifosato, o N-fosfonometilglicina, es el componente activo del herbicida Roundup de la compañía estadounidense Monsanto, la cual publica en su página web que éste se desarrolló para “control duradero de malas hierbas anuales y perennes”. Esta es una forma de decir que el mencionado químico mata a las plantas y que su efecto es duradero.

Valga aclarar que al rociar glifosato sobre un área no solo se mata las llamadas “malas hierbas”, sino a cualquier otra planta. El propio Monsanto sacó al mercado inicialmente semillas de soja y luego muchos otros cultivos “resistentes” al roundup, como el arroz transgénico, lo que Monsanto denomina cultivos “Roundup ready”, con lo cual afirma de manera tácita que su herbicida mataría a un cultivo de soja, arroz o cualquier otro que exista en su forma natural. Un peligro ecológico a todas luces.

Cuando el agricultor siembra las semillas genéticamente alteradas por Monsanto, luego puede usar el herbicida “roundup” producido también por Monsanto, para eliminar las malezas con solo rociar el producto sobre el área cultivada.

Lo que no se dice y es obvio, es que al rociar este químico sobre un área determinada no solo elimina las llamadas “malezas”, sino también cualquier otra planta que no tenga la etiqueta “roundup ready”, osea, todo lo que la naturaleza provee.

El problema es más grave cuando el rociado se efectúa desde el aire, porque el viento esparce al herbicida más allá del área proyectada con un alto nivel de incertidumbre. De esta manera, cultivos en áreas vecinas que no sean “roundup ready” terminan siendo erradicados junto a toda la biodiversidad vegetal de la región.

Lo que es más, la promesa de Monsanto sobre el control “duradero” se debe a que el químico no solo afecta a las plantas, sino también al suelo en que ellas crecen, y el efecto dura varios años.

Entonces, el panorama que ofrece el uso extendido de ambos productos, tanto las semillas transgénicas como los herbicidas de Monsanto, es un mundo en el que solo existen cultivos “roundup ready” sobre el suelo. Ni una flor, ni un fruto silvestre, ni una hoja de un arbusto natural. Tampoco animales o humanos, dado que el glifosato también resulta tóxico para ambos.

Lo que es peor, estos cultivos transgénicos, aunque han sido diseñados para resistir ataques de “roundup”, son en efecto más vulnerables que los naturales a las enfermedades, contrario a lo que podría esperarse.

Don Huber, científico del departamento de agricultura de Estados Unidos, declaró en el parlamento británico que el glifosato “inmoviliza los nutrientes necesarios para la salud de las plantas y la resistencia a las enfermedades”, lo que, según su estudio, se encuentra relacionado con un notable aumento en la incidencia de más de una treintena de enfermedades y la aparición de un nuevo patógeno en estos cultivos.

Tomado de www.semana.com
Tomado de www.semana.com

 

Pero si existen los estudios que prueban la alta peligrosidad que los productos de Monsanto representan para la salud de plantas, animales y humanos y en general para el ecosistema que hace posible la vida en el planeta, ¿Cómo logra Monsanto que sus productos reciban aprobación de la FDA (U.S. Food and Drug Administration) en un país como Estados Unidos?

Basta con saber algunos datos de la vida de Michael Taylor para hacerse a una idea. En 1976, el abogado fue nombrado asistente ejecutivo del comisionado de la FDA y en 1981 dejó su posición para unirse a la firma de abogados King&Spalding, uno de cuyos clientes más importantes era precisamente Monsanto. En Julio de 1991, Taylor volvió a la FDA como comisionado adjunto. Una de sus acciones más notables durante ese período fue lograr que la leche proveniente de vacas tratadas con BGH no fuera etiquetada como tal. Este BGH es una hormona que acelera el crecimiento del ganado bovino, producto de Monsanto.

El lector juzgue, a su criterio, las disposiciones emitidas durante este período, situado entre las administraciones Reagan y Bush, sobre alimentos genéticamente modificados, cuya co-autoría se atribuye a Taylor:

1– La política de Estados Unidos deberá enfocarse en el producto de las técnicas de modificación genética y no en el proceso mismo.

2– Únicamente serán toleradas las regulaciones provenientes de riesgos científicamente verificables

3- Los productos genéticamente modificados forman un continuum con los productos existentes, así que los estatutos existentes son suficientes para revisar tales productos.

La primera de estas disposiciones implica pedir al gobierno que se limite a examinar al producto mismo, sin considerar en absoluto la manera en que éste ha sido obtenido, lo cual impide abiertamente la transparencia en los procesos.

La segunda, que la comercialización de un producto genéticamente modificado deberá ser aprobado o de otra forma no podrá retirarse del mercado a no ser que exista evidencia científica inobjetable contra su uso. Llama poderosamente la atención el uso de la palabra “tolerada” en el texto, particularmente por la procedencia y el destino de esta “tolerancia”. Esta disposición va en franca contravía con el principio de precaución, según el cual es la inocuidad y no la toxicidad de un nuevo producto alimenticio lo que debe demostrarse sin lugar a dudas. El mismísimo sentido común nos dice que es preferible que eventualmente terminen siendo prohibidos productos potencialmente inofensivos para nuestra salud debido a un exceso de precaución a que terminemos contaminados, enfermos o muertos a causa del comercio indiscriminado de sustancias tóxicas, debido a la falta de ésta.

La tercera es simplemente una falacia. Un alimento natural es una cosa distinta de uno genéticamente modificado. La sola palabra “modificado” nos dice esto.

Entonces, el rociado de glifosato sobre cultivos de coca, marihuana y amapola en efecto destruye las plantas objetivo, pero también otras que se encuentren en el área, en la que también termina afectando tanto a animales como a humanos, y estos efectos colaterales son maximizados debido a que se usan aviones pequeños para la administración del químico. El suelo que ha sido rociado permanece inutilizable para cultivos que no sean “roundup ready”, lo que impide a los lugareños cultivar esas tierras con fines alimentarios durante años.

Durante el primer período de gobierno de Juan Manuel Santos, en un tema aparentemente inconexo, la resolución 970 del ICA decretó que los productores arroceros del país usen únicamente semillas “certificadas”, palabra que el autor encomilla porque se trata de un eufemismo para referirse a las semillas transgénicas de Monsanto y DuPont. En otras palabras, el texto del decreto, si se hiciera claramente y no de manera engañosa, tendría que decir: “Se prohibe a los agricultores usar semillas que no sean las transgénicas de Monsanto o de DuPont”.

Esta resolución equivale a forzar a los ciudadanos a comprar los productos de una empresa determinada mediante un decreto ejecutivo, lo que sería por sí solo un acto increíble de corrupción, incluso sin considerar los efectos nocivos para el suelo, el medio ambiente la salud de plantas, animales y humanos, y sin tener en cuenta que se está favoreciendo los intereses de una empresa transnacional por encima de la industria nacional y, peor que todo lo anterior, que se pone en riesgo a la soberanía alimentaria del país.

A poco tiempo de expedido el decreto, como puede leerse en la edición del 24 de agosto de 2013 de la revista 1 FDA: Food and Drugs Administration Semana, funcionarios del ICA, escoltados por los ESMAD, destruyeron 62 toneladas del mejor arroz del país, procediendo luego a enterrarlas, argumentando, sin razón, que no eran aptas para consumo humano. Sin embargo, no es verdad que se tratara de arroz contaminado o echado a perder. Era arroz excelso del Huila, del que hemos estado alimentándonos los últimos cuatro siglos. Lo que sí es cierto es que había mucha presión por parte del ICA, que insistía en lo de las semillas “certificadas”, de Monsanto o Dupont. Ver a una institución como el ICA, que debería estar velando por la salud de la agricultura nacional, por los derechos de los agricultores y por nuestra soberanía alimentaria, llegando al extremo de destruir nuestra comida para favorecer a los intereses de compañías multinacionales prendería todas las alarmas si nuestra nación tuviera un mínimo de sentido común.

“A la fecha”, cito textual del artículo de Semana, “el ICA ha sellado 4.271 toneladas de semillas de arroz, papa, maíz, trigo, algodón, pastos, arveja, cebada, frijol, y habichuela”. En el caso del sector algodonero, el cultivo de las semillas “mejoradas” de Monsanto ha estado arrojando pérdidas continuamente, porque, como ya se ha dicho, las plantas “roundup ready” son mucho más propensas a las enfermedades que las naturales.

Desde luego, detrás de la comercialización de las semillas vienen los herbicidas ROUNDUP, el cual es el nombre comercial del glifosato. Se institucionalizará de esta manera la aspersión de glifosato sobre cultivos no solamente lícitos sino también necesarios para la vida.

Como broche de oro, las semillas de Monsanto están protegidas por leyes de propiedad intelectual, con lo que se vuelve ilegal la re-siembra de las semillas producidas por la planta misma. El usuario de las semillas genéticamente alteradas de Monsanto debe desechar estas semillas y comprar semillas nuevas para la siguiente cosecha, lo que produce a la multi-nacional no solo ganancias perennes, sino también la oportunidad de introducir nuevas características en sus semillas nuevas, lo que traerá consecuencias absolutamente impredecibles para el ecosistema del que hacemos parte.

Estas disposiciones sobre semillas “certificadas” se amplían hacia todos los demás cultivos que se encuentran dentro del siempre creciente portafolio de Monsanto, lo que hace pensar que llegará el día en que no haya una sola planta que crezca en nuestro país sin el consentimiento de la junta directiva de Monsanto.

Las zonas que han sido objeto de aspersión con glifosato han quedado inutilizadas para cultivos que no sean “roundup ready”, lo que obliga a los cultivadores a comprar las semillas de Monsanto y posteriormente, más glifosato para que la contaminación de nuestro suelo continúe al mismo ritmo que crecen las ganancias de Monsanto.

El procurador Alejandro Ordóñez calificó de “culipronto” al presidente Juan Manuel Santos por su decisión de suspender las fumigaciones con glifosato, alegando que la medida sólo favorece a los narcotraficantes, desconociendo los estudios que muestran los efectos cancerígenos del herbicida. Pide, además, que se usen los estudios que dicen lo contrario.

De nuevo, si se trata de salud pública, ¿No es más lógico esperar a que no haya ninguna duda sobre la inocuidad de un producto antes de lanzarlo al consumo masivo? Los defensores de Monsanto en Colombia opinan lo contrario, comenzando por el procurador y siguiendo por el ministro de salud y el ICA. Según ellos, un producto potencialmente peligroso para la salud debe comercializarse sin restricciones hasta que se haya comprobado más allá de toda duda posible tal peligrosidad.

No debería requerir mayor explicación, pero uno siempre termina subestimando la estupidez de la gente.

Pero nadie en el gobierno, desde 1984, se había preocupado por los efectos nocivos en la salud de las personas hasta el informe publicado en el Lancet Oncology. Es bueno, desde luego, que por una vez en la vida se tomen el trabajo de leer estos informes, pero es triste que haya que tenido que ser extranjero para que le prestaran alguna atención, cuando lo mismo vienen diciendo los científicos colombianos desde el mismo año que comenzó a usarse en Colombia, hace más de 30 años.

¿Qué será lo siguiente? Las semillas futuras de Monsanto, ¿Producirán plantas estériles que obliguen a la compra de nuevas semillas? ¿Serán resistentes a nuevos químicos, más agresivos y capaces de exterminar a más variedades de plantas? Una vez consolide el monopolio absoluto de las semillas del país, ¿Qué pasará con los precios? ¿Nuestra soberanía alimentaria? ¿Qué pasará cuando estas acciones lleven de manera inevitable a la extinción de todas las variedades silvestres?

¿En manos de quién estaremos?

¿En manos de quién estamos AHORA MISMO?