Dirán otros que lo que se pretendía no era un tratado sino una obra en el género narrativo. Pero examinemos, brevemente, aunque sea uno de los puntos expuestos. Cercas, el narrador, nos dice que no está construyendo una novela, sino un relato real. Cercas autor, por supuesto, en la polémica pública que ha mantenido con Espada sobre el particular, ha dicho que lo suyo es una novela y para ello da ejemplos de los que se enseñan en la escuela secundaria. Pero no deja de ser un artificio, pues la expresión “relato real” no es más que otro nombre para las obras dentro de lo que se ha dado en llamar “no-ficción”.

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Por: Daniel Jiménez Cardona

Si me preguntan por mi primer acercamiento a la literatura, cuál o cuáles fueron las primeras obras literarias que leí, debo ser honesto: no voy a mencionar a Kafka o a Borges o a García Márquez; iré más atrás en el tiempo: fueron los cuentos de los hermanos Grimm. He leído después a todos los autores mencionados y, para ser sincero nuevamente, no puedo negar que me gustan, y mucho. Pero la razón por la que han permanecido en mi memoria aquellos relatos tradicionales europeos por encima de otros textos, si bien parece ingenua, sobre todo para un estudiante de último semestre de Literatura, es la misma que en el fondo me atrae de las obras narrativas que he leído posteriormente: su asombrosa simplicidad.

La simplicidad de estos relatos no consiste, como muchos han querido ver después, en una visión ramplona y maniquea del mundo. Consiste en contar las cosas con la mayor naturalidad, tal y como los campesinos de las montañas colombianas aún creen en espantos y en la Patasola o La Llorona, es decir, no como meros inventos de fabulación, sino como cosas a las que les atribuyen una auténtica condición de pertenecientes al dominio de la realidad. Curiosamente –o no– ese es el mismo procedimiento que usa Kafka cuando nos pone frente a la situación de Gregorio Samsa; el mismo que usa Borges al hablar de sus clasificaciones imposibles como si fueran algo normal, sólo que en otro mundo; el mismo de García Márquez al hablarnos del destino de Remedios la Bella o de las alfombras voladoras por los aires de Macondo.

Me refiero a que es un procedimiento libre de artificios o, al menos, en el que no se nota el carácter artificial del relato. Es esto lo que no me cuadra, sin ser un lector tan experimentado como Arcadi Espada o el mismo Cercas, en la obra Soldados de Salamina. En mi visión ingenua y al estilo de los cuentos infantiles, un relato debe ser un relato, nada más. Por supuesto, siempre hay implicaciones políticas y sociales que se desprenden de lo relatado, pero ello es una consecuencia de la maestría con la que está elaborada la narración y no su punto de partida. No comprender esto fue lo que llevó, en otros tiempos y lugares, a engendros como el realismo socialista, que, de modo similar a lo que hace Javier Cercas, partía de unas ideas preconcebidas para presentar la historia al lector, en vez de echar a andar la historia y permitir que ella aportara sus propias ideas.

La obra misma es la que no convence. Por pretender abarcar demasiado en tan pocas páginas se diluye y va perdiendo fuerza narrativa. Cercas trata de hacer, al mismo tiempo, varias cosas: teoría literaria, con aquello de que no se trata de una novela sino de un “relato real”, en la primera parte; historia novelada, con el retrato que presenta de Sánchez Mazas, en la segunda; rescate ético de unos ideales políticos con la construcción del personaje de Miralles, en la tercera. No logra ninguna de las tres. Cada una, con un esfuerzo de más largo aliento, podría funcionar muy bien, incluso (para darle el beneficio de la duda al escritor español) dentro de la misma obra. Pero los temas apenas quedan insinuados y no permiten que el lector saque por su cuenta conclusión alguna.

Dirán otros que lo que se pretendía no era un tratado sino una obra en el género narrativo. Pero examinemos, brevemente, aunque sea uno de los puntos expuestos. Cercas, el narrador, nos dice que no está construyendo una novela, sino un relato real. Cercas autor, por supuesto, en la polémica pública que ha mantenido con Espada sobre el particular, ha dicho que lo suyo es una novela y para ello da ejemplos de los que se enseñan en la escuela secundaria. Pero no deja de ser un artificio, pues la expresión “relato real” no es más que otro nombre para las obras dentro de lo que se ha dado en llamar “no-ficción”. En estas obras los autores juegan –y por lo general mal por no poder hacer bien ninguna de las dos cosas– al historiador y al escritor. Son producto de un afán generalizado de graduar a los periodistas de escritores y a los escritores de periodistas, sin que haya responsabilidad histórica en los unos ni auténtica creatividad estética en los otros. Se trata de una corriente narrativa a la que, como dijo alguna vez un amigo mío, “le falta fragua”; tendencia esnob por apegarse a algunas modas posmodernas por el mero hecho de serlo, pues son lo popular en los departamentos de literatura actuales que, infectados con la peste del deconstruccionismo, se han desnaturalizado y se han ido transformando en departamentos de estudios culturales.

En el caso específico de Soldados de Salamina se ven aplicados todos estos “principios” de la no-ficción enunciados, a todas luces falaces. No es necesario reclamarle al novelista que tenga en sus relatos la precisión y veracidad de un historiador, como se ha quejado Javier Cercas con su ya manido ejemplo de un delantero de fútbol al que se le reprochara hacer goles, puesto que, como lo indiqué de pasada al principio, hay relatos que no dejan de ser ricos por partir de una asombrosa simplicidad en la que, contando cosas que esencialmente son mentiras, dicen grandes verdades. A lo que sí tiene derecho todo lector, que invierte tiempo y dinero en la lectura de sus libros, es a reclamarle al autor –y no solamente a Cercas sino a cualquiera– que esas mentiras estén bien dichas y convenzan, para que valga la pena la suspensión temporal de la incredulidad de quien acepta el pacto narrativo de ficción, una vez enfrentado a la obra.

En cuanto a la no-ficción, es todavía un proyecto en obra negra. Habrá que mirar cómo evoluciona para darnos cuenta de si le es posible superar sus propias limitaciones. Por ahora, baste decir que haría bien en dejar a un lado el inverosímil juego de confundir autor, narrador y personaje en una sola entidad, pues si bien es inevitable que se filtren elementos autobiográficos en las obras literarias, lo que verdaderamente las enriquece es la separación formal, consagrada en los grandes clásicos –y no porque sí o, como algunos otros pretenden, por un mero asunto del mercado editorial– entre los tres, producto de una fragua paciente de la obra de arte. Lo contrario, el uso a medias de la realidad en el que tampoco alcanza a cuajar una ficción sólida y agradable, es una cuestión de moda, alejada de toda genialidad artística. Pero ya lo ha dicho el mismo Javier Cercas: él no pretende ser un escritor genial.