Me pide usted que cite «diez buenos libros», negándose a añadir una sola palabra de explicación, por lo que me deja no sólo la elección de las obras, sino también la interpretación de su deseo. Como estoy acostumbrado a prestar atención a los detalles pequeños, habré de buscar la pista en las palabras que envuelven su misteriosa demanda. 

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Por: Diego Firmiano

A inicios del siglo XX, el prestigioso director de la revista literaria Neue Bätter fur Litteratur und Kunst de Viena, Hugo Heller, envía cartas convocando a diferentes personas influyentes de la sociedad europea solicitándoles a secas, sin detalles específicos del por qué y el para qué, que recomienden diez «buenos»libros. Las personas convocadas van desde Arthur Schnitzler hasta Thomas Mann, pasando por Stefan Zweig y sin duda Sigmund Freud es uno de los escogidos para esta petición por su importancia como psiquiatra y escritor, además de ser un lector voraz y consumado. La carta, fechada solo con el año de 1907, cumple su propósito y la respuesta del psicoanalista es tan aguda como esquemática. He aquí la contestación al director Hugo Heller.

Me pide usted que cite «diez buenos libros», negándose a añadir una sola palabra de explicación, por lo que me deja no sólo la elección de las obras, sino también la interpretación de su deseo. Como estoy acostumbrado a prestar atención a los detalles pequeños, habré de buscar la pista en las palabras que envuelven su misteriosa demanda. No dice usted «las diez mejores obras» (de la literatura mundial), pues si así fuera me sentiría obligado, como la mayoría de la gente a mencionar a Homero, las tragedias de Sófocles, el Fausto, de Goethe; Hamlet y Macbeth, de Shakespeare, etc. Tampoco escribe «los diez libros más importantes», en cuyo caso tendría que citar algunas realizaciones científicas tan destacadas como las de Copérnico, la del viejo médico Johann Weier sobre la hechicería, el Origen del Hombre, de Darwin, etc. Ni siquiera me pide usted mis «obras favoritas», entre las cuales no habría olvidado El paraíso perdido, de Milton, y el Lázaro de Heine.

Por todo ello presumo que en la palabra «buenos» recae un énfasis especial, y que se refiere usted a la clase de libros con la que uno se encuentra en términos similares a los que se establecen con los «buenos amigos», libros a los que debe uno en parte su conocimiento de la vida y la filosofía, libros con los que se ha disfrutado y que gustaría recomendar a otros, pero en relación a los cuales el elemento de tímida reverencia, la convicción de la propia pequeñez frente a su grandeza, no representa una faceta predominante. Por tanto, le citaré diez libros «buenos» de este tipo que se me han venido a la cabeza sin rompérmela demasiado:

                                   Multatuli: Cartas y obras

                                   Rudyard Kipling: El libro de la selva

                                   Anatole France: Sobre la piedra blanca

                                    Émile Zola: Fecundidad

                                   Mereschkowsky: Leonardo de Vinci

                                   C. F. Meyer: Los últimos días de Hutten

                                   Macaulay: Ensayos

                                   Theodor Gomperz: Grandes pensadores

                                   Mark Twain: Bosquejos

No sé qué destino piensa dar a esta lista. A mí mismo se me antoja extraña después de haberla escrito, y no debo permitir que salga de mis manos sin dedicarle algún comentario. Ni siquiera trataré de explicar por qué he elegido precisamente estos y no otros libros igualmente «buenos» limitándome a arrojar alguna luz sobre la relación entre el autor y su trabajo, que no siempre es tan íntima como la de Kipling con su Libro de la selva.

Frecuentemente, podría haberle sugerido también alguna otra obra de los autores citados, como, por ejemplo, el Doctor  Pascal, de Zola. Quien nos ha legado un buen libro, con frecuencia dejó también otros igualmente buenos. En el caso de Multatuli fui incapaz de dar preferencia a las Cartas de amor sobre las Cartas privadas, o viceversa, y por esta razón he escrito Cartas y obras.  He excluido de esta enumeración los libros de poesía que poseen un valor puramente estético, porque probablemente la petición de una lista de libros «buenos» no apuntaba a esta categoría. En el caso del Hutten, de C. F. Meyer, por ejemplo, sitúo su «bondad» mucho más alto que su belleza, y sus cualidades «edificantes», por encima de sus matices estéticos.

Con su petición de que cite «diez libros buenos» ha tocado usted un punto sobre el que podrían decirse inevitablemente muchas cosas. De modo que, para no dejarme arrastrar por una elocuencia excesiva, pongo punto final a esta carta.

Suyo sinceramente,

Dr. Freud[1]

 

[1] Freud, Sigmund. Epistolario II. (1891-1939). Plaza y Janes. 1972. Barcelona. Pág. 170.