Un periplo que recorre sintéticamente las revelaciones de un libro asombroso, de reciente aparición, acerca de los orígenes del Hombre de América y de cómo era este continente antes de la llegada de Cristóbal Colón.

 

Por Jorge Hernán Flórez Hurtado*

                                                                           Dedicado especialmente a Oscarín, porque me dio la clave inicial de este “sueño americano”

 

El problema del origen de los indios de América se remonta al descubrimiento del Nuevo Mundo. Desde esta época lejana se han propuesto infinidad de soluciones para explicar la presencia del hombre en las tierras vastísimas que Cristóbal Colón y sus sucesores abrieron a la expansión europea. La mayoría de dichas soluciones nos parecen hoy singularmente pueriles; ninguna ha llegado a imponerse, pudiendo decirse que, hasta nuestra época, el misterio del poblamiento americano ha permanecido en pie”

Paul Rivet, Los orígenes del hombre americano, p.11.

Pórtico

Aunque esta historia es reciente, algunas de las piezas se pierden en los laberintos y vericuetos del tiempo.

Recuerdo, por ejemplo, cuando en los bancos de la Escuela, ya algunos de mis profesores me hablaban embelesados de los orígenes del Continente y del Hombre Americano; de la hipótesis que afirmaba que nuestros primeros antepasados llegaron de Asia, cruzando el Estrecho de Bering, aprovechándose del camino libre de hielos que nos acercaba a esta masa continental, hacia finales del Cuaternario, unos trece mil años antes de la venida de Colón; o de las teorías creíbles de que nuestros primigenios habían venido en canoas de la Melanesia y la Polinesia, lo que se avalaba con los estudios antropológicos que demostraban la similitud entre los indígenas norteamericanos y suramericanos con sus congéneres asiáticos.

Primeros hombres cruzando el estrecho de Bering. Ilustración / Geo Web

La hazaña de Thor Heyerdahl y sus cinco compañeros, quienes entre abril 28 y agosto 7 de 1947, cruzaron el Pacífico, desde El Callao, en Perú, hasta la isla de Raroïa, en la Polinesia francesa, a bordo de una balsa de juncos bolivianos, confirmó la posible verosimilitud de viajes intercontinentales, que explicasen racionalmente temas como las construcciones estatuarias presentes en la Isla de Pascua, o que borrasen de tajo míticos engendros teóricos como los de La Atlántida platónica y otros de su especie…

En los años en que cursábamos el bachillerato académico, los profesores nos hablaban de tesis asombrosas como la del paleontólogo argentino Ameghino, según las cuales nuestro continente era la cuna de la Humanidad; de las especulaciones geológicas de Wegener, con su coalescencia de los continentes y otras especulaciones de charlatanes que explicaban las líneas de Nazca, por ejemplo, como diseñadas desde alturas surcadas por naves extraterrestres.

Posteriormente, cuando ingresamos al ámbito universitario, mi recordado profesor de Antropología, Giorgio Mario Manzini, me señalaba las posibles venidas de hombres vikingos, fenicios y australianos a América, antes de la fecha “oficializada” de nuestro “descubrimiento” por Colón…

Ahora, al recordar sus últimas sabias enseñanzas, entiendo lo que me quiso decir este ilustre profesor, cuando me susurraba con el corazón que “nosotros”, al menos los que pisamos el subcontinente suramericano, proveníamos posiblemente de la región del Amazonas, con sus ciudades perdidas. Quizás, entre los laberintos del tiempo, en Verona, nuestro querido profesor, hoy esté sonriendo.

Charles C. Mann y dos de sus obras más destacadas. Fotomontaje.

Charles C. Mann y su libro esclarecedor

Charles C. Mann es un joven viajero, periodista y escritor. Colaborador de célebres revistas y series de televisión en Norteamérica: reside en las tierras del Massachusetts que pisara Hawthorne. Como él mismo señala en el “Prefacio” de su libro, titulado simplemente con la fecha de 1491, pero con un subtítulo traducido al castellano como Una nueva historia de las Américas antes de Colón (1), la inquietud inicial para tomarse el trabajo de recopilar las diversas teorías acerca del origen y la evolución de los aborígenes en nuestro continente surgió cuando trabajaba redactando un artículo científico sobre un programa de la NASA que monitoreaba los niveles de ozono en la atmósfera de la Tierra.  Terminó viajando por la península de Yucatán, e interesándose por los vestigios de las culturas mayas y olmecas. Posteriormente, por encargo de una revista alemana, visitó las ruinas sin excavar de la metrópolis conocida como Calakmul.

Años después, en su cerebro comenzó a rondar una pregunta clave, señalada por un geógrafo estadounidense, William Denevan, aparecida en un artículo de carácter científico publicado con motivo de la conmemoración de los 500 años del “Descubrimiento” de América. Tal pregunta central giraba en torno al cómo era el Nuevo Mundo a la llegada de Cristóbal Colón.

Inquieto por el tema, pensó que su pequeño hijo también iría a recibir en su proceso educativo un sartal de enseñanzas erradas y hasta tontas, como nos ha tocado a los americanos, en cualquier lugar que habitamos en esta bella tierra continental, y se propuso, en consecuencia, compilar los últimos avances sobre nuestros orígenes, a la luz de las ciencias sociales y los desarrollos de técnicas novedosas.

Una larga travesía que se prolongó por un tiempo indeterminado.

En una reunión anual de la Asociación Americana para el Progreso de las Ciencias, oyó como un experto hablaba de las “junglas antropogénicas”, es decir, las “creadas” por los indios de América, siglos o milenios antes del arribo de las flotas españolas, además de afirmar que el número de primitivos pobladores del continente había sido subestimado.

Apoyándose en la antropología, en los últimos hallazgos arqueológicos, pero también en la geografía, la historia, la visión ecológica e, incluso, en las ciencias médicas, Mann se dio a la tarea de revisar la amplia bibliografía sobre el tema, fruto de la cual, en 2005, publicó 1491, sin imaginar tal vez la conmoción que iba a causar en el escenario mundial, pero particularmente en nuestro continente que apenas ahora está armando su propio rompecabezas.

El libro, considerado como un “bestseller nacional” ha recibido múltiples y superlativos elogios: Desde “maravilloso”, “revelador”, “conciso y brillante”, “monumental” hasta “provocativo” y “subversivo”, a lo que se le agrega una calificación similar con ocasión de la  aparición de su otro texto titulado 1493 (2), en el cual plantea que, tras el descubrimiento “oficial” de América, se desató un proceso de “globalización” comercial, que pondría en tela de juicio la actual denominación  de este concepto mismo en los marcos del capitalismo y de su fase neoliberal.

En este punto, dado el interés y la riqueza del material que ha suscitado 1491, mi intención principal es que los lectores de LA COLA DE RATA compartan el entusiasmo que personalmente he tenido al repasar sus páginas, llenas de datos y teorías en cuestión, en un tema apasionante que nos debe llevar –algún día- a poder armar el rompecabezas de nuestros orígenes, que se pierden en el laberinto mágico del tiempo inexorable que nos habita.

 

Ejes y temáticas

Como acota el propio autor, tres ejes principales atraviesan su trabajo de compilación: en primer lugar, indagar en la demografía de los “indios” americanos antes del arribo de Colón; luego, profundizar en los orígenes de estos pobladores del continente, y en tercer lugar, analizar los asuntos de la ecología, advirtiendo que solamente se ocupará de ejemplificar esos temas haciendo referencias puntuales a algunas sociedades sugerentes, dada la imposibilidad de abarcarlas todas, en lo que sería un estudio sistemáticamente exhaustivo.

En esta reseña, queremos resaltar algunos hechos y fenómenos que permitan ofrecer un panorama de la rica indagación sobre el pasado de América, a la luz de las nuevas hipótesis y hallazgos realizados por diversos especialistas y recogidos por Charles C. Mann, algunos de los cuales no están exentos de la controversia científica.

Sabanas del Beni, entre Bolivia y Perú. Foto / Cortesía

Los enigmas de Beni

Para comenzar, Mann habla de la  “construcción humanizada” del entorno natural y de la “pirofilia indígena” en un caso modélico, describiendo lo que dos arqueólogos norteamericanos, Clark Erickson y William Balée, se atreven a resaltar en una región boliviana, el Beni, una sabana que se extiende por cerca de 150 mil kilómetros cuadrados y que sufre desastrosas inundaciones por causa de lluvias y nieves, casi la mitad de cada año, mientras la otra mitad presenta un panorama desolador y desértico.

Según ellos, desde tiempos remotos, los pobladores que se asentaron allí construyeron puentes, carreteras, diques, pantanos, montículos, terrazas de cultivos e incluso canchas para jugar a la pelota, con el fin de ir esquivando los riesgos provocados por los torrentes en ciertas épocas del año, y poder desarrollar sus técnicas de cultivo y pastoreo; pero, asimismo, implantaron redes con arcilla, en zigzag, para capturar peces.

Parte del terreno de Beni fue “construido” artificialmente mediante la acción del fuego, lo que permitió asegurar un ecosistema con nuevas especies vegetales y profusión de pastos, los que permiten criar y alimentar sus ganados.

Una serie de montículos en los que reposan restos de artefactos de cerámica, parecen señalar que el territorio fue asentamiento de una sociedad muy evolucionada, la cual intervenía el contorno de diferentes maneras, lo que conduce a desechar la tradicional perspectiva de que, al arribo de los españoles, estos se encontraron a unos indígenas en estado natural, conviviendo en medio de un Edén inviolado.

Como Mann va a resaltar en varios pasajes de su libro, los primitivos pobladores de América intervinieron y transformaron su entorno mediante el control de las aguas y obras de riego, la acción del fuego, lo agroforestal, los terraceos y montículos, tanto para asegurar su sobrevivencia frente a los retos de los fenómenos naturales como para suplir la satisfacción de sus necesidades básicas, en un equilibrado balance, común entre los pueblos aborígenes.

El autor, en un subcapítulo que titula El error de Holmberg, resalta cómo los mismos científicos sociales cometen errores de apreciación sobre las culturas americanas primigenias. Entre 1940 y 1942, un aspirante a doctor llamado Allan R. Holmberg convivió con la etnia de los sirionós, tal vez la más representativa de entre una veintena de colectivos indios que recorren el Beni, y sus investigaciones las plasmó en un libro muy influyente en su época, Nómadas del arco, haciendo referencia a los arcos de casi dos metros que utilizan los sirionós para cazar.

Carentes de aptitudes para asegurar su sobrevivencia, la imagen que el investigador proyectó de aquellos “ejemplares vivientes de la humanidad en su estado más primitivo, la “quintaesencia” del “hombre en un estado natural máximo” se mantuvo como paradigma de los indios suramericanos, durante muchas décadas, reafirmando equivocadamente que los pueblos indígenas de América habían permanecido intactos y sin cambios hasta la llegada de los europeos en 1492.

La mirada errada de Holmberg se debía, entonces, a un factor que luego fue aclarándose: los sirionós habían sido diezmados por las epidemias de gripe y viruela hacia los años veinte del siglo anterior, y la desidia del Estado boliviano y la acción usurpadora de sus territorios por parte de los narcotraficantes había impedido que los científicos interesados pudiesen estudiarlos con mayor profundidad; confinados y apresados, los sobrevivientes de esa etnia habrían de convertirse en nómadas.

Posteriormente, en los primeros años de este milenio, un equipo de investigadores finlandeses y brasileños descubrió decenas de formas geométricas en parte del territorio de Beni, que otros expertos como los ya citados Denevan y Erickson vieron luego desde el aire. Concluyeron que eran construcciones artificiales demostrativas de la acción de sociedades aborígenes de alto desarrollo:

Denevan examinó el Beni desde el aire y observó (…): montículos aislados de boscaje, largos caminos elevados sobre el terreno, canales, campos de cultivo también elevados, diques parecidos a los fosos de un castillo, extrañas elevaciones como cordilleras en zigzag.

Iba mirando por la ventanilla de aquellos DC-3 y me parecía que estaba a punto de volverme loco (…) Supe que todas aquellas formaciones no podían ser obra de la naturaleza. Esa clase de línea recta no existe en la naturaleza”. A medida que Denevan fue aumentando su conocimiento sobre el paisaje, su asombro iba también en aumento. “Es un paisaje completamente humanizado”…

La hipótesis de Erickson supone que la sabana de Beni estuvo habitada hace tres milenios, al menos, por cerca de un millón de aborígenes de lengua arahuaca (culturas Mojo y Baure). Durante siglos aprendieron a “construir” su entorno extraño y de gran riqueza, para resistir los embates de la naturaleza: erección de montículos para asentar sus hogares y granjas; la armadura de vías de comunicación; la práctica de las quemas regulares de la sabana para evitar la invasión arborífera y el diseño de trampas piscícolas.

Estas culturas vivieron su apogeo hace un millar de años en medio de unas aldeas espaciosas y ordenadas, con fosos y barreras de protección, constituyendo así uno de los más valiosos ejemplos de la inventiva y entereza humana, resaltados apenas hoy en día por los investigadores, como un Tesoro de la Humanidad, cuestionando de paso todos los mitos y teorías erradas que se tienen aún sobre la América Precolombina.

Ruinas de Tiahuanaco. Fotografía Prensa Latina

Derrumbando algunos mitos 

Visiones equivocadas similares a la de Holmberg perduraron por cerca de cinco siglos, como un estereotipo de un hombre en estado natural, de un “buen salvaje”, que no tenía “capacidad de intervención”. Desde las prédicas de Las Casas hasta el comentario de Pedro Mártir de Anglería, los errores de los tratadistas europeos siguieron su curso, hasta llegar a los manuales escolares y las películas de Hollywood. Como el “Calibán” de Shakespeare…

Pero, hoy en día, los avances de disciplinas como la demografía, la climatología, la botánica, la epidemiología, la palinología, junto a las técnicas aportadas por el carbono 14, la fotografía satelital, la genética y los vuelos virtuales tridimensionales, han ido cambiando las tradicionales y repetidas concepciones acerca del Nuevo Mundo.

Aunque los arqueólogos suponían que los primeros pobladores de América habían pasado de Asia, hace alrededor de 13.000 años, aprovechando el puente sólido entre Siberia y Alaska, que dista apenas 88 kilómetros entre ambos puntos, descubrimientos como los de objetos manufacturados en yacimientos chilenos parecen asegurar la presencia de aborígenes en América desde hace 30.000 años, antes del Neolítico.

Una segunda revolución Neolítica, en la cual jugó papel preponderante la agricultura, pudo haber ocurrido en Mesoamérica, contemporánea con de la del Oriente. Incluso se sospecha de una tercera, en la zona costera ecuatoriana, tras el descubrimiento de semillas de calabaza, la que pudo dar origen a las sociedades que ocuparon el Beni.

Después de haber sentado estas bases, el memorable trabajo de Mann nos va a llevar a un periplo imaginario (año 1000) por los fascinantes parajes de la cultura Olmeca y Maya, discutiendo incluso sobre la invención del cero; por el extenso Imperio Incaico; por la población de 115.000 aborígenes en la ciudad-estado de Tiahuanaco y muchos de sus alrededores; por los efectos desastrosos de los “Mega-Niños” que arrasaron culturas y regiones, y las sequías posteriores a estos fenómenos del clima, pero también nos hablará de la evolución de antiquísimos poblados de las tierras al Norte del Río Grande, como la bella Cahokia. O las islas flotantes en el Amazonas, habitado en todo su recorrido.

Ahondará, también, en la importancia de nuestros productos autóctonos, como el maíz, el tabaco, el tomate, la papa, las variedades del algodón y, en cuestiones más escabrosas, las enfermedades que trajeron los europeos y el desquite, cuando se llevaron estos y otros tesoros, con los gérmenes incubados en el guano.

Pero esta historia será tema de la segunda parte, de este libro fascinante y revelador que constituye 1491.

 

Notas

  1. Para esta reseña, nos hemos valido de la versión digital castellana, publicada en 2005 por espapdf, de la traducción realizada por Miguel Martínez-Lage y Federico Corriente. De la segunda edición en el original inglés, titulada New revelations of the Americas before Columbus (Vintage Books-Random House, New York, july 2011)
  2. Mann, C. Uncovering the new world Columbus created. New York: Vintage-Random House, july 2012.

  

*Jorge Hernán Flórez Hurtado (Aguadas, 1958), con estudios en Filosofía y Letras, actualmente residenciado en Manizales, se ha mostrado siempre interesado en recobrar la memoria de los pueblos cafeteros andinos y de otras latitudes. Posee obras inéditas en ensayo, poesía y novela, y colabora con regularidad en varias publicaciones periodísticas y literarias del orden regional.