Como en los viajes de los argonautas o de Simbad, continuamos el maravilloso periplo en que nos sumerge Charles C. Mann, a través de la Historia, replanteando teorías equivocadas sobre nuestros orígenes como americanos, pero sobre todo, cuestionando con su texto la génesis y los alcances de la llamada “Globalización”.  

 

Por: Jorge Hernán Flórez Hurtado*

Prefacio

Tras habernos compartido las nuevas visiones y concepciones de geógrafos, arqueólogos y antropólogos sobre las sociedades aborígenes americanas, desmitificando de paso algunas tesis equivocadas, Charles C. Mann (Washington, 1955) emprende otra aventura intelectual, provocada por la observación de varias especies de tomates y la certeza de que estos productos vegetales son originarios de los Andes suramericanos, pero también se han cultivado en Europa, África y Asia.

1493

Mann se adentra así en tratar de hallar explicaciones al intercambio colombino: Cómo fue a dar el maíz a tierras africanas, el boniato a Asia oriental, cómo los caballos y las manzanas llegaron hasta nuestro continente, en tanto el ruibarbo y el eucalipto conquistaron a Europa; al lado de insectos, hierbas, bacterias y virus, todo lo cual permitió que surgiera el Imperialismo Ecológico (en palabras del historiador Crosby).

Estas interconexiones dieron origen, entonces, a una “Globalización”, que la llegada de Colón, en últimas, potenció de manera vertiginosa y que, en últimas, ella “(…) no marcó el descubrimiento de un Nuevo Mundo sino su creación”, como señala el propio Mann1.

El sistema de intercambio económico que se dio posteriormente transformó el planeta en un solo sistema ecológico hacia el siglo XIX, y contribuyó al dominio que ejerció Europa sobre el resto del mundo, en la figura del Colonialismo.

Charles C. Mann.

Sin ahondar de manera exhaustiva en el llamado “sistema mundo”, Mann va a precisar los intercambios colombinos realizados a través del Atlántico, estudiando la situación de Jameston alrededor del tabaco, la presencia de la malaria y la fiebre amarilla desde Baltimore hasta la Argentina; la pobreza y la esclavitud ligadas a la Virginia estadinense y la Guyana, y el papel jugado por las enfermedades en la constitución de los Estados Unidos, al pie del fenómeno esclavista.

Con respecto al Pacífico, entrará a analizar los envíos de plata desde la América Española hacia China, haciendo crónicas sobre el Potosí, Manila y Yuegang, en el sudeste chino, además de la exportación de boniato y de maíz al Asia, y con estos productos, los gérmenes que envenenaron a los orientales, e incluso provocaron las pestes del continente europeo, como un “desquite” de las que ellas nos inocularon a su llegada al Nuevo Continente.

Y, en el marco de la Revolución Agrícola de finales del siglo XVII y la Industrial, de comienzos y mediados del XIX, Mann va a cruzar dos eslabones claves para entender el intercambio intercontinental: el envío de la papa andina a Europa y el caucho, desde Brasil, hasta el continente asiático.

El trabajo de investigación del autor y periodista norteamericano girará, en consecuencia, entre la Economía de la Globalización, la Ecología y la Medicina, en sus intercruzamientos y consecuencias.

El homogenoceno

Muchos biólogos afirman que Colón inauguró una nueva era, la del Homogenoceno.

Cuando Colón retorna a España, en marzo de 1493, lleva consigo unos adornos de oro, varios papagayos multicolores y, al menos, diez indios cautivos. Hoy en día, de la casa construida por el Almirante en La Isabela (República Dominicana), solo perviven unas ruinas y permanece de pie una iglesita al lado de algunos puestos de pescado en la playa. Con esta fundación, el 2 de enero de 1494, comenzó la ocupación europea en América y se inauguró la era de la Globalización (en bienes y servicios), pero no únicamente en el terreno económico, también en el biológico.

La Isabela fue el punto que transformó el paisaje del Caribe, pues sucesivas expediciones de españoles trajeron ovejas, ganado vacuno, caballos, caña de azúcar, trigo, bananas y café, además de unos cuantos bichos no existentes por entonces en el nuevo continente, como lombrices, mosquitos, cucarachas, abejas y ratas, y varias semillas entreveradas en estos animalitos, como la acacia australiana y los juncos etíopes.

Luego, con la crueldad del comercio esclavista, vinieron las epidemias presentes en Europa y en Asia, como la gripe y la viruela, la hepatitis y el sarampión, la encefalitis y las neumonías, además de la tuberculosis, la difteria, el tifus, el cólera, la escarlatina y la meningitis bacteriana, todas las cuales mataron en dos siglos a cerca de las tres cuartas partes de los pobladores del Hemisferio Occidental.

Muchos biólogos afirman, en la actualidad, que Colón inauguró una nueva era, la del Homogenoceno, derivada de la “homogeneización”, o sea, la mezcla de sustancias difíciles para crear un licuado homogéneo, como se dio en el cambio del paisaje.

La plata extraída de las ricas minas del Potosí boliviano comenzó a crear y sirvió para fundir la  moneda.

Cargamentos de plata

En Manila, Filipinas, dos estatuas de bronce recuerdan la acción de dos españoles: Miguel López de Legazpi y Andrés Ochoa de Urdaneta y Cerrain, quienes establecieron el comercio de la península con China, al navegar hacia el Oeste, en una época en que el gigante dominaba el mercado de la seda pero debía de comprar la plata para acuñar sus monedas, ante la escasez del bronce, material originario en que se fabricaban antes.

Con el paso del tiempo, al arroz chino se le sumaron el maíz y el boniato. La plata extraída de las ricas minas del Potosí boliviano comenzó a crear y sirvió para fundir la  moneda, hasta convertir a este poblado americano en la “capital”;  los buques cargados con este rico mineral, pasaban por El Callao peruano hacia Lima y posteriormente tomaban rumbo a Panamá, con destino a Europa, o a México, para terminar su recorrido en Asia.

En aquellos tiempos, cruzados por guerras y contrabandos y piratería entre imperios y naciones, por sublevaciones y fenómenos inflacionistas, los campesinos americanos veían en los cultivos la salvación y la cura para sus males: El maíz, entonces, se va para Italia, mientras los girasoles de América llegan a Francia, el tabaco se despacha para Holanda y la papa, sobre todo, arriba a Alemania, a  Holanda y a Irlanda.

La llamada “Pequeña glaciación”, ocurrida entre 1550 y 1750, aunada a la deforestación de nuestras tierras debido a la ancestral quema de árboles, contribuyen a desaparecer a la ya diezmada población americana, atacada por bacterias y virus de origen euroasiáticos. En los barrios de esclavos, ingresa el ñame, el mijo, el sorgo, las sandías, el arroz africano; además de la fiebre amarilla, la malaria que proviene de Inglaterra…

Mientras tanto, el tabaco americano, el maíz mejicano y el boniato se expandirán por China, atraerán las lluvias y harán hasta hacer caer la dinastía Ming.

las grandes plantaciones de tabaco con esclavos perduraron más que las otras que no los tenían. Ilustración / Clipart

Viajes por el Atlántico

La costa del tabaco         

En este apartado de su libro, Charles C. Mann retrata a grandes rasgos la fundación de Jamestown (Virginia), el primer asentamiento inglés exitoso en Norteamérica, enclavado en territorio de los aborígenes de Tsenacomoco, que alcanzó a ser del tamaño de Inglaterra, en la bahía de Chesapeake. Estos aborígenes cultivaban maíz en gran escala, usando técnicas muy propias, e intercalando los cultivos de este producto, con otros de cebada silvestre, plátanos y lechugas. La bahía, cruzada por extensos cenagales pantanosos y arroyos intervenidos por la acción de los castores, permitía una constante irrigación, mientras que los aborígenes dominaban el sotobosque a punta de quemas controladas.

La colonización de estas tierras, en palabras de Mann, presentaba unas características muy especiales:

La bahía de Chesapeake había sido conformada por fuerzas ecológicas y sociales desconocidas para los colonizadores. Hablando en general, la fuerza ecológica más importante era la diferente dotación de especies animales y vegetales de la región; las fuerzas sociales, igualmente importante, eran las diferentes prácticas de manejo de la tierra de los indios. Y por un capricho de la historia biológica, en la América precolombina había muy pocos animales domesticados; no había vacunos, caballos, ovejas, ni cabras que pastaran en sus praderas. La mayoría de los animales grandes son domables en el sentido de que es posible enseñarles a perder el miedo a los humanos; pero sólo unas pocas especies son fácilmente domesticables, en el sentido de que estén dispuestos a reproducirse en cautiverio, lo que permite a los humanos seleccionar las características útiles. En toda la historia de la humanidad, sólo se ha podido domesticar a veinticinco mamíferos, alrededor de una docena de aves y posiblemente un lagarto. Sólo seis de esos seres existían en América, y desempeñaban papeles relativamente menores: el perro, que se comía en México, Centro y Sudamérica y se usaba para trabajar en el extremo norte; el cuy o conejito de Indias, la llama y la alpaca, en los Andes; el pavo, que se criaba en México y el sudoeste de Estados Unidos; el pato “de Berbería”, que pese a su nombre, es nativo de Suramérica y, según algunos, la iguana, que se criaba en México y en Centroamérica.

El hecho de no contar con animales domesticados obligaba a que la fuerza de trabajo descansara en el propio cuerpo humano.

Después de relatar prolijamente las luchas y alianzas entre ingleses y pobladores nativos (como toda aquella relación idealizada del colono John Smith y la bella princesa “Pocahontas”), Mann va a centrarse en el papel jugado por John Rolfe, quien importó semillas de tabaco desde Trinidad y Venezuela, y exportó luego las hojas hacia Inglaterra, logrando atrapar a medio mundo con la acción de fumar y convertir esta práctica en una manía aristocrática, que se extendió con rapidez por el Viejo Continente, sobre todo.

En aquel intercambio del producto referido, dado que los marineros usaban tierra inglesa para equilibrar los barriles en los que se transportaba el tabaco, entreverados en ella, vinieron a América las lombrices y algunas raíces de plantas, que no se conocían por acá, y que ayudaron a cambiar el paisaje nativo.

En su origen, Jamestown fue un puntal para integrar a Virginia con el resto del mundo y, aunque fracasó como tal, por múltiples factores, permitió llevar a Norteamérica al Homogenoceno.

Pero, la malaria no solo se alojó en los campos de Virginia, sino que terminó por desplazarse a lugares remotos como Argentina y el Brasil.

Malos aires

Con la llegada de los europeos, vinieron también enfermedades desastrosas como la viruela y la gripe que arrasaron aldeas y ciudades aborígenes de América, mas eran enfermedades que se presentaban como estallidos de epidemias que luego se desvanecían. Pero, en cambio, la llegada de la malaria (del italiano, mal aria, que significa “malos aires”), al parecer hacia 1620, pegada al cuerpo de los marineros ingleses que arribaban a Jamestown, se volvió endémica y como otra enfermedad transmitida también por mosquitos, la fiebre amarilla, fue la causante directa de la desaparición y decadencia de grandes núcleos de pobladores en América, como las civilizaciones del norte de México, de Mesoamérica y de  la Amazonia, en las que vivían millones de personas.

Así como el tabaco fue aliado de la malaria y atacó primero a Virginia y, luego, se expandió por toda Norteamérica, también la caña de azúcar fue portadora de las enfermedades que azotaron al Caribe y a América Latina, dando origen a lo que algunos estudiosos han llamado “estados extractivos”, como el que relata Joseph Conrad en su novela El corazón de las tinieblas, en los que un grupo minúsculo de europeos de cuello alto sojuzgan a una masa de nativos, esclavizándolos y encadenándolos a fin de forzarlos a duros trabajos.

Causada por cerca de 200 especies de parásitos microscópicos, la malaria ataca a reptiles, aves y mamíferos; cuatro de esas especies infectan a los humanos, a través de la picadura del mosquito anopheles, en cuyas glándulas salivales se alojan tales parásitos, que cumplen unos ciclos, provocando en sus víctimas fiebres altísimas y escalofríos.

En palabras de Mann, los efectos devastadores de la malaria ligados al intercambio de productos como el tabaco, se constituyeron en “(…) introducciones ecológicas que conformaron un intercambio económico, que a su vez tuvo consecuencias políticas que perduran hasta hoy”.

La expansión de las áreas cultivadas con tabaco y el arduo trabajo que implicaba el roturar las tierras bajo un sol fortísimo, el manejo de la azada, el regadío y cuidado de los brotes, más el corte de las hojas pegajosas y grandes, sumado al secado y embarque mismo, exigían contratar trabajadores forzosamente u optar por los esclavos. Y, aunque los economistas han demostrado que esta segunda alternativa era más costosa, a la larga fue más rentable: las grandes plantaciones de tabaco con esclavos perduraron más que las otras que no los tenían, en parte porque los africanos desarrollaron inmunidad frente a enfermedades como la malaria.

Pero, la malaria no solo se alojó en los campos de Virginia, sino que terminó por desplazarse a lugares remotos como  Argentina y el Brasil, mientras un mosquito viajaba en barcos de esclavos traídos desde África, y la fiebre amarilla llegó a Massachusetts, luego se expandió a Barbados, a Martinica, a Antigua, pasó al Caribe y remontó a Suramérica, causando estragos devastadores en Venezuela y la Guyana francesa.

Apenas comenzando el siglo XV, la dinastía Ming ordenó a sus comandantes navieros, como el famoso Zhen He, a cruzar el Océano con dirección a Europa y a América.

Viajes por el Pacífico

Cargamentos de dinero (seda por plata)

Para Charles C. Mann, otro de los capítulos más interesantes del intercambio colombino y postcolombino lo constituyen todas las aventuras de piratas y mercaderes, quienes surcaron los mares del Océano Pacífico, desde diversas latitudes inimaginables para los historiadores que los sucedieron con los años.

Apenas comenzando el siglo XV, durante cerca de treinta años, la dinastía Ming ordenó a sus comandantes navieros, como el famoso Zhen He, a cruzar el Océano con dirección a Europa y a América (que ellos aún no conocían), y como en un cuento de Simbad el marino, los habitantes de islas y territorios en nuestro continente pudieron presenciar la llegada de barcos muy avanzados para su época, en cuyos cascos dobles de madera refulgían incrustaciones de metales preciosos, con compartimentos especiales, bombas de precisión y clavos inoxidables.

Extraños estandartes en las astas de los mástiles asombraban a los nativos americanos y a otros invasores y piratas. Al mando de una flota inmensa de 317 barcos, el comandante Zheng He luchaba contra el dominio holandés, el de Portugal, el español y el de la Gran Bretaña, en mares cercanos a nuestro continente. Varias razones se arguyen para ello.

China, que había tenido monedas de cobre durante siglos, adolecía de los metales preciosos y necesitaba explorar otras minas, como las de la plata del cerro Potosí. Pero, al mismo tiempo, las frecuentes luchas entre China y Japón, y la escasez de alimentos en la gran nación oriental, la obligaron a la rapiña y al mercadeo. Mientras los chinos cargaban cantidades de seda, terminaban por llevarse la plata de nuestro territorio.

Saquearon Potosí, pero también otras vetas y minas…

Llevaron nuestros productos, como la papa, el maíz y el tabaco, sobre todo,  para calmar sus hambrunas y sus ganas de producir humo por las bocas…

Participaron del intercambio colombino, en términos definidos, en los que se entrecruzan la Economía con la Política, pero también con la Ecología…

Por ahora, dejemos esta maravillosa historia para una segunda parte de esta crónica sobre el libro de Mann.

Dejemos tranquilos a Simbad, a sus marinos, a piratas y mandarines, a mercaderes de la Muerte. Con el paso de los siglos, vendrán otros cronistas, como Eduardo Galeano o el propio Mann, para ilustrarnos con suficiente información, con suficientes análisis que derriban antiguas y engañosas teorías sobre nosotros los americanos.

 

Nota

  1. La versión al castellano en pdf de la primer edición del texto de Mann se titula 1493. Una nueva historia del mundo después de Colón, Katz editores/Capital Intelectual, Buenos Aires, 2013

 

*Aguadas, Caldas, 1958. Ha sido periodista y escritor independiente. Con estudios en Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas, se ha caracterizado  por analizar algunos fenómenos culturales y políticos, y ha incursionado en algunos géneros periodísticos y literarios. Tiene en su gaveta, inéditos, algunos libros de poesía, ensayo, novela, ante todo.