Todo lo que veía en ese momento era lo bello, lo fantástico de no estar en la tierra, veía la paz que abundaba en los cielos y un silencio supremo impregnado en la habitación

 

la música que droga

Por Gustavo Medina

Imagen tomada de Pixabay 

 

La gente puede considerar este día como corriente, un día para celebrar  o por lo menos para agradecerle a dios por permitir ver el sol de la nueva mañana. Pero yo no lo veo de esa manera. Primero recibí un email  del trabajo que decía: “estás despedido”; después una carta de mi esposa demostrando todo su amor en estas palabras: “no podemos seguir con esto, perdóname pero no eres tú soy yo”; y anterior a eso me había llegado una citación del colegio de mi hija por motivo de su expulsión inmediata por mal comportamiento, donde además me decía “le daremos más detalles a las 15:00 horas”.

Voy saliendo de mi casa y veo que el cartero se acerca cada vez más, me saluda, me da la mano y me pide que firme el recibido sin yo saber aún qué es; sin vacilar ni renegar firmo y entro de nuevo a mí casa. Era una postal desde Francia que decía: “¡cómo pudiste hacerlo! bastardo, animal, está bien merecido que pases por este día”. Como si fuera poco unos minutos más tarde el teléfono suena y sólo puedo sentir el aire de tristeza, las lágrimas de mi mamá y escuchar con dificultad que mi abuelo había partido, lo cual me basta para entrar en estado de shock. Deprimido, ansioso y desesperado me quise matar, quería que la tierra caliente de Barranquilla me tragara y no me dejara salir a tomar un respiro.

Sabía que debía enfrentar todo ese dolor con la más fuerte y sana de todas las drogas: la música. Ya había vivido cosas como estas, así que tuve en cuenta aquello a lo que había recurrido en mis pasados dolorosos. Avril Lavigne cantaba When you Are Gone y después sonaba un poco de I Want To Hold Your Hand; canción original de los Beatles. Pero me apetecía mejor escuchar la versión triste de Chris Colfer para ponerme peor. Después, para animarme un poco, ponía algo de One Republic; Good Life y un pedazo de Jason Mraz I Won´t Give Up, pero fue un intento fallido. Luego seguía con las deprimentes de Ed Sheeran; All of the stars y otras.

La música me tenía ido, me llevaba a lo alto sin dolor; cada vez estaba más borracho en sensaciones. Todo lo que veía en ese momento era lo bello, lo fantástico de no estar en la tierra, veía la paz que abundaba en los cielos y un silencio supremo impregnado en la habitación; pensaba que quería escapar de aquí todos los días y seguir viendo a mi abuelo. Al menos el éxtasis de la música me había sacado de ese mundo podrido que me mataba de dolor, pero la gloria se acabó cuando sonó la alarma del celular avisando la reunión escolar programada para las 3 de la tarde.