Ahora, cuando se reflexiona sobre la relación entre humanos y animales no humanos, queremos rendirles un homenaje cordial y afectivo a los caballos, seres amables que nos han acompañado en los oficios y labores fatigosos, y han hecho contribuciones importantes en la Historia y en nuestra vida cotidiana.

 

Por Camilo José Forero Serna*

Aproximadamente 5000 años A de C ya existía y habitaba junto a los hombres el caballo, ese magnífico cuadrúpedo que, tal vez con el perro, pareciera que nos ha acompañado siempre; ha luchado nuestras luchas y ha prolongado y potenciado nuestras fuerzas.

En Krasny Yar, Kazajistán, en restos de cercados, en zonas delimitadas por postes que sugieren corrales, se han encontrado fósiles de excrementos que permiten teorizar sobre su presencia junto a los primitivos, como fuente de calor y de alimentación.

En los Montes Urales, en Boptai y Kosnai también hay evidencias de su reclusión para aprovechamiento de su leche y su carne, a más de 4000 años A de C.  Ya en Mesopotamia, entre 2500 a 2000 años A de C. hay evidencias de su utilización en el transporte.

Hoy, cuando empezamos alarmados a evidenciar cómo esta magnífica presencia se nos extingue, nos vemos obligados a buscar en los testimonios del pasado su historicidad y las posibles respuestas a causalidades que no alcanzamos a responder.

Hemos sido testigos de la plenitud de estas vidas; la historia del progreso de la humanidad se hizo a lomos equinos y ahora presenciamos su extinción; se apagan como leves llamas ante las brisas fuertes del avance inexorable del progreso, de los cambios que se van generando gracias al avance del desarrollo de la vida.

Es reconocido y aceptado como cierto que la vida empieza antes que las especies.

Vuelve el desarrollo industrial, como en el pasado, a arremeter contra las vidas de inocentes e inconscientes que deben pagar con la desaparición el costo de no poder adaptarse; el enorme costo del estancamiento con respecto del desarrollo logrado por la inteligencia humana que los supera y los convierte en especies obsoletas y sin futuro.

Debemos comprender y conocer cómo es que a consecuencia de ganar en comodidad llegamos a causar la pena de la extinción en esas especies que nos resultan superadas, gracias a la inteligencia y el desarrollo; gracias al progreso, que, como un arma de doble filo, nos plantea costos y sacrificios enormes en costumbres y adaptaciones a nuevas posibilidades de vivir y disfrutar la vida.

En otros ensayos se ha abordado el tema de cuánto es lo que debemos al hombre primitivo que danzó ante el fuego, que capturó para su beneficio las llamas ígneas y que adaptó formas de la naturaleza para poner a rodar sobre ellas el tren de la marcha presurosa hacia el progreso; hoy, debemos plantearnos cómo desde la inventiva de los mejores hombres de la ingeniería mecánica, la creación e implementación de un bípedo mecánico a motor vino a sustituir al orgulloso corcel como aliado de los hombres trabajadores en campos y ciudades, convirtiendo al poderoso cuadrúpedo en una muñeca de vitrina, en un adorno más en la colección de inutilidades que poseen ostentosos los hombres poderosos, destinando sus mullidos lomos, sus pechos poderosos y sus ancas cómodas y seguras solo para los festines ocasionales donde se derrocha con gula y sin medida.

Es reconocido y aceptado como cierto que la vida empieza antes que las especies, que éstas son consecuenciales con el espacio en que se acojan y aquellas se reproducen en relación de la tierra con el sol, cuando se genera un régimen de climas en los violentos avatares de la superficie terrestre, en las cortezas que cubren seres gigantescos como cuerpos de aguas y bosques que mutaron a mares y continentes.

los volcanes eructaban sus gases destruyendo todo a su alrededor…

Los seres vivos son secundarios con respecto de estos espacios que se originaron como resultantes de choques entre fuerzas universales que se atraen o se repelen por razón de las leyes de la física. Es posible que la Tierra haya sido una enorme masa incandescente que, por un espacio de tiempo muy largo, en miles de años, se sometiera a un enfriamiento constante, mientras gravitaba en sus órbitas; los volcanes eructaban sus gases destruyendo todo a su alrededor, y tal vez, ellos mismos sucumbiendo y desapareciendo junto a las tierras que hicieron colapsar y perderse en los abismos de la nada.

A raíz de los profundos cambios que se dan desde ese enfriamiento van quedando espacios o reductos donde convergen los pantanos, donde se acumulan las aguas y los lechos arenosos en cuyas miasmas se forman colonias de seres vivos, organismos autóctonos –gigantescos o microscópicos– de los cuales la mayoría desaparecieron y muchos otros –minorías resistentes– mutaron a seres más adaptados y más desarrollados que pervivieron y se sostuvieron gracias a adaptaciones que los hicieron fuertes y los protegieron. Hoy, sus fósiles y sus huellas conservadas en el vientre frío y oscuro de las profundidades de la tierra, dan testimonio de su existencia, haciendo posible conocer estos episodios.

Debemos considerar cómo en una jornada evolutiva tan larga es posible que muchos eslabones de esa cadena se perdieran.

Rastros extraviados en la Historia

Los estudiosos investigadores, que no cesan en su empeño por desentrañar misterios y encontrar respuestas, están de acuerdo en que el caballo es un mamífero Perisodáctilo evolucionado. Justo es aclarar que este período data de 55 millones de años y en él se agrupan mamíferos angulados, de dedos impares, pertenecientes al tronco familiar de los equinos herbívoros de cabeza triangular alargada, de largo cuello dúctil, dotado de largas crines, lo mismo que su cola; en ese grupo también tienen cabida los tapires, las cebras y en esos orígenes se asocian con los Camélidos y los Caninos.

El caballo es originario de dos troncos familiares: Dolicoformes, caracterizados por sus cuerpos alargados, estrechos, versátiles y veloces, y Mesoformes, cuyas características son la robustez de sus cuerpos de proporciones medianas, de gran fuerza y resistencia para jornadas de largo aliento; ambos troncos familiares tienen el origen común de un cuadrúpedo de tres dedos, pequeño y muy similar al perro.

Debemos considerar cómo en una jornada evolutiva tan larga es posible que muchos eslabones de esa cadena se perdieran, o dieran origen a especies distintas, que no llegaran a sostenerse supervivientes en el tiempo; los avatares de la vida misma para adaptarse a terrenos físicos en constante ebullición van marcando taxonomías difíciles de reconocer en períodos de tiempos tan largos y de los que apenas si quedan rastros sepultos en petroglifos y fósiles de muy difícil reconocimiento e interpretación.

En el último millón de años se debieron asentar las diferentes especies que aún perviven, se consolidaron grandes cantidades de entidades biológicas y finalmente se perderían muchas, de otras especies malogradas. En los últimos 20 mil años de ese período, que es cuando empieza a aparecer el homínido que dará paso al humano, de cuya existencia hay diferentes interpretaciones de vestigios que lo referencian como originario de América, de las cumbres heladas de los Andes, alrededor de 16 mil años atrás; migrante hacia el norte en marchas milenarias e invasor en Europa, a donde llegó por el estrecho de Bering; y donde aún perviven sus rastros fisionómicos y culturales, según se lee en Las plantas sagradas de Guillermo Fonseca Truque.

O, como originario de Mesopotamia, hace 9 mil años, en una suerte de reconocida historia que no amerita referencia en este ensayo pues ha sido suficientemente difundida, aceptada como cierta, logrando en muchos casos aparecer como única, pues la mencionada teoría de Fonseca Truque ha sido difundida solo en círculos de estudiosos especialistas que no la han generalizado, tampoco la han difundido y por tanto no es conocida.

el ser humano, como bien lo aceptamos dándolo por cierto, evolucionó y desarrolló su cerebro más efectiva y rápidamente…

Roles del caballo

No es ninguna arbitrariedad pensar que en cualquiera de estos periodos este par de sujetos, pobladores del mismo lugar, se conocieran y se hicieran inseparables; el ser humano, como bien lo aceptamos dándolo por cierto, evolucionó y desarrolló su cerebro más efectiva y rápidamente, lo que le permitió someter para su beneficio a las demás especies, entre ellas su nuevo y cuadrúpedo amigo, el corcel.

De esta domesticación hay suficientes constancias a lo largo de la historia, en las versiones vernáculas de juglares que después pasarían a enriquecer los textos más antiguos en Asia y Europa. Culturas asiáticas como los mongoles sorprendieron al mundo cuando se confirmó –en pleno siglo 20– que no tenían otra  rutina por fuera del escenario agitado de recorrer sin pausa sus territorios en una vida nómada que se desarrollaba totalmente sobre los equinos y que sus pequeños se hacían jinetes desde los dos años de edad; su base alimenticia es ese delicioso fermento llamado kumis de leche de yegua, que en occidente elaboramos con leche de vaca dejándola fermentar y la degustamos agregándole sabores artificiales y endulzantes. Viajeros como Marco Polo dejaron su testimonio de como aquella yunta caballo–mongol se convertía en guerreros temibles, conquistadores magníficos y crueles victimarios de los pueblos por ellos asolados y vencidos.

Roma, hace dos mil quinientos años, invadió primero a los pueblos vecinos, los esclavizó a lomos de caballo; luego conquistó y sometió al mundo hasta ese momento conocido, siempre a lomos de su gran aliado el caballo. En el antiguo imperio romano fue tanta la importancia que el caballo logró, que no sólo fue elevado a la categoría de funcionario por Calígula, quien, en una actuación hoy tenida por demencial, a su caballo Incitato le hizo construir una pesebrera en mármol y dotada de comodidades, sino que, en un acto de gobierno humillante para el pueblo romano, lo nombró cónsul, demostrando con ello un desprecio enorme por los funcionarios serviles de su imperio.

El emperador Mario lo declaró un bien público, creando una distinción especial para el soldado romano que lograra ser nombrado caballero, con una dotación especial por parte del gobierno; en un gesto de grandeza para con el semoviente, sobre cuyos lomos Roma conquistara el mundo.

La distinción de caballero no era otra cosa que el empoderamiento para soldados de gran valor o para personas nobles y principales.

La distinción de caballero no era otra cosa que el empoderamiento para soldados de gran valor o para personas nobles y principales. El caballo público romano, llevó sobre sus lomos el terror de los invasores, el horror de las conquistas y desde luego, el nuevo amanecer para los pueblos sometidos a una nueva cultura que los hacía más progresistas y mejor desarrollados, a cambio del doloroso sometimiento.

El caballo se supo adaptar a nuevas situaciones y de guerrero pasó a obrero, a aliado del campesino en la producción agrícola convirtiéndose en herramienta de trabajo y motor del desarrollo, proveyendo de insumos y alimentos las cocinas de las plantaciones agrícolas y las plazas de mercado de los pueblos; arrastrando el carretón cargado de progreso y halando la calesa con pasajeros, dejando los correos en las postas y haciendo el trabajo invaluable de llevar el desarrollo a todas partes; por tanto no es arbitrario que las historia esté llena de anécdotas bañadas en sudor equino.

No ha pasado más allá de darle un nombre y algún reconocimiento público…

¡Qué ingratitud, qué infamia!

En realidad, más allá de alimentarlo bien, pegarle una buena acicalada con cepillo después de un baño refrescante al terminar la jornada, ayudarlo en sus momentos difíciles de salud y encariñarse con él; el hombre ha sido tacaño en cuanto a agradecer al caballo su aporte de gran valor para su bienestar y progreso.

No ha pasado más allá de darle un nombre y algún reconocimiento público; gracias a esa incipiente manifestación de gratitud, han pasado a la historia algunos semovientes, como Babieca –el corcel del Cid Campeador– o Palomo –el precioso caballo de Bolívar, el libertador–; Plata y Pinto, los afamados caballos del Llanero solitario y su compañero Toro; Rocinante, la famélica cabalgadura de aquel campeón de la justicia: el Caballero de la triste figura; porque en casos como el famoso caballo de Atila, el conquistador mongol llamado rey de los Hunos, que donde ponía su casco no volvía a nacer la yerba, no pudimos saber su nombre.

Todos conocimos –por el cine– las hermosas jacas de los hermanos Luis y Antonio Aguilar, caballos artistas, bailadores y fiesteros; y hemos visto preciosos caballos rejoneadores y toreros, en una suerte de arte lúdico que no verán los que nos suceden, pues ahora, por decreto, esas fiestas desaparecerán.

Gracias a la literatura hemos conocido caballos de grandes méritos, como El Corcel Negro; o el Caballo de Guerra de Tolstoi; así, que en términos generales, el caballito ha sido prácticamente anónimo con respecto del reconocimiento que merece realmente en la historia.

Gracias a la literatura hemos conocido caballos de grandes méritos…

Ahora, en este momento el ingenio humano ha inundado los caminos del mundo entero de un velocípedo ágil, versátil y económico; que llegó para quedarse y para desplazar a los seres vivos como el caballo y sus congéneres mulares y camélidos: la motocicleta. Este pequeño y precioso robot mecánico anda soltando sus efluvios contaminantes por todas las calles en las ciudades, por las veredas y las trochas en los campos.

Sus residuos atentan contra la salud pública y contaminan enormemente el planeta que es la casa de todos, pero eso a nadie importa; solo en llantas, su legado contaminante es asombroso, pues abandona dos juegos al año; sin contar con aceites quemados que junto a sus baterías y piezas eléctricas se pueden comparar con basura cósmica; pero la sociedad está feliz porque el caballito ya no volverá a estorbar en las calles, ni a dejar sus micciones que secas al sol suelen ser apestosas, ni sus cúmulos de desechos orgánicos que pueden ser incorporados a los jardines como nutrientes; no, la gente prefiere la infame moto que deja sus gases envenenando el ambiente, dañando la capa de ozono y sus residuos contaminando. ¡Qué ingratitud, qué infamia!

 

*Camilo José Forero Serna, escritor vallecaucano, cuenta ya con valiosos testimonios escritos en varios géneros: Poesía, relatos, novelas, algunos de los cuales ya han sido editados y han venido ganando el reconocimiento de la crítica nacional. Entre su producción, se destacan los libros Otoños de otras épocas e Impunidades, novelas de corte costumbrista y de denuncia social, escritas en una prosa elegantemente sobria, pero de gran profundidad y trascendencia.