En el artículo anterior preguntábamos sobre cuáles serían los criterios básicos para considerar lo que entendemos como “academia” y para designar a alguien como “académico”.

 

Por Rafael P. Alarcón Velandia*

Sabemos por la historia del pensamiento, si podemos hablar de dicha historia, que a finales del siglo XIX se fue instalando poco a poco un pensamiento positivista en todos los campos de la actividad humana, en donde lo cuantificable, lo medible y lo evidente eran las pautas de la organización académica y científica. Relegar el conocimiento de lo que llamamos las ciencias del espíritu fue casi un imperativo en las instituciones de educación superior, hecho que se acentuó  a finales del siglo XX y principios del siglo XXI.

Sin embargo, desde los pensadores griegos hasta la mitad del siglo XIX se imponía, en gran parte y no en forma exclusiva, el pensamiento que no era cuantificable ni medible, como posteriormente se deformó. Lo académico, que no era propio de las instituciones educativas como las universidades, se centraba en la capacidad dialéctica sobre los problemas de la existencia humana y de las relaciones entre los individuos. Esos temas centrados en lo que se ha denominado ciencias humanas, como son la filosofía, la antropología, el psicoanálisis, la psicología, la sociología y las bellas artes, entre otras, permitían enfocar los problemas de la naturaleza y del espíritu desde la estética hasta el razonamiento, de la contemplación individual al diálogo con el otro, interpretando y comprendiendo al ser humano y lo que lo rodea.

Con lo anterior podríamos exponernos a considerar que hay momentos donde los términos académico y académicos varían de acuerdo al momento socio-histórico en que se vive,  inclusive económico, los cuales han influenciado la sociedad en sí y las instituciones de educación en todos los niveles, e inclusive a aquellos individuos o grupos por fuera de ellas. ¿Un autodidacta o experto en un tema de la actividad humana o del pensamiento, creador de conocimiento o crítico del mismo, no ligado con una universidad, no lo podemos llamar académico? ¿Un profesor de la universidad dedicado exclusivamente a transmitir conocimientos y no a generarlos es un académico? Este último caso inunda nuestras universidades con sello de pretensión académica y que expiden certificados y diplomas académicos por el solo hecho de haber estado en la institución o ser parte de ella. Volvemos a la pregunta inicial de esta serie de reflexiones. ¿Qué es lo académico y quiénes son académicos?

Con ese modelo de academia se está inundando a la sociedad con múltiples programas de especialización, maestría y doctorados de regular calidad: masificados, sin criterios de selección de estudiantes…

Unas posibles respuestas

En el mundo positivista, objetivo y mensurable que imponen las instituciones llamadas de educación superior, como las universidades e institutos de investigación de las neurociencias y ciencias de la naturaleza, consideran académico aquello que se inserta en los modelos de las estadísticas de comprobación, replicación, demostración y verificación sostenida. Aunado a ello, el modelo determina una escala de niveles de conocimientos en los que se inserta la certidumbre y de lo pretendido como certeza y veracidad. Su apoyo está en las estadísticas, la epidemiología, las matemáticas y otros campos afines de medición. Todo ello con un fin de producción y mercado.

Es bien sabido que estas universidades se ufanan del crecimiento del conocimiento objetivo empírico el cual ingresa a la economía de mercado. Por ejemplo, lo que ocurre con la farmacología, la cibernética, las tecnologías de las comunicaciones, las tecnologías de instrumentos médicos que han invadido el mundo clínico, entre otros campos del saber. Esto renta jugosos dividendos a dichas universidades e instituciones de investigación. Los académicos son personas de alta preparación tecnológica e instrumental, dedicados a generar o reproducir tecnologías, pocos en nuestro medio, y en su mayoría a copiar o informar sobre los avances en estos campos a una masa naciente de estudiantes con presuntuosas aspiraciones de acercarse al conocimiento, que más tarde van a ser restringidas en un país como el nuestro donde el presupuesto para la investigación es menos del 0,5% del PIB, con recortes permanentes cada vez que se anuncia un ajuste fiscal, como el informe que acaba de dar el ministro de Hacienda colombiano para el año 2018. Como vemos, el pensamiento positivista ha invadido el concepto de lo académico y lo ha encerrado en espacios reducidos de pretendida investigación y formación académica, para un mundo del mercado.

Con ese modelo de academia se está inundando a la sociedad con múltiples programas de especialización, maestría y doctorados de regular calidad: masificados, sin criterios de selección de estudiantes, los cuales ingresan a dichos programas más por los posibles beneficios económicos (por ejemplo, maestrías en serie del Ministerio de Educación de Colombia) que de interés por la producción del conocimiento en los diversos campos del saber. Además, con profesores a destajo y mal remunerados, especialmente por las universidades privadas que lideran listados de excelencia. ¿Excelencia de qué?, debemos preguntarnos.

No es difícil encontrar en los pasillos y salones de las universidades profesores de las ciencias del espíritu quejándose de sus directores de área, decanos y vicerrectores por exigirles “mayor espíritu científico y seriedad, pues deben demostrar y comprobar lo que exponen”.

Declive de lo humanístico

Otro agravante, quizá de peor consecuencia que los anteriores, es el hecho de que las ciencias humanas o del espíritu han caído lentamente algunas, y otras en forma precipitada, a adoptar modelos de pensamiento y de investigación de las ciencias físicas y biológicas, limitando su verdadero rol como es el surgimiento de las ideas, el diálogo y el debate, la creación artística. Se están rechazando tesis de grados de estudiantes de bellas artes, filosofía, antropología, psicología y medicina psiquiátrica por no cumplir parámetros de medición objetiva y demostrable mediante encuestas y escalas, exigiéndoles matrices y metodologías no cualitativas, no conceptuales, no creativas.

No es difícil encontrar en los pasillos y salones de las universidades profesores de las ciencias del espíritu quejándose de sus directores de área, decanos y vicerrectores por exigirles “mayor espíritu científico y seriedad, pues deben demostrar y comprobar lo que exponen”. ¿Cómo se cuantifica una idea, un pensamiento, un diálogo, un debate, una escultura, todo el arte creativo?, ¿bajo qué parámetros o miradas se les mide?, ¿quién impone las restricciones para no salir del movimiento positivista que asfixia?  

Si miramos a Colciencias en Colombia y a las vicerrectorías de investigación y extensión de las universidades que se catalogan de “prestigiosas y líderes”, por no mencionar las otras, que pretendidamente promueven el avance de la ciencia y la investigación en sí, el panorama es tan pobre, de espíritu se podría decir, pues han diseñado concursos académicos que no dejan cabida a todas las ciencias humanas y las relegan al cuarto trasero de las posibilidades y de presupuesto. Es bien sabido que por cada 20 investigaciones de las ciencias empíricas de la naturaleza aprobadas y presupuestadas, se aprueba a duras penas una investigación de las ciencias humanas por acercarse a modelos de las primeras, las demás son rechazadas por proponer estudios cualitativos, de pensamientos y de creatividad. Un ejemplo, se aprueba más fácilmente y con mejor presupuesto un estudio de genética que uno que proponga una hermenéutica de la literatura.

¿Qué le deja al ser humano como ser, a sus conflictos existenciales y relacionales este modelo de academia positivista y comercial  de la actualidad, asentada en las universidades con el sello de académica y sus practicantes de académicos?

¿Dónde están los profesores y estudiantes dialogantes, pensadores de las ciencias humanas? En el próximo artículo trataremos de profundizar unas respuestas a dichas preguntas.

* Médico Psiquiatra, Magister Salud Pública, Máster en Psicogeriatría, Magister en Literatura y candidato a Doctor en Literatura