Vamos por la vida, coleccionando libros, contactos y anécdotas con el único propósito de reafirmar que estamos en lo cierto; con la cándida esperanza de escuchar, palabras más o palabras menos, lo que ya se nos arraigó en la mente.

 

Por / Valeria Castillo León

Cuando se trata de opinar, la pregunta siempre radica en el qué, pero casi nunca en el cómo. Nadie quiere ser la persona que no tiene alguna cosa que decir en la reunión familiar o en la oficina, incluso si esta proviene del apuro y la estrechez ideológica. Tampoco resulta especialmente atractivo el incómodo trayecto por la duda, la confusión o la autocrítica. Así lo han señalado filósofos como Kant y escritores como Hesse, conscientes del reto que supone la conquista del pensamiento crítico y autónomo.

Prueba de ello es la inquietante velocidad con la que una persona tiende a decidir qué postura le gusta más en un conflicto, aunque no tenga mayor detalle del asunto. Luego es cuestión de tiempo, y de algún opositor atrevido, para que dicha idea pase a convertirse en una extensión del individuo mismo, decidido a defender su integridad y valía, aunque sea con los dientes. En ese punto deja de tratarse de una opinión o un parecer, para considerarse casi un hecho, dictaminado no desde la reflexión honesta e inquisitiva, sino desde la emocionalidad y el ego.

De ahí que seamos tan efectivos al evitar todo aquello que amenace nuestra visión del mundo.  Vamos por la vida, coleccionando libros, contactos y anécdotas con el único propósito de reafirmar que estamos en lo cierto; con la cándida esperanza de escuchar, palabras más o palabras menos, lo que ya se nos arraigó en la mente.

Y si nos atrevemos a debatir, cabe preguntarnos si estamos siendo genuinos. Cualquier intento de debate resulta estéril si antes de iniciar ya se ha eliminado toda sombra de duda sobre la naturaleza de lo que es cierto o lo que es sabio.

Eso es precisamente lo que ocurre en muchas de las discusiones de nuestro tiempo, cuando ninguna de las partes está realmente dispuesta a examinar la propuesta o perspectiva del otro. Los interlocutores todavía no se han estrechado las manos, cuando el “ganador” ya ha sido condecorado en la cabeza de cada quien. En ese caso, el debate no es debate, sino apenas un medio para probar una “victoria” ya alcanzada.

No obstante, y pese a tales propensiones, del sesgo de confirmación rara vez nos advierten en las aulas. A duras penas tenemos una clase de filosofía en el bachillerato, que además sigue viéndose en la cuerda floja cada tanto.

En mi caso, la asignatura era considerada tanto por los directores, como por los profesores y la mayoría de los alumnos, como una “costura”. Tan solo dos horas a la semana para estirarse y completar la jornada, memorizando nombres y alguna que otra tesis, sin llegar a entablar un diálogo que realmente nos retara.

La vida parece mucho más fácil y económica de esa forma. Lo difícil, lo moral e intelectualmente costoso, es entender que las preguntas más importantes casi nunca tienen una respuesta pulcra y llana; que pese a tener que sacrificar una réplica o una intervención impetuosa, es mucho más sabio intentar ver las cosas desde otros ángulos; que la realidad, en mayúscula, se compone a su vez de un sinfín de pequeñas realidades que desconozco; y que no solo es válido, sino también imprescindible titubear, hacer preguntas y retractarse.

Por supuesto que es difícil darle la bienvenida a la incertidumbre. Más difícil aún es reconocer en voz alta los vacíos, prejuicios y caprichos propios, para embarcarse en la frustrante tarea de desaprender esos caminos cómodos del pensamiento, recorridos tantas veces por uno mismo, como para que no crezca en ellos ni un hierbajo.

Y no menos penoso es ver cómo al extirpar de nosotros alguna idea o parecer miserable, varios más de la misma clase han de seguirle como en efecto dominó.

Entonces podría decirse que buscar mejores formas de pensar, o de hacerlo por uno mismo, es una molestia. Sin embargo, en ese caso se trataría de un mal absolutamente necesario. Un mal que nos condena al cuestionamiento constante, pero que nos libera del reducidísimo espectro de las dos o tres ideas que aprendemos siendo jóvenes, y que solemos querer aplicar indiscriminadamente a toda la existencia.

Un mal que multiplica la cantidad de respuestas, pero que nos vacuna contra el matrimonio ideológico, y la sobreidentificación con grupos y movimientos políticos, religiosos, o de cualquier índole, que comprometa nuestro autónomo y saludable razonar.

Un mal que puede sentirse como un baldado de agua fría; pero que nos impulsa fuera de esa minoría de edad a la que Hermann Hesse contrapuso el retrato de Max Demian, o a la que Kant rechazó al exclamar “sapere aude!”.

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