Al leer los textos de mis amigos en debate me tomé la tarea de reflexionar sobre el origen y la evolución de aquello que comúnmente denominamos lo académico y la academia, para darme una perspectiva de su uso o distorsión en la época contemporánea que nos ha tocado vivir, tocado literalmente, pues no la escogimos.
Por Rafael P. Alarcón Velandia*
El motivo de escribir estas líneas se originó al leer unos textos breves de un debate entre dos amigos sobre la academia, o mejor sobre lo académico y lo que no era. Desde las perspectivas de cada uno de ellos había consideraciones que podríamos tomar como válidas y no mutuamente excluyentes, eso sí, dependiendo del horizonte del lector y su asentamiento dentro o fuera de lo que hoy llamamos “academia”.
Recordé entre nubosidades que en varias ocasiones había presenciado este mismo debate ¿intelectual? Y en no pocas ocasiones había participado en él con posturas de lo que podríamos llamar “académicas”, pues siendo profesor universitario de la facultad de ciencias de la salud, específicamente en medicina, se me facilitaba, posiblemente por formación o deformación, adherirme a los modelos institucionales implantados en los centros educativos de formación universitaria, mal llamados, a mi parecer, de formación superior, pero ¿superior de qué?
Al leer los textos de mis amigos en debate me tomé la tarea de reflexionar sobre el origen y la evolución de aquello que comúnmente denominamos lo académico y la academia, para darme una perspectiva de su uso o distorsión en la época contemporánea que nos ha tocado vivir, tocado literalmente, pues no la escogimos. ¿Qué época escogeríamos si nos dieran el bien o la dicha de decidirla?, ¿qué fantasía?, ¿qué sueño?, ¿no los han tenido? Pues bien, volviendo a lo que aquí trato de escribir, añadido a los términos academia y académico, se debe considerar otros como intelectuales, sociedades científicas o artísticas, escuelas de formación, ateneos y un sin número de locuciones, la mayoría de ellas tomadas sin permiso conceptual histórico de sus inicios en Grecia, Roma, Alejandría y Florencia. Podríamos explicar, en otro aparte, la apropiación de ellos, no creo que mal intencionada sino como fruto de ese estado de cosas y corrientes socioeconómicas de la actualidad que inducen a ignorar o desechar la investigación histórica y la episteme, pues es de imposición lo superfluo, lo ligero, lo desechable, el poco rigor. Me temo que ahí se puede estar ubicando eso que denominamos academia y académico, como pretendo exponer en este artículo de iniciación, pues aspiro a molestarlos o inquietarlos con unos próximos para establecer a modelo de diálogo el estilo de lo que Akademos inauguró en los jardines y patios de su casa cerca de Atenas, y que posteriormente Platón se hizo a su posesión para establecer una manera de conversar sobre la naturaleza, las matemáticas, el ser humano y sus relaciones. También Sócrates, con su particular estilo que nos han referido, lo hacía en las calles y parques de Atenas. Y qué decir de Diógenes el Cínico, constructor de la confrontación irónica para la reflexión, todo un maestro.
Es indudable que el cúmulo de conocimientos sobre la naturaleza, el ser humano, la estética del arte y sobre los sistemas sociales, políticos y económicos nos apabulla y que necesitan ser organizados, y para ello debemos establecer una criteriología que nos facilite el acceso a dichos saberes, sea el que sea el fin que nos proponemos al utilizarlos o por el placer de poseerlos. ¿Habrá discusión sobre ello? Lo dejo a mis lectores.
Ahora bien, ¿quién o quienes diseñan esa organización? ¿Con qué criterios? ¿Cuáles son los propósitos? ¿Cuáles son sus instrumentos? El debate sobre lo que se considera academia y lo no académico, el poder de ambos, el impacto en el individuo y en la sociedad debe partir de la elaboración de las respuestas a estos interrogantes.
Diversas consideraciones debemos asumir para intentar respuestas al deseo del ser humano de explicarse los fenómenos de la naturaleza externa a él, que poco a poco lo fue conduciendo a mirarse como sujeto de estudio, olvidado hoy por convertirlo como objeto de conocimiento, hecho fundamental que algunos defienden como lo académico ligado a instituciones formales de diversa índole y que temo que nos han alejado de lo que los pensadores griegos, alejandrinos, romanos y florentinos pretendían al dialogar en los jardines y parques con sus congéneres, estableciendo unas reglas y una disciplina para compartir hermenéuticamente el conocimiento.
Tomando prestado al estudioso y crítico literario Harold Bloom el título de su obra ¿Dónde se encuentra la sabiduría? podríamos preguntarnos si esas instituciones que han agregado como apellido el término académicas, cumplen fielmente con la episteme del término o es una simple portada de atracción comercial -con pretensiones de informar, explicar y profesionalizar parcialmente un fenómeno o sucesión de fenómenos- en lugar de conducir al aspirante a conocimiento a formarse en el diálogo para interpretar y comprender, y así volver a reinterpretarse como sujeto, no como objeto, asumiendo posturas fundamentales elaboradas ante la sociedad donde vive. Pero, ¿esto no puede ser logrado en espacios menos formales, fuera de esas instituciones de sello pretendidamente académico? Se multiplican los ejemplos de ello, para el caso el Ateneo de Adriano en Roma y el grupo inicial del psicoanálisis en Viena, fuera de la academia institucionalizada, pero con más argumentos académicos.
Para no cansarlos, voy a dejar hasta aquí mis reflexiones y si ustedes como lectores me lo permiten, en próximos artículos las ampliaré con otras consideraciones.
* Médico Psiquiatra, Magister Salud Pública, Máster en Psicogeriatría, Magister en Literatura y candidato a Doctor en Literatura


