Suficiente evidencia; es innecesario alargar un texto que francamente se dirige a ningún lado. Estoy igual que Alicia ante el gato de Cheshire. Lo que digo es que reconozco mi subjetividad para examinar el contenido de un material intelectual.

 

Año de publicación: 2018

Editorial: Rey Naranjo Editores

Autor: Juan Miguel Álvarez

Fotografía: Federico Ríos

 

Por: Elbert Coes

Esta podría ser una reseña acerca de Verde tierra calcinada. En realidad es un manifiesto. ¿De qué? ¿Literario? ¿Emocional? Juzgue usted que lee y júzgueme a mí si le apetece. Al final de cuentas los juicios no alimentan ni visten. Son juicios y eso es todo. Y ya que conozco algo de judiciales, diré con certeza que una condena literaria es tan insulsa como una condena jurídica. Vanidad, dijo el predicador, es todo vanidad. Esta reseña es un acto personal, en especial sobre mis preferencias literarias.

La siguiente elipsis, que me tomará un párrafo —ojalá fuera menos— tiene un firme propósito. Verde tierra calcinada es un libro que aborda de manera geopolítica la historia de los últimos años de la violencia interna de este país, saltando de un testimonio a otro, en efecto creíbles, mientras unos intentan hacer la paz y otros no tanto. A favor: ritmo, estilo, idoneidad y cuerpo —soy de los que aprecia más el contenido de un libro cuanto más bello es físicamente—. Intento ser honesto, porque, como dije al principio, esta reseña es sobre mí. En contra: sobran descripciones al tratarse de una crónica; se detiene en paisajes y caracteres que calan mejor en la literatura de ficción.

Encuentro atractiva la crónica. Nadie que ame la literatura la desdeña, y en mi caso, que a veces soy más predicador que escritor, me he puesto por imperativo estudiarla. Verde tierra calcinada es un trabajo bien cuidado en términos estéticos y editoriales. Lo leí para presentarlo junto a su autor, Juan Miguel Álvarez, en la Feria del libro de Santa Rosa de Cabal, razón por la cual determino ambos momentos como un único acto. A este incluiré la reseña en curso. Sin la presentación no lo habría leído —al menos no en ese momento— y sin dicha presentación no habría escrito esta reseña —al menos no en este tono.

Haría algunas comparaciones para evaluarlo. No soy superior a un libro, pero puedo evaluarlo. Es la palabra que usé; el verbo sería Evaluar, que deriva de Valorar —La E es el prefijo de la composición morfológica—. Valorar: estimar o apreciar el valor de algo. Porque tengo criterio y lectura, lectura de la que a menudo me jacto. Haría algunas comparaciones, pero creo en el karma y prefiero mantener distante al diablo. He leído, como abogado y escritor pretencioso, algunos libros de corte bélico, unos cuantos del conflicto que a menudo ha azotado a este país, y diré, por supuesto, que en cuanto a datos estadísticos, Verde tierra calcinada se destaca poco. Caí en la tentación y ahora debo ofrecer un argumento.

Un ejemplo cercano es Seguridad y justicia en tiempos de paz de Ariel Ávila, que está lejos de ser literatura, pero informa con suficiente precisión. Debería detenerme, porque aunque esta reseña parece de Verde tierra calcinada la escribo para hablar de mis preferencias literarias. Para ser franco, esta reseña es el Virgilio que me permite recorrer el Infierno. Porque si Verde tierra calcinada no ofrece datos estadísticos ni la estética y la exigencia mental que sí encuentro en Shakespeare, Dante o Milton y apuesto por ella, eso sería traicionarme en el acto.

(En este paréntesis diré que uno debería abordar un libro referenciado por otro lector asiduo, pero una relectura de dicho libro es la mejor manera de manifestar qué tan hondo nos ha calado).

El libro incluye fotografías del reconocido reportero gráfico Federico Ríos. Fotografía / Cortesía.

Prosigo. Estaba pensando en García Márquez, un cronista que se puso en el mapamundi gracias a su extrapolación literaria de la realidad, y no precisamente por su crónica —ya percibo el aullido de los gaboistas—. Por supuesto hay grandes cronistas como Martín Caparrós o Martin Sieff. Pero repito, no hablo de Verde tierra calcinada, hablo particularmente de mis gustos. Y entre ellos, me decanto fervoroso por la ficción, en especial por el cuento.

Ahora expondré la razón por la cual escribí este manifiesto que aparenta ser reseña. He dicho que en mi fuero consciente la lectura, la presentación del libro y la escritura de esta a-reseña son un único fenómeno. Pese a que el desarrollo de cada uno de sus tres actos se da en momentos distintos, ninguno se habría desarrollado sin aquel que le precede. A excepción del primero, que tiene que ver más con el ego y el hecho de ser un lector pretencioso.

Dos lecciones aprendí de este acto en tres momentos. El primero tiene que ver con reconocer mis gustos literarios; ya lo dije: admitir de una vez por todas mi preferencia por la narrativa de ficción. Esto está lejos de ser displicencia ante nuestras realidades. Dante, un genio por encima de toda duda razonable, escribió La Comedia sin juzgar que Eneas se hallaba en el mismo círculo de Sócrates, y que a propósito, es el compositor de La Eneida quien acompaña a Dante en el viaje “permitido por la Providencia”.

Suficiente evidencia; es innecesario alargar un texto que francamente se dirige a ningún lado. Estoy igual que Alicia ante el gato de Cheshire. Lo que digo es que reconozco mi subjetividad para examinar el contenido de un material intelectual. Que nadie se tome este texto en serio, lo he escrito para cumplirme a mí mismo, y por la misma razón he optado por un tono sardónico y despreocupado.

No puedo hablar de Verde tierra calcinada con la misma pasión con que me expreso sobre La historia más maravillosa del mundo o La dificultad de cruzar un campo o Enoch Soames. Lo hago quizá como si hablara de Alice Munro o Enrique Vilas Mata, excelentes autores que no releo.

La segunda lección es tan personal como la primera. A esta altura el lector debe haber comprendido que esta no es una reseña sobre Verde tierra calcinada, así que puede abandonar si lo desea. Tampoco es que quede mucho por decir.

Segunda lección: No todo tesoro esconde oro en su interior. Amar la literatura debe ser un acto lógico y también un acto de amor propio. Uno debe elegirse primero y después al otro, a menos claro que se tenga una vocación altruista, y nadie que se dedique a esto la tiene, ni siquiera yo que soy medio predicador.

Amar la literatura significa escribir los libros que quiero leer, leer los libros que me seducen y también asistir a los eventos literarios que me entusiasman. Adoro esta expresión que conocí en un ambiente religioso: «ser digno», que no se usa en el mismo contexto que la palabra dignidad. Y la segunda conduce inevitablemente a la primera. Uno debe ser digno de ciertas circunstancias literarias y ciertas circunstancias deben ser dignas de uno. Es así como se conoce y se reconoce la dignidad.

Advertí que esta no era una reseña de Verde tierra calcinada sino un manifiesto personal. Temo acaso que eso sea todo lo que haya que decir de mí y de mis preferencias. En cuanto al acto en tres momentos —lectura, presentación y reseña—, me recuerda lo que dice un escritor de la ciudad por quien siento aprecio: uno debería pedir al menos los «pasajes» para asistir como ponente a cualquier evento literario. Por último, hay muy poco tiempo de vida para leer libros aburridos y releer libros que agostan. Sin embargo, usted lea y relea lo que le apetezca.

Nota del Editor: Verde tierra calcinada es uno de los tres libros finalistas del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana 2019, al cual fueron postuladas 127 obras. El jurado se reunirá a finales de este mes para definir el fallo.