ADÁN LÓPEZ LÓPEZ: EL POETA TRASHUMANTE

Una reseña a la obra del poeta caldense y su obra, escrita con boina vasca, paraguas y maletín de cuero, mientras su pluma devanea por las calles de tiempo que quizá se haya extinto para siempre

Escribe / Jorge Triviño. Ilustra / Stella Maris.

La figura de Adán López López es la de un poeta que sobresale siempre en cualquier lugar donde se encuentre, ya con un elegante sombrero o con una boina vasca, acompañados de un paraguas y un maletín de cuero.

Conversar con él causa agrado, pues es un hombre de hablar pausado y que piensa cada palabra que sale de su boca. Ya ha aprendido muchas lecciones de la vida,  le ha tocado un trasegar difícil a causa de que en su infancia -a los trece años- cortaba madera. En aquellos tiempos vivió con familiares que se aprovecharon de su nobleza y el dinero que le debían pagar, lo aprovecharon para irse de juerga y jolgorio. Probó el licor y algunos vicios pero de allí salió cuando descubrió que podía causarle la muerte, alejándose definitivamente de ellos.

Dice que no aprendió a cabalidad ningún oficio con el cual pudiera enfrentar las lides de la vida.

Adán mira a los ojos con fijeza, con la certeza de la limpieza de su corazón. Asegura que se encontró con la poesía en un taller de creación con un grupo de dieciocho personas, las cuales tomaron las de Villadiego, dejándole solo con el tallerista, nada menos que el poeta Flobert Zapata, quien le dio el espaldarazo y le aseguró que tenía el innato talento para escribir; por lo tanto, se dedicó de lleno a componer poesía y novelas.

Ese fue el camino escogido para escapar de las garras de una profunda depresión, al descubrir que nada valioso había hecho aún en su vida.

Se consagró a escribir varias novelas, de las que pudo publicar las novelas Mural y El sendero de las lilas; las cuales no han sido estudiadas a cabalidad por los críticos y reseñitas, que han dejado por fuera a varios escritores sencillos y humildes, más no por eso menos valiosos; ellos son tesoros escondidos, que brillan con luz propia con sus manuscritos y su personalidad. Quizá por esa misma razón Adán López se regocija con la discreta flor de la violeta, esa que a veces pisamos sin darnos cuenta, o que pasa desapercibida por su sencillez. No obstante, esa flor violácea, cuando se mira con detalle, nos enamora.

De su más reciente libro, publicado en marzo de este año, Hojas de encina al viento, extractamos varios textos representativos. Helos aquí:

 

ENCRUCIJADAS

       El mundo tiene encrucijadas singulares, en una de estas me extravié una vez. En el recorrido encontré una casa con un portón abierto a la llegada de un visitante ocasional.

No sé porqué o tal vez si lo sé. En espera se hallaba una dama de cabellos claros, frente nacarada, ojos almendrados que tenían el brillo de un astro en el límite del horizonte.

        Lo demás fue un sueño, una fantasía; sin embargo, había algo que no supe nunca comprender: ¿Por qué cuando el astro rey se hundía tras de las montañas, ella entre sollozos dejaba salir de su pecho algo semejante a una melodía, como una de aquellas que se escuchan en las misas de réquiem? ¿Quién se había alejado de su vida dejando su alma con aquel dolor?

       Después de algunos años cuando ya no había motivo de cuita, supe que esa dama era extranjera, llegada del lejano oriente, que fue raptada y traída hasta donde tuvo que vender sus caricias, que proporcionaba con esa finura que solo ella sabía prodigar, bien podría creerse que no eran histriónicas. Las vendió a millares…, conservando intacta su alma, y esa parte sagrada que nunca se compra, porque pertenece a un ser lejano, que reside en otro lugar.

        Las tácticas amatorias parecen genuinas cuando se ejercen por manos expertas y pieles lozanas, a muchos les parece que eso es amor. Sin embargo, qué distante está de ser verdad, una comedia es media broma de aquello que cuando es genuino, no es vendible, y menos comprable, de lo cual han quedado en suspenso los más empecinados amantes del placer, que no saben nada de lo que con justicia es llamado amor.

 

VIOLETAS DEL RECUERDO

        He recogido en un ramo de pequeñas florecillas que me causaron alegría al pasar junto a un capo cubierto de ortiga y vi que entre estas habían flores de variados colores, moradas, rosadas, amarillas y azules como aquellas que un día vi recoger en el campo, por las manos más tiernas, que sin ser hermosas hayan podido existir.

        Pero, ¡ay!, si lo que se quiere no es posible obsequiarlo carece de todo valor. El valor de las flores es tan variado como las especies que existen en la faz de toda la tierra.

        La más pequeña y humilde de todas puede tener el valor de un diamante. Todo depende de las manos que la corten y el lugar que vaya a ocupar.

El pequeño manojo de violetas que una vez puso una mujer en la solapa del saco que yo vestía, aquel día frío de un octubre lejano, hoy ha tomado la forma de algo indefinido que en mi fuero interno va transformándose en la figura de quien amé una vez. Solo una vez.

EN LA RIBERA

       Era su cuerpo como un lirio a la orilla de un río, como el fulgor de una estrella en el límite del horizonte.

       ¿Cómo así que esta es la tumba donde reposa el niño que jugaba en una cabaña, protegido a toda hora por la mirada atenta de su madre?

        No lo puedo creer, si era una estrella que iluminaba una colina entre verdosa y azulada.

        Ahora contemplo en una losa un epitafio que reza brevemente:

“Aquí yace Matías el niño dinámico que se fue tras de las cumbres más altivas; las alturas son su patria y la disfruta”

        Las ilusiones son golondrinas que vuelan de alero en alero, y luego parten, van a llorar al puerto amigo, al que sin ser visto está despierto, bien despierto en la memoria de los vivos.

        Dicen que hay un más allá llamado cielo, ¿qué ha de ser el cielo para quien se ha ido sin regreso, sino un estado de paz y bienaventuranza?

       Más allá de lo imaginado, un punto neutro nos aguarda.

Allí han de estar todos aquellos que como Matías no tocó con mala entraña ni siquiera el capullo de una rosa. La muerte no perdona al que goza, ni al que ignora la medida de su ser y de su gracia.

 

POR LAS SENDAS ETERNAS

       Camino sin rumbo, vacío y tranquilo bajo un cielo que aún no ha perdido su total resplandor.

        Pudiera decir, soy un viajero de lo Eterno y puede que lo sea. Sin embargo, cuando una noche avanza, me doy cuenta que pasa lo contrario: lo Eterno llega a mí, impregnándome de su poder inmenso, haciéndome perenne como esos robles que entre dos riscos permanecen verdes sin que los toque el tiempo, ni el vendaval los tumbe, y no obstante sufren la angustia, de esperar el día en que sean yacientes.

       Eterno es aquello que participa del plan trazado desde que el universo pulsó la primera melodía y aún continúa haciendo que el hombre no pierda su camino, por medio de la percepción y la empatía. Cuando este se encuentra ante la sabiduría Suprema, nadie puede impedir que trascienda, que suba, que cruce la línea que separa lo humano de lo que el universo guarda en el inviolable cobre donde el arcano habita.

Lo único eterno: El universo, su constante movimiento y transformación. Todo lo demás, sueños que el hombre tiene en épocas de penuria, cuando al sentirse solo busca un punto de apoyo al cual uncir el carro que lo conduce hasta su amargo fin.

Estos textos son los de un hombre que ha comprendido a cabalidad el mundo de manera formidable, sin tener una formación académica, pero que lo entiende y lo expresa de bella manera.

Cuando vean pasar a este caballero con su fina figura y su andar pausado y su mirada pura y prístina, con la elegancia que le caracteriza, sabrán que están frente a un escritor y poeta que sublimó su alma mediante el cultivo de la literatura, lo que nos da la certeza que la literatura tiene el poder imbíbito de transformar al ser humano.