El crítico debe ser un hombre en busca de experiencias de enriquecimiento, educado en la alteridad, abierto a la sorpresa, a la maravilla de lo nuevo. Si carece de esta condición, su trabajo  jamás podrá acceder a la belleza y al valor de lo que lee, le será negada toda epifanía, jamás verá el milagro.

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Por: Hernando López Yepes

Es el nombre que se le da en la China a todo panegírico sobre los muertos.  Más que estudiosos  de la palabra,  muchos  profesores universitarios se han convertido en cultores y  guardianes de  formas literarias que ellos consideran  perfectas e insuperables. Algunas especializaciones y maestrías  han devenido en ejercicios tautológicos. Igualmente, en la reescritura de textos “sagrados” que terminan haciendo de los estudios universitarios un largo proceso de preparación como copista. Quienes las dirigen centran su esfuerzo y el de sus alumnos  en el conocimiento y la reproducción  de modelos  preestablecidos. Esta forma de apreciar la literatura convierte el universo de los escritos literarios en un campo de fractales, el acto creativo en un juego matemático; el texto en un único libro multiplicado hasta el infinito  por espejos  complacientes. 

Podemos afirmar que algunos catedráticos se han convertido en devotos de unas corrientes fundamentalistas. Permanecen  sordos y ciegos ante una  realidad que los reclama, los cuestiona y los reta, sin que ellos se permitan atenderla, algo tan absurdo como   la renuncia de los investigadores de la genética a sus propósitos de mejorar la raza caballar, para dedicarse al descubrimiento del genoma del unicornio. Los únicos medios comprometidos con la  publicación  y la crítica  son las revistas de literatura y arte, de las cuales, afortunadamente, existen algunas que superan lo que se publica en las universidades. En éstas se ha reducido la educación literaria al conocimiento de las formas, a la capacidad de nombrar o calificar un escrito dentro de un estilo particular, a la veneración de unos arquetipos, a la celebración de un culto. Los jóvenes que buscan en nuestras universidades la riqueza del conocimiento y el fortalecimiento de su capacidad creativa, salen de allí como oficiantes, como celebrantes de ceremoniales que pertenecen a unas teleologías absurdas, terminan reducidos a la condición de miembros de falansterio.

Un escrito literario es la consecuencia de una preparación. Es la manifestación de un don construido; el hijo de los esfuerzos de un autor en el proceso de transformarse, poco a poco, infatigablemente, amorosamente. Un escritor enfrenta grandes dificultades consigo mismo y con su entorno: en primer término, los costos individuales, familiares y sociales que implica su proceso formativo. Vienen luego el extrañamiento psicológico, la marginalidad impuesta por la sociedad  (que no se ve reflejada en él), la angustia que le genera su lucha por darle forma a su escrito, y las dificultades enfrentadas  para alcanzar su publicación. Posteriormente debe enfrentar  los mayores inconvenientes: la intolerancia de los escritores contra los escritores, la carencia de crítica para su obra y la censura de los académicos.

El crítico debe ser un hombre en busca de experiencias de enriquecimiento, educado en la alteridad, abierto a la sorpresa, a la maravilla de lo nuevo. Si carece de esta condición, su trabajo  jamás podrá acceder a la belleza y al valor de lo que lee, le será negada toda epifanía, jamás verá el milagro. Será ciego a la presencia del espíritu manifestado en la palabra escrita.
academia 3Algunos escritores consideran que alguien, desde la academia, se interesará en sus textos, encontrará las riquezas contenidas en ellos; que ese alguien destinará unas páginas de sus escritos para comentar y dar a conocer sus trabajos. Quien piensa en esta forma ignora que los textos de crítica literaria producidos en nuestras universidades se generan desde unas lecturas subjetivamente intencionadas. El deseo de encontrar  lucidez en los otros nos lleva al desconocimiento de que existen  inteligencias extraviadas.

A muchos académicos les cruza por entre las piernas la liebre que dicen pretender apresar. Alguna vez leímos acerca de los Raelianos: un grupo de religiosos, quienes han decidido que su misión es darles la bienvenida a los extraterrestres que llegan a nuestro planeta. Durante años, los Raelianos se han preparado para estos encuentros. Sucede, sin embargo, que se han dado pocos encuentros entre los extraterrestres y los Raelianos. La mayor parte de los extraterrestres que nos han visitado han elegido para sus  contactos a numerosos campesinos del Perú, y a unos cuantos ordeñadores de vacas, de las pampas argentinas.

Se considera a  quienes han tenido la oportunidad de acceder a la docencia universitaria como personas conscientes de la necesidad de abrir ventanas, para que entren nuevos aires. Se confía en su capacidad y en su intención de apoyar y fortalecer con sus conocimientos los esfuerzos de quienes expresan una manera propia de sentir el mundo, de soñarlo, de inventarlo y de inventarse desde la singularidad. Se cree que nuestros profesores asumen el compromiso de crear espacios para el análisis enriquecedor y estimulante de lo que se escribe en nuestra época. Se piensa, con el mayor candor, que sus  mentes están abiertas  a lo que escriben las personas ajenas al ambiente de las universidades… la realidad es diferente: la poesía, el relato y la novela que se gestan fuera de la academia son condenados  al silencio y   la exclusión,  por parte de quienes deberían ser sus parteros. Existen académicos desafectos a lo que nace y crece en forma  silvestre y singular, a la expresión de quienes recorren un camino propio, apartados de los oficiantes, sin guías y sin muletas intelectuales.

Observan con frialdad e indiferencia, cuando no con asombro, la pretensión de que una obra literaria generada fuera del ámbito académico sea leída y criticada en las aulas universitarias. Estos profesores, cuya labor pedagógica coincide con su condición de críticos y de cultores de la poesía, el cuento o la novela, se erigen en vigilantes de las fronteras entre lo  canónico y lo impropio; entre lo rústico y lo cultivado; entre lo culto y lo impertinente. Los textos escritos fuera de los muros de la universidad  son tomados por ellos como formas rudas o elementales de  la escritura, como los resultados de una impertinencia.  Fundamentados en estas apreciaciones, aprovechan la oportunidad de comentar  tales obras como  trampolín  para acrecentar sus méritos  y los de sus amigos. Realizan en estos “trabajos críticos” un escamoteo, un acto de prestidigitación consistente en  tomar a Juan como pretexto, para hablar bien de Pedro. Ejercitan en ellos su capacidad de  despedazar, gracias al poder que otorga la ironía. Culpabilizan, condenan y descalifican  a quienes han llegado mal vestidos y sin invitación a la fiesta de la cultura. Insertan en su trabajo, como al descuido,  comentarios elogiosos acerca de autores que poca o ninguna relación tienen con el tema de análisis y quienes, por una feliz coincidencia, son también docentes universitarios, escritores y críticos. Los escritores cuyas voces “dicen estudiar”, pasan de la condición de “desconocidos” a “desatendidos”.

Fin de la primera parte.