Van algunos pensamientos de estos días o mejor sobre estos días que corren; no aspiran a nada más que a ser eso, ideas –ideaciones, dicen ahora– sueltas que me asaltan en el confinamiento de mi biblioteca. A imitación de Lichtenberg observo todo el día desde la ventana del estudio, o desde la ventana que es hoy  la pantalla del computador, el comportamiento de muchos de nosotros y siempre me sigue asombrando lo que somos; cómo ocurre eso que con pedantería hemos llamado humanidad. Puede que las conclusiones sean fruto del estado febril que  produce el aislamiento; sea como fuere, estas líneas no quieren ser otra cosa que las ocurrencias de un aislado profesor de humanidad comparada.

 

Por / Cristian Cárdenas Berrío

“¿Quien habla de victorias? Sobreponerse es todo.”

Rainer Maria Rilke.

El Apocalipsis, como se sabe, siempre es la visión de un aislado delirante. Por lo tanto su dimensión es la del propio desvarío.

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La fragilidad humana es hoy también objeto de consumo.

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Frente a lo impensable –el mundo ha cerrado– lo indeseable, ahondar en la propia fragilidad.

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La rutina es una manera de aferrarse a uno mismo.

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Al intentar definir el problema actual, muchos simplemente lo maltratan.

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El oficio docente, para muchos, consiste en ejercitar por años el arte sutil de estar en contra de todo.

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La única revolución posible contra el capitalismo consiste en entregarnos a los placeres gratuitos.

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El ensayista es un escritor que decidió pensar por entregas.

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El “gran logro” de la escuela en occidente consiste en haber burocratizado la pregunta.

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El arte es la sabiduría de lo incierto.

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Platón, por andar elucubrando la “poesía de la idea”, nunca comprendió la prosa de la vida.

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Salir de la caverna de Platón es habitar un mundo sin interpretaciones.

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La forma más veraz del ser humano es su radical imposibilidad de aprehender.

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 El origen de toda teología no es otro que el escándalo que nos produce lo divino.