En las noches de insomnio Gustavo Colorado trata de llegar al sueño escribiendo aforismos donde se pregunta si Dios cree en Dios y le agradece a los inventores de los signos de interrogación, por permitirle hurgar en sus dudas.
Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris
CV
Toda la eternidad no alcanzaría para agradecerle al inventor del signo de interrogación: ¿Cómo podríamos nombrar nuestras perplejidades sin él?
CVI
Un universo en perpetua expansión no puede tener asidero. He ahí el origen de las intuiciones de los sabios budistas.
CVII
Una llama que sólo puede alimentarse de sí misma: nuestra idea de la eternidad.
CVIII
Los signos de interrogación, esos panzones maestros de la intriga.
CIX
Los humanos, trémulas llamitas que no podemos saciar la glotonería del universo.
CX
Dios nos escribe con fuego en pliegos y pliegos de papel de estraza. Luego sopla.
CXI
Dios como metáfora del infinito universo: el principio y fin de todas las sutilezas de los teólogos.
CXII
“Por los siglos de los siglos”. ¡Buena manera de advertir que no tenemos tregua!
CXIII
En la infancia experimentamos la certeza de que alguien nos vigila desde la eternidad. Luego fingimos haberlo olvidado.
CXIV
En inglés los signos de interrogación sólo se cierran. Agudos, esos sajones.
CXV
Sentado en medio del desierto, un hombre repite la misma palabra día y noche, luna tras luna: la perfecta inmovilidad.
CXVI
Para el inventor del reloj de arena los minutos son granos de tiempo. ¿Cuál será la metáfora del tiempo para los relojeros digitales?
CXVII
A menudo, el lenguaje de la física cuántica se confunde con el de poetas y filósofos.
CXIII
Cuando los grandes poetas atrapan la belleza en sus versos prefieren liberarla. Eso los diferencia de los otros.
CXIX
Doce horas para el día y doce para la noche; doce caballeros para la mesa redonda y doce apóstoles para la cena postrera; doce signos para el zodiaco y doce meses para el año: menudo asunto este de los números.
CXX
El poeta Alfred Tennyson como avatar del rey Arturo y la reina Ginebra como hipóstasis de la poesía: sólo así puede concebirse tanta belleza.
CXXI
Un millón de avispas todo zumbido y aguijón: así debe ser la vida en el interior de un átomo.
CXXII
El instante de nuestra eternidad nunca coincide con el de la eternidad de otro: de ahí nuestra insondable soledad.
CXXIII
Ni siquiera el erial donde reposarán nuestros huesos nos pertenece.
CXXIV
Sólo si resistimos el hedor de todos los muertos de todos los años, de todos los siglos, de todos los milenios, de todos los eones, podemos considerarnos vivos.
CXXV
Los manuales de anatomía deberían advertir que los órganos internos son en realidad estaciones en el camino hacia la muerte.
CXXVI
¿Dios creerá en Dios?
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada


