LA ÚLTIMA PALABRA DE DIOS

Cuántos millones de individuos tienen como certeza que existe un purgatorio que fue creado por Dios, cuando lo creó un italiano nacido en el siglo XIII.

Escribe / Mateo Quintero Segura – Ilustra / Stella Maris

La poesía es creadora. Hay quienes afirman que el amor se inventó gracias a los poetas del siglo XII que le cantaron al amor cortés. Antes, era difícil ver muestras de ese amor desmedido y apasionado como se entendió que debía ser en los siglos que lo sucedieron. El amor de esa época, según Rosa Pereda, dio inicio al amor incondicional, completamente entregado, puesto que la concepción del amor anterior era más un contrato y una conveniencia que un verdadero sentimiento. Además, dicho amor surgido en el medioevo se relacionaba con el amante: aquel hombre o mujer que se enamoraba perdidamente de un individuo ya comprometido, y por ende era imposible acceder a sus deseos. No sé bien si sea cierto que el amor lo hayan inventado los poetas, pero sí sé que le dio una forma y una profundidad mayor a la que tendría si ellos no hubieran existido. ¿Cómo no estar de acuerdo en que el amor se intensificó con La comedia de Dante? Después de construirle un Paraíso a Beatriz queda poco por hacer para una amada. Todo lo que se hizo, antes y después, como muestra de amor, queda reducido frente a semejante portento de obra.

Ya que se tocó el tema de Dante, ¿cómo no sorprenderse al ver que un poeta creó un estadio celestial que cambió la forma de concebir la religión a la que él estaba inscrito? Con la creación del Purgatorio, el italiano cambió para siempre el catolicismo. Imposible hallar un vestigio en la Biblia que tenga que ver con este lugar intermedio a los que van los que fueron pecadores pero que pueden redimirse después de cierta tortura, después de cierto dolor. Fue una de las tantas invenciones del gran poeta. Y aún hoy en día tantas personas siguen creyendo en ese lugar que es solo poético. Cuántas personas basan su fe en una invención de un poeta. Cuántos millones de individuos tienen como certeza que existe un purgatorio que fue creado por Dios, cuando lo creó un italiano nacido en el siglo XIII. Pero, por increíble que nos parezca, basándonos en el hecho de que Dante decidía quién estaba en el limbo, quién en el Infierno, en el Purgatorio y en el Paraíso, es fácil llegar a la conclusión de que el poeta quiso asumir el rol de Dios. Dante fue, por lo menos en su poema, el gran Juez: por medio de la palabra se transfiguró en la divinidad.

Creo que la relación de la divinidad creadora con el poeta demiurgo la entendió muy bien Borges en su poema El Golem, que a su parecer y al parecer de Bioy Casares, es uno de sus mejores poemas, de los mejor logrados. El poema apareció por primera vez en julio-agosto de 1958 en la revista Davar, hizo parte de varias antologías hasta ser incluido finalmente en el libro El otro, el mismo, poemario del que Borges dijo estas palabras: “De los muchos libros de versos que mi resignación, descuido y a veces mi pasión fueron borroneando, El otro, el mismo es el que prefiero”. Y esto se debe, específica después, a que contiene varias de sus obras favoritas: Otro poema de los dones, Poema conjetural, Junín, y Una rosa y Milton.

El origen del poema se remonta a la lectura que hizo Borges de la novela homónima del escritor checo Gustav Meyrink. Esta lectura la hizo en Ginebra como parte del aprendizaje del alemán, idioma que añoró. La novela dejó una gran impresión en el argentino, y, en cierta medida, lo hizo interesarse en dicha leyenda judía, y en la cábala como tal. Esta doctrina esotérica, que está relacionada con el judaísmo jasídico, intenta hallar múltiples sentidos ocultos de la Torá, lo cual interesa demasiado a Borges, especialmente luego de la lectura de El simbolismo de la cábala, libro de Gershom Scholem, a quien conoció en 1969, años antes de escribir la conferencia La cábala, aparecida en Siete noches, de 1980, en la que explica con claridad cuál sería el primer golem y de dónde surge la fascinación por esta leyenda cabalística:

Dios toma un terrón de tierra (Adán quiere decir tierra roja), le insufla vida y crea a Adán, que para los cabalistas sería el primer golem. Ha sido creado por la palabra divina, por un soplo de vida; y como en la cábala se dice que el nombre de Dios es todo el Pentateuco, salvo que están barajadas las letras, así, si alguien poseyere el nombre de Dios o si alguien llegara al Tetragrámaton – el nombre de cuatro letras de Dios – y supiera pronunciarlo correctamente, podría crear un mundo y podría crear un golem también, un hombre.

Recordemos que Dios necesita la palabra para poder crear. Recordemos que Dios es Verbo. Juan 1:1, 14, declara: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”. Dios es la palabra; la palabra es Dios; de alguna manera extraña, las palabras anteceden a la divinidad, o, lo que es más certero, la palabra es la divinidad. La misma idea se halla con anterioridad en el Génesis capítulo 1, versículo 3: “Dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz”. ¿Qué idioma habló Dios? ¿Qué palabras exactamente dijo él, para crear? ¿Tiene su propio lenguaje indescifrable a los hombres, o es un lenguaje simple y directo que podemos comprender? Sin la palabra, Dios no hubiera podido realizar la Creación. Así que la palabra es más poderosa que Dios. Quizá Él sea imperfecto, y ella perfecta. Perfecta porque crea, imperfecto Él porque no sabía lo que hacía, y como cualquier empírico, aprendió sobre la marcha: “Vio Dios que la luz estaba bien”. ¿Cómo que vio, acaso no sabía con anterioridad que era buena la luz? Un aprendiz eterno, Dios, que se le sale de las manos la Creación, como a cualquier poeta: “el universo es obra de una divinidad deficiente”.

Hallar el nombre de Dios, entonces, es el objetivo primordial de los cabalistas. O sea que Dios, en sí, solo es un nombre: quien sepa las palabras correctas, podrá emularlo: ser un demiurgo, un hacedor, como Él. Adán necesitó barro para nacer, sí, pero primordialmente el soplo de vida dado por la palabra. Él fue el primer golem, y si nosotros, los mortales, hallamos las palabras exactas, el nombre perdido en el Pentateuco, igualaremos la hazaña de Dante: ser dioses, pero no solo para juzgar, sino también para crear.

En el nombre está todo Dios; el nombre es, entonces, como afirmó Platón –el griego – arquetipo de la cosa. El nombre es la cosa: Dios es el Verbo. No busquen a un ser, busquen el nombre. Y lo cita Borges para recalcar: “Si (como el griego afirma en el Cratilo) / el nombre es arquetipo de la cosa”. Platón decía que a cada cosa le corresponde por naturaleza un nombre: no de manera arbitraria, sino esencial. En el nombre de Dios – ya sea el extenso, el inabarcable e  impronunciable, o el corto, el de las cuatro letras magníficas – está la omnipotencia: “Habrá un terrible Nombre, que la esencia / cifre de Dios y que la Omnipotencia / guarde en letras y sílabas cabales”.

Pero si Adán escuchó el Nombre, ¿por qué no lo contó de generación en generación? ¿Por qué no lo supo el condenado Caín, ni el favorito Abel? Porque la herrumbre del pecado lo ha borrado. (Herrumbre, término utilizado por Borges de una manera preciosa: el pecado corroe al hombre como el óxido a las cosas). Y oxidó, o marchitó, en la memoria universal, aquel oscuro nombre que no se ha podido descubrir. Solo hubo un hombre que casi logra encontrar el soplo divino, que casi halla el término y la pronunciación correcta. No Dante, sino Judá León, que estaba “Sediento de saber lo que Dios sabe”. Luego de permutar innumerables variaciones de letras – porque según nos cuenta Borges en La cábala, “las letras fueron los instrumentos de Dios; no las palabras”, cuestión harto extraña, puesto que es imposible que las letras antecedan a las palabras –, Judá logró pronunciar la Clave frente a un muñeco torpemente labrado. Cuando cobró vida, intentó enseñarle las letras, el tiempo y el espacio: lo que de la humanidad sabía el arriesgado judío. Pero aquel golem, aquel muñeco errado, se vio envuelto en una “red sonora/ de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora, / Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros”. No logró entender las formas, los colores, el sonido, las palabras, los rumores: no entendió el mundo que lo rodeaba. El rabí, con poca fortuna, le explicó el universo: como Dios tuvo que explicárselo a Adán – o como no lo hizo, porque recordemos que vetado estaba para nosotros el Árbol del conocimiento: ¡bendito el fruto que comió Eva que nos dio la gloria y la desdicha de la rebeldía del conocimiento! –. El golem no aprendió jamás lo que intentó enseñarle su creador, salvo, al cabo de años, a barrer la sinagoga.

Jamás logró hablar: la criatura no pudo ser hombre, porque el hombre habla, porque el hombre tiene a Dios en la boca, porque Dios es Verbo, es habla, es aire. Quizá aquel judío no pudo llegar a la comprensión total de las letras que contenían la divinidad: “Tal vez hubo un error en la grafía / o en la articulación del Sacro Nombre”. Claramente, no dio un resultado perfecto el experimento. Se trocó la esperanza de comparase con Dios. Quizá la voz del rabí no tenía las características sonoras necesarias para pronunciar el nombre divino: como tampoco pudo el mismo Dante describir a Dios cuando lo deslumbra su aparición al final del Paraíso.

Como era de esperarse, un intento fallido descorazona al creador: como el poeta cuando se percata de la imperfección de su poema, como el pintor cuando observa que el color no es el adecuado. De esta manera, el rabí siente horror al contemplar la creación, y como un Job destruido, se arrepiente de su insolencia; la insolencia que lleva a la acción, que es ausencia de cordura: “¿Cómo (se dijo)/ pude engendrar este penoso hijo/ y la inacción dejé, que es la cordura?”. Toda acción podría tomarse como una ofensa contra Dios: si Eva no hubiera incurrido en la vileza de actuar y comer el fruto, la historia hubiese sido diferente. Judá no logró contenerse y quiso concebir lo que solo le está delegado a Dios. Pero su arrepentimiento radica en la culpa de no haberlo logrado: no le duele la ofensa intrínseca de intentar alcanzar a Dios como en una torre de Babel hecha de letras, sino en haber estado tan cerca y no alcanzarlo. No habría queja de haber tenido éxito. Pero Judá se sigue lamentando en el poema de Borges y se pregunta la razón por la que creó otro símbolo en esta red de símbolos infinitos que es el orbe.

Y culmina el argentino su poema con esta intensa pregunta que nos martilla: “¿Quién nos dirá las cosas que sentía / Dios, al mirar a su rabino en Praga?”. El rabino es el golem de Dios. El rabino es igual de imperfecto que el golem: jamás logró pronunciar las palabras divinas. El golem no logró decir las palabras humanas. Y retumba la pregunta de Borges en otro poema, El ajedrez: “¿qué dios detrás de Dios la trama empieza?” ¿Y si Dios es el golem de otros dios? ¿Y si aquel demiurgo es, realmente, la palabra, el Verbo, que contempla a Dios siendo imperfecto porque crea a un rabino imperfecto que crea a un golem imperfecto en una espiral que es a su vez el tema del cuento Las ruinas circulares? ¿Y dónde queda el poeta, Borges, que crea este poema infinito como dos espejos que se cruzan y que se multiplican? ¿Acaso no está, a su vez, observando el poema que está siempre imperfecto, inacabado? La cuestión también nos la brinda, quizá, Borges en La cábala citando a Shaw: “Dios está haciéndose”. Es infinito porque es Verbo y los Verbos se modifican, pero cuando algún golem de esta serie eterna de fracasos exhale la última palabra inconcebible por nuestra imaginación, la historia se habrá cerrado y Dios habrá muerto y los sueños habrán dejado de soñarse a sí mismos.