AMISTAD Y CONCORDIA EN TIEMPOS DE CRISIS

Ahora esta sociedad sin ojos parece que ha logrado el don de la clarividencia, y se acerca más hacia su destino que es la purga de todas sus faltas por no ver lo evidente, así como le pasó a Edipo.   

 

Aún el uno yo canto

Aún el uno yo canto,

(Uno, aunque hecho de contradicciones,) me consagro a la

Nacionalidad,

Dejo allí la rebelión, (¡Oh latente derecho a la insurrección! ¡Oh

inextinguible indispensable fuego)

W. Whitman

Escribe / Jhonatan Valencia Torres – Ilustra / Stella Maris

No hay mejor lugar común para caer de lleno frente a lo real que en las situaciones de crisis. Entendiendo por esta palabra ese momento de confrontación entre nosotros mismos, en el que rompemos la burbuja del confort y nos vemos enfrenados a ese difuso espejo que son los otros, y en el que descansa gran parte de la realidad. Para sorpresa nuestra, afuera hay todo un mundo, sí, ese orbe que en su versión mínima son nuestros vecindarios y en el que rara vez nos contemplamos, mucho menos ahora que las redes sociales y nuestros patrones de búsqueda perfilan una realidad a nuestra medida.

A raíz de esta convulsa crisis por la que todos estamos pasando como colombianos desde que inició el Paro Nacional, afloran esas atávicas prácticas que son la impronta de nuestra humanidad, como lo son el reconocimiento de la tragedias que viven los otros, y que ahora son de común pesar; el sentido de comunidad en el que todos nos reconocemos, la concordia entre las personas que tienen las mismas necesidades, y la disposición por ayudar a otros que se encuentran en el frente de lucha con sus cuerpos y vidas en las calles.  Sobran ejemplos donde impulsados por la idea de un bien común y mayor, las personas salieron a las calles a manifestarse o a hacer ruido desde sus casas, a ayudar al herido o estar pendientes del desabastecimiento de quienes pararon con mayor determinación.

Sin embargo, a través de varios amigos pude ver un reproche que no está exento de verdad, así no tenga carácter absoluto. Tiene que ver con la ausencia de opinión y, sobre todo, de acción de ese sector académico de las universidades. Mucho se oye al respecto sobre la academia universitaria en Colombia, que al parecer de muchos se dedicó a “sumar títulos a sus egos, pero olvidó la razón esencial, de la formación que es construir sociedad a través del conocimiento”. Parece como si, el tanto poseer información (ojo, no sabiduría) ubicara a este espécimen académico más allá del bien y del mal. Para la muestra el episodio de censura en la Universidad del Rosario por parte del docente Edgar Ramírez Baquero, hecho que parece aislado, pero que si se analiza con lupa, podría revelar a la vista el deje de soberbia que hay del enclaustrado erudito sobre el “núbil aprendiz que carece de luces para entender su realidad”.

Ahora, la reflexión que deja dicha visión harto cuestionada es preguntarse de dónde emana esa disposición a la quietud que tiene aquel que se concibe sabio y formador. Parece una idea popularizada esa de que el investigador de cosas terrenales y celestes, tiene una tendencia a apartarse del común vulgo, que nada le puede aportar a sus arrobadas reflexiones. Sin embargo, y he aquí la razón de este escrito, parece que asumir ese rol suena más a ficción que a donde de verdad debería apuntar el ideal del sabio.

Piénsese por ejemplo en el viejo Sócrates descalzo buscando hombres en Atenas con quienes hablar, sí, de ideas, de realidades superiores dirían muchos, pero en definitiva, ahí en el ágora con otros; con quien discutir si la razón de sus ideas es válida o no. O más aún, el mismo Aristóteles que dice que de todas las virtudes, la mejor y la más excelente es la amistad, y esta por supuesto se desarrolla en la convivencia constante con otros. Si bien, el ideal de vida buena que heredamos de una larga tradición apunta a una actividad excelsa de la razón, ello no quiere decir que, por abocarnos hacia el azul de las ideas abandonemos el mundanal devenir en el que nos desenvolvemos.

Para la felicidad o vida buena, dice Aristóteles, existen en condiciones como la salud, en unos medios mínimos económicos y, sobre todo, ese bien preciado llamado amistad.  Es el amigo el que perfecciona la vida del sabio, y quien en conjunto ayuda a ejecutar acciones más bellas y dignas de alabanza. Claro ejemplo cuando vemos la ayuda mutua y concordia que hay entre las personas que marchan aún sin ser amigos, sin “conocerse”, pero que justo en ese momento de unión de fuerzas, subyace esa virtud que puede transformar la sociedad en la medida que “juntos son más que dos”.

Es de esta manera que se logra un tipo de vida buena basada en la justicia y en el bienestar común; aflora la virtud por excelencia, que es la sabiduría práctica nacida desde el orden de lo que llamamos “amigo” (entiéndase también como conocido, camarada, semejante, igual). Por esta razón, ese sabio alejado del ruido de la gente es extraño a una realización total de la vida buena. ¿Por qué entonces esa irrisoria posición del académico si se supone que la sabiduría se ubica en ese punto entre la acción y la vida teorética?

El descenso de Orfeo a los infiernos para rescatar a su amada es digno de admiración, lo mismo que el valor de Héctor por defender su ciudad al enfrentar a Aquiles, o la valentía de Hércules cuando mata al león de Nemea, pero para Aristóteles estas serían acciones aisladas, solitarias, que no potencian la virtud.

Sin embargo, Odiseo no sería el que fue sin la ayuda de sus amigos (su nombre es “nadie” cuando se encontraba solo en la cueva de Polifemo), o Jasón no hubiera adquirido el vellocino de oro sin la colaboración de los argonautas, y más aún, Frodo no es nada sin Sam. Estas acciones en conjunto son en gran medida más admirables. Y no se trata simplemente de un hecho acumulativo, es decir, que sean más personas las que la realicen. Las hazañas colectivas no son mejores o más bellas y dignas de alabanza porque sumen muchas acciones virtuosas, no. Su belleza y nobleza radica en que son acciones que sólo pueden llevarse a cabo conjuntamente. Son acciones comunitarias y por esa razón, al modo de ver de Aristóteles, serían más virtuosas.

En el canto XII de la Odisea, Ulises debe cruzar su nave por el estrecho de Messina. La bruja Circe advierte al protagonista de todos los peligros que implica pasar por ese lugar, pues dicho estrecho está custodiado por dos monstruos: de un lado está la divina Caribdis que “ingiere las aguas oscuras. Las vomita tres veces al día, tres veces las sorbe con tremenda resaca y, si ésta te coge en el paso, ni el que bate la tierra librarte podrá de la muerte” (Od. XII, 104 – 107).  Por otro lado, está la terrible Escila cuyo cuerpo “es de un monstruo maligno al que nadie gozara de mirar, aunque fuese algún dios quien lo hallara a su paso; tiene en él doce patas, más todas pequeñas, deformes, y son seis sus larguísimos cuellos y horribles cabezas cuyas bocas abiertas enseñan tres filas de dientes apretados, espesos, henchidos de muerte sombría” (Od. XII, 87-92). Escila es poderosa e imbatible, ningún arquero podría vencerla. “El consejo de Circe es que se pegue al pie de la roca de Escila y acelere la nave al pasar, y le dice “más te vale con mucho perder solo seis hombres que hundirte tú mismo con todos” (Od. XII, 108).

Odiseo logra superar dicho obstáculo por la valentía de todos sus tripulantes. La heroica disposición de todos los marinos en conjunto con la destreza de los remos hace posible la salvación del barco. La nave no se salva por la intervención aislada y providencial de un solo tripulante, sino por la acción conjunta. Sin esa determinación Escila podría haber acabado con todos ellos. De hecho, el ingenio asilado del astuto Odiseo es insuficiente para vencer. Hay acciones virtuosas, loables que solo se pueden ejercer en conjunto.

Así mismo puede tomarse el ejemplo de los 300 espartanos y el rey Leónidas que logran detener a los persas en el paso de las Termópilas. El secreto de la hazaña fue actuar en conjunto. Si bien es cierto que el ejército está compuesto de individuos, la fortaleza y la eficacia de la acción es el resultado de la unión de todas las fuerzas. Todas estas acciones virtuosas son posibles sólo si quienes ejercen esas acciones tienen un ideal de vida en común y reconocen la igualdad del otro en la necesidad de todos.

La sabiduría misma, reconoce Aristóteles, es inconcebible al margen de la comunidad política, y no es sólo por el hecho de que se necesite comida, vestido o de servicio de salud cuando se requiera. Aristóteles señala que los amigos potencian el pensamiento, que es la actividad propia del sabio, y lo dice citando la Iliada: “´Son dos que marchan juntos’ y que, por ende, son más poderosos en el pensamiento y en la acción”.

El amigo, el otro que ahora se encuentra en la calle y a veces se observa desde la indiferencia del “sabio” catedrático de las universidades, al modo de ver de Aristóteles, es quien tiene la clave para hallar eso que denominamos el modelo de vida buena, ya sea porque le necesitamos para confrontar nuestras opiniones y hacerlas mejores o más claras, o ya sea porque gracias a él, las luchas conjuntas pueden ser más realizables. No cabe duda que sin ese otro semejante y sus maneras de ser en el mundo, de transformar el mundo, de dibujarlo, no sería posible la vida en sociedad.

No son tiempos para pavonear nuestra individualidad vencidos por el prejuicio del interés propio y el egoísmo. El espíritu de la época necesita al formador en la biblioteca, pero también en las calles. Esos lugares que son el origen de tantas historias que se encuentran en la memoria de los libros. Escila y Caribdis, que bien podrían ser también el arquetípico Leviatán (esto es, el Estado de derecho del imperio de la ley y la autoridad), sólo pueden ser superados con acciones en conjunto. El uno que somos todos como reclama Whitman, es la clave para superar dicho monstruo que pisa fuerte, pero que con la suficiente determinación de un pueblo unido que busca un bienestar común puede lograr ese gran ideal de justicia y equidad que cada uno alberga en su entender. El héroe particular que salva al mundo no existe, sólo existen sanchos que direccionan acciones quijotescas, sólo existen pueblos que crean naciones. Es tiempo de escribir, de documentar, pero también de marchar, de ayudar.

Hace tiempo le decía a un amigo que Colombia parece como si tuviera la maldición tebana y que, como Edipo, nuestra sociedad parece que se arrancara los ojos para no ver más la barbarie de la que es presa. Pues bien, ahora esta sociedad sin ojos parece que ha logrado el don de la clarividencia, y se acerca más hacia su destino que es la purga de todas sus faltas por no ver lo evidente, así como le pasó a Edipo.