Aunque reconoce las diferencias (con la alusión a los baños lo evidencia), nos pone de igual manera frente a una cuestión harto curiosa; esto es que lo más revolucionario para una feminista es ser femenina, ser auténticamente mujer, con todo y diferencias.

  

Por: Cristian Cárdenas Berrío

 

“Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.”

Sor Juana Inés.

 

“Mujer que sabe latín…”

Rosario Castellanos.

 

Brujas, sí. Aunque en ocasiones sin brújula siempre con mentes de embrujo y palabras embrujadas; eternamente hechiceras, nunca hechizadas; algunas nigromantes, muchas invariablemente “negriadas”. Lo cierto es que la mujeres  oficiantes de su autonomía, de placeres oficiosas y eruditas de oficio, parece que siempre han sido motivo de escándalo, causa de persecución y menos piedra en el zapato que camino pedregoso. Si le creemos (y esta creencia es deber) a ese historiador galo de inflado apellido Michelet, quien escribió ese libro encantador, de prosa poco encantadora, llamado La bruja –hoy ya un clásico en toda biblioteca feminista- esto ha sido así desde la tracia Hiparquía, pasando por la lúcida Hipatía y la febril Hildegarda, hasta encontrar al Santo oficio que, y esto es claro, al considerarlas brujas, de oficio las asaba o las perseguía, como a la Sor Juana del epígrafe a quien consideraba una monja sin oficio.

Cierto es también que una mujer libre y dueña de sí, nunca ha constituido un desafío para la libertad del macho. La verdadera angustia le surge frente a la imposibilidad de domesticarla. Y esto es tan cierto que en ese amplio gallinero de nuestras letras, plagado de encrestados gallos, en su mayoría altos cantores aunque bajos cantantes, las mujeres de conceptos brillantes, clara prosa y conversación erudita son rara avis. Males necesarios para unos, artículo de lujo para caballeros, dirán otros tantos, aunque siempre anheladas en baja dosis, eso sí, para que las antologías nacionales sean manufacturadas con política corrección y así poder adoptar ante el extranjero estudioso un gesto de emplumada gallardía, diciendo como quien no quiere la cosa: Presten atención, en nuestras naciones hay de todo. Hasta escritoras.

Una de estas aves extrañas es la puertorriqueña Ana Lydia Vega, quien con su fina ironía, sintaxis mordaz y prosa sinuosa e insinuante, ocupa ya uno de los lugares más altos del aviario de las bellas letras latinoamericanas. Su escritura -cuentos, crónicas, ensayos y artículos de opinión- es a todas luces embrujada y sus temas –urbi et orbe– son francamente embrujadores. Bruja si las hay (Y de que las hay, las hay), sobre todo en el sentido que Michelet les da, esta escritora ha sabido hurgar, urdir y urgir novedosas posibilidades en el mágico lebrillo de la lengua castellana. Para decirlo de un envión, “Ella es la que’s”, como repite el ritual el coro de ese famoso bolero de Ruth Fernández, otra borinqueña monumental.

Dentro de los temas seductores -no faltará quien diga reductores- que podemos encontrar en la obra de la escritora boricua son, tal vez, tres los que con mayor asiduidad suele pasar por el sedicioso cedazo de la literatura. El primero de ellos es Lo femenino. No es que le pese su condición de mujer, es que ser mujer en medio de nuestra “virilidad patria” condiciona. La misma autora, hablando sobre la exigencia de salvaguardar los valores nacionales que se le hace a todo proyecto literario en Puerto Rico, nos dice: “¿Y si el machismo resulta ser uno de esos proclamados valores nacionales?”. En medio de semejante ideario de nación se levanta Ana Lydia Vega para decirnos: Sí, soy Mujer, soy Escritora y soy Puertorriqueña. Así, con todas letras, incluidas la M, “la E y la P machúsculas”, dice ella. Esto lo hace sin ambages, pero también sin tono de enfadado reclamo.

Por tanto no encontraremos en su obra ese fenómeno que entre nosotros llamamos la cantaleta, esa suerte de río verbal que arremete violento y fuera de madre, con cantidad de insultos e indultos; reclamaciones y exclamaciones; imprecaciones y deprecaciones, y que cuando se le acaban las piedras echa mano de los palos, para seguir dando una lata cuyo límite tiende al infinito, similar a las descargas de los discos de Ricardo Ray y Bobby Cruz en la década del setenta. Por el contrario, Ana Lydia Vega no aspira a la canonización bajo el ropaje de una Beauvoir caribeña, sino que más bien parece aspirar al alegre ejercicio de la perversión de lo canónico, de la subversión del cauce discursivo, erigiéndose en una especie de erudita heresiarca de tierra caliente. Pero entonces, se preguntará nuestro lector catecúmeno de la herejía analidiense, ¿cómo se nos muestra lo femenino en la obra de la puertorriqueña?

La respuesta tendría por lo menos dos vertientes. La primera de ellas es la que toca con la diada sexualidad-poder, dicotomía propia de una sociedad machista que parece haber subordinado el universo de lo femenino mediante la imposición de una práctica genital egoísta, egotista y egocéntrica casi al punto del onanismo, donde el placer femenino poco importa o comporta algo cercano a la transgresión. Sexualidad en últimas como ejercicio del poder masculino sobre las posibilidades del universo femenino.

En su ya famoso cuento Letra para salsa y tres soneos por encargo, esta relación entre sexualidad y poder aparece de manera clara. Pero en esta ocasión el poder cambia de manos y será “La tipa” la que impondrá sus condiciones en ese otro campo de batalla que es la sexualidad humana. El relato nos narra el asedio de un hombre a una mujer, sujetos transindividuales en el sentido de la sociocrítica de Cross, que no poseen un nombre y se nos presentan como el tipo y la tipa. En el principio del texto la mujer rehuye el cachondo cachondeo del tipo, pero luego se decide y gira sobre su eje -diríase sexual- para tomar las riendas de la situación, imponiendo al tipo, lugar, tiempo y modo de aquella fugaz unión. Viraje ante el cual, el atolondrado acechador no sabe cómo responder; como nadie ignora, este mutis genital es brete común entre los hidalgos de bragueta de nuestra especie, sobre todo al enfrentar el glorioso trance de una mujer de laboriosa lubricidad. Esta suerte de aspirante a “Don Juan” antillano, Aquiles tropical de una épica sin héroes, deviene en un Saulo de Tarso, sin gracia, sin Dios y, claro, sin montura, arrojado al suelo por la deslumbrante presencia y decisión de la tipa, heroína indiscutible de la narración.

Ante semejante descabalgada demoledora y niveladora, el tipo es incapaz de fajarse en la faena y utiliza el baño del motel como burladero sexual para su titánica y heroica impotencia. Nada que hacer, este superhéroe criollo es un eunuco atiborrado de viagra, “La Tipa llama. Clark Kent busca en vano la salida de emergencia. Su traje de Supermán está en el laundry”. El tipo finge entonces estar mal del estómago para tratar de esquivar el golpe final a la quijada, luego de los tres simbólicos derechazos que la tipa le ha encajado, a saber: haber tomado la iniciativa de invitarlo, haber escogido el motel y haberlo pagado.

Finalmente, la escritora nos propone tres soneos -finales- diferentes para el relato, estrategia metaficcional para que el lector seleccione. En el segundo de ellos vemos de manera clara esta relación sexo-poder, obviamente con la mujer como igualadora de ambas sexualidades.

La Tipa confronta heavyduty al Tipo. Lo sienta en la cama, se cruza de piernas a su lado y, con impresionante fluidez y meridiana claridad, machetea la opresión milenaria, la plancha perpetua y la cocina forzada, compañero. Distraída por su propia elocuencia, usa el brassiere de cenicero al reclamar enfática la igualdad genital. Bajo el foco implacable de la razón, el Tipo confiesa, se arrepiente, hace firme propósito de enmienda e implora fervientemente la comunión. Emocionados, juntan cabezas y se funden en un largo beso igualitario, introduciendo exactamente la misma cantidad de lengua en las respectivas cavidades bucales. La naturaleza acude al llamado unisex y el acto queda equitativamente consumado.

Simone de Beauvoir

Es claro que la escritora conoce aquella sentencia de Oscar Wilde, parafraseada por Simone de Beauvoir: Todo tiene que ver con el sexo, menos el sexo. El sexo tiene que ver con el poder. Pero en esta ocasión utiliza la literatura para equilibrar las cargas simbólicas de una sociedad que por siglos ha impuesto un modelo heteropatriarcal, apalancado en la sexualidad masculina como mecanismo de poder.

La otra vertiente que aparece para dar respuesta al interrogante planteado algunos párrafos atrás, es lo femenino como posibilidad enunciativa y sujeto de enunciación. Nuestra autora no entiende los femenino como barricada desde la cual defender la plaza tomada o atacar al enemigo acechante, sino como posibilidad de autenticidad e igualdad en lo diverso. “¿Será, como decía Rosario Ferré, que el escribir es un acto bisexual? Pero a la hora de las vejigas hinchadas, ¿en qué baño te metes? […] me pregunto si la obligación de ser feminista en la estructura no corresponde, en la vida diaria, a la de ser femenina.” Dice en su ensayo, De bípeda desplumada a escritora puertorriqueña.

Aunque reconoce las diferencias (con la alusión a los baños lo evidencia), nos pone de igual manera frente a una cuestión harto curiosa; esto es que lo más revolucionario para una feminista es ser femenina, ser auténticamente mujer, con todo y diferencias. Algunos dirán que esta actitud comporta un retroceso con respecto a la igualdad ganada con sudor y lágrimas, ante lo cual habrá que redargüir que no se debe confundir igualdad con emparejamiento, una cosa es ser parejos, otra es tratar como igual a los iguales y en aquello en que se igualan. “-¡Retroceso!”, seguirán gritando frente a estos dos renglones de ínfulas jurídicas. “-¡¿Retroceso?, pero claro!”, diremos nosotros. Y es que precisamente en ello va la originalidad, en volver a los orígenes, porque la historia -a despecho del inefable Hegel- no es lineal sino espiralada, así que en ocasiones para tomar impulso se debe retroceder, no otra cosa hicieron los prerrafaelitas del XIX; y al regresar a la pintura anterior a Rafael Sanzio catapultaron desde Inglaterra toda la plástica europea. Tal parece que lo mismo ocurrirá con la poesía, después de toda la experimentación formal de las vanguardias, luego de que hubieran saltado las lindes del estadio retórico durante el principio del XX, no habrá nadie más revolucionario que quien, a futuro, se dedique a hacer perfectos sonetos y endecasílabos.

Vemos entonces que lo femenino tal y como la escritora lo concibe se convierte en posibilidad de enunciación, la feminidad como lugar válido de interlocución, no a pesar de su diferencia, sino precisamente por ella. Pero esta concepción de lo femenino tiene como resultado un precipitado capital. En la obra de la profesora boricua la mujer es también sujeto de enunciación. Desde las Odas de Horacio y los Epigramas de Marcial, la mujer en literatura ha sido objeto de enunciación, siempre son otros -el masculino aquí responde a que casi siempre son hombres- los que nos describen el universo femenino, y en no pocas ocasiones cuando sucede lo contrario muchos lo ven como un fardo. Tal imaginario ha llegado al punto de hacer pensar a algunas escritoras que “El adjetivo femenino, delicado como un lazo rosado en la cabeza hidrocefálica de la literatura, constituye una denuncia en sí.”

Por esto es que la tipa del cuento toma las riendas de su vida y de su sexualidad, es ella quien decide y dirige, llevando al tipo en su auto, nada más y nada menos que un Torino, automóvil masculino si los hay, directo al motel elegido por Ella:

Al tercer día, frente por frente a Almacenes Pitusa y al toque de sofrito de mediodía, la víctima coge impulso, gira espectacular sobre sus precarios tacones y: encestaaaaaaaaaa:

—¿Vamos?

[…]

Y esgrimiendo su rictus más telenovel, trata de soltar con naturalidad:

—Coge pa Piñones.

Pero agarrando la carretera de Caguas como si fuera un dorado muslo de Kentucky-fried chicken, la Tipa se apunta otro canasto tácito.

De esta manera la mujer impone sus condiciones y ante el machismo nacional comunica su inconformidad, no solo de forma verbal, sino con su cuerpo, con sus gestos, con el ejercicio pleno de su libertad. Es Ella quien decide decirse a sí misma, comunicarse, revelarse por entero y que mejor manera que hacerlo allí donde siempre han sido superiores, en el tálamo.

(Continuará…)