TRANSITAR LAS EXPLOTACIONES, VOLVER A LA RAÍZ

La naturaleza, al igual que las mujeres, ha sido borrada de la historia como sabedora, que recupera sus caminos y que renace de entre las cenizas.

 

Escribe / Daniela Suárez – Ilustra / Stella Maris

Mucho se ha hablado acerca de la feminidad y el papel que esta ocupa en la vida social, con ella se ha pretendido normar qué es ser mujer, qué debe hacer una mujer, y cuál es la función social de una mujer. Debates y acciones que principalmente se han construido a partir de la visión masculina. Sin embargo, lo que no se ha tenido en cuenta es lo femenino, pues si bien la feminidad constituye una serie de cualidades asignadas a las mujeres, lo femenino por el contrario responde al hecho en sí mismo de ser mujer, hembra, guaricha, cucha, india…

La visión de la feminidad se cimienta a partir de un imaginario ajeno a las féminas (mujeres), pero este no solo se construye sin la participación de estas, sino que desde allí se genera una aceptación histórica de determinadas funciones de servicio, cuidado, reproducción, satisfacción, entre otras, que dan origen a las primeras explotaciones que aún hoy en día son visibles. De este modo, este sistema de dominación (patriarcado) que inicia con las mujeres se extiende, pues se aprende con ellas y se reproduce en otros espacios y con otros sujetos.

De esta manera, se instauran a lo largo del tiempo diferentes modos de producción que, aunque tienen formas de organización diversa coinciden en que son jerárquicos y por tanto se basan en la dominación de unes sobre otres. Asimismo, esta explotación se da también contra el territorio y se ha intensificado con el desarrollo del Sistema Capitalista que, bajo sus marcos ideológicos, económicos, políticos, y que constituido a partir del patriarcado ha logrado legitimar la destrucción de la naturaleza.

Lo anterior se desarrolla desde una relación estrecha con la creencia generalizada de que el progreso social y económico es medible a través de la capacidad de acumular gran cantidad de bienes y servicios que probablemente no sean necesarios. De la misma manera en que hay una gran intención de los sujetos por adquirir montones de cosas, las producciones son masivas, lo que implica una intervención desmedida y despreocupada a los ecosistemas. Las problemáticas ambientales relacionadas con las diferentes formas de explotación son muchísimas, y parece crítico el punto al que ha llegado la devastación provocada por los seres humanos.

¿Somos el color de la tierra? Al parecer, a través de todas estas dinámicas sociales, económicas, políticas, el afán del día a día, el pensar en sobrevivir y en progresar, ha eliminado de nuestro espíritu el encontrarnos con nuestra madre, con la tierra, con el territorio que es femenino, que es dador de vida, que es fértil, que es creador y origen a la vez. Que la naturaleza, al igual que las mujeres, ha sido borrada de la historia como sabedora, que recupera sus caminos y que renace de entre las cenizas.

De la misma manera en que se ha construido una reivindicación por los derechos de las mujeres y de las poblaciones que han sido vulneradas a través de prácticas patriarcales, se debe dar visibilidad a la lucha por la construcción de los derechos ambientales en donde las relaciones con los sujetos se configuren desde la horizontalidad, eliminando la jerarquía y apostando más bien a la integralidad de la armonía, de prácticas que se orienten al respeto, a la conservación y a la no explotación de los territorios.

Para así siempre recordar que la tierra tiene ciclos vitales, ciclos naturales y que nuestros cuerpos funcionan de la misma manera repetitiva y renovadora, esto es evidente en lo más mínimo como lo es nuestra respiración, que se refleja en la fotosíntesis de las plantas, en el sonido del agua, en la marea del mar. Olvidamos que nuestros sentimientos se reflejan en los elementos de la tierra y que la naturaleza es el reflejo de nuestro estado como sociedad. Hemos dejado pasar que el agua y las plantas tienen memoria, que responden a las energías y se reconfiguran a partir de la amabilidad. Olvidar que tierra somos nos hace irreflexivos, inconscientes e inhumanos. ¿Qué vamos a transformar para regresar a la raíz?

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