Foto: archivo Radio Nacional de Colombia

ANCÓN 1971: HITO Y MITO DE UN HISTÓRICO FESTIVAL DE ROCK EN COLOMBIA

En junio de este año se cumplieron cincuenta años de un mítico festival de rock realizado en un vasto, agreste y montañoso parque llamado Ancón Sur, en el municipio de La Estrella, cercano a la ciudad de Medellín. 

 

Escribe / Jaime Flórez Meza – Ilustra / Stella Maris

En junio de este año se cumplieron cincuenta años de un mítico festival de rock realizado en un vasto, agreste y montañoso parque llamado Ancón Sur, en el municipio de La Estrella, cercano a la ciudad de Medellín. Gonzalo Caro Maya, conocido como Carolo y uno de los gestores del evento, murió el pasado 25 de julio: vivió, pues, para celebrar la efeméride que pasó desapercibida por los medios de difusión masivos del país, salvo contadas excepciones.

El Festival Internacional de Rock and Roll, nombre original del certamen que sería recordado simplemente como Festival de Ancón, ciertamente marcó un quiebre cultural y social en la Colombia de comienzos de los setenta: encerrada en sí misma, xenófoba, conservadora, ultra católica, provinciana, tradicionalista y tardíamente moderna. Medellín era una de las ciudades colombianas que mejor expresaba todo ello, mientras que otras como Bogotá y Cali estaban más cercanas al cosmopolitismo y al cambio sociocultural que se había irrigado en la década maravillosa de 1960 en Occidente. Bogotá, de hecho, era el epicentro del movimiento hippie en el país. En esa dinámica dos festivales de rock se habían realizado en la capital colombiana en 1970: el Festival de la Vida y Rock en las Montañas, en junio y agosto respectivamente. Eran eventos hippies al aire libre, que era lo usual por aquellos años. Sin embargo, un gran evento multitudinario como el Festival de Música y Arte de Woodstock de 1969 o el Festival de la Isla de Wight, en el Reino Unido, pionero de los festivales masivos que se realizaba desde 1968, no había tenido lugar en Colombia ni en Latinoamérica. Y pese a que en el país no se contaba con los medios suficientes para hacer un festival semejante, dos hippies colombianos se propusieron hacer un festival que rompiera todas las convenciones de la época en la sociedad local, aunque fuese hecho “con más buena voluntad que conocimientos”, como escribió en su momento el recientemente fallecido periodista y escritor Germán Castro Caycedo, que cubrió el evento para el diario El Tiempo. Y sin apoyo económico privado o estatal. Toda una quijotada.

 

 

 

Los hippies en cuestión eran Humberto Caballero, uno de los líderes del movimiento en Bogotá, y Carolo, que era el hippie más reconocido de Medellín. Si bien no todas las versiones coinciden, la más difundida sostiene que Carolo concibió la idea de un gran festival de rock durante unas vacaciones en la isla de San Andrés y en medio de un “viaje” psicodélico con LSD. Otros afirman que fue Caballero el artífice por cuanto contaba con experiencia en la organización de conciertos de rock, como los mencionados festivales pioneros de 1970, a través de la empresa Colinox Unidos. Caballero quería extender estos eventos a otras ciudades del país, por lo que la iniciativa de hacer un festival en Medellín ya estaba en sus planes. Así que lo que parece haber ocurrido fue una coincidencia de ideas entre el hippie medellinense y sus pares bogotanos, pues además de Caballero estaban Eduardo Restrepo Caro, Álvaro Díaz y Gustavo Arenas, conocido como Doctor Rock.

La impronta del Festival de Woodstock, realizado en Bethel, Nueva York, estaba muy presente como el mayor suceso de la contracultura estadounidense. El año también resultaba propicio: 1971 se había caracterizado por la movilización social a lo largo y ancho de Colombia, con protestas estudiantiles, obreras, campesinas e indígenas. Probablemente fue el año de la mayor protesta universitaria en la historia de Colombia que puso en jaque al Estado; en febrero se había creado el emblemático Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric); la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc) promovía la posesión de tierras por parte de los trabajadores. Por otro lado, las guerrillas (Farc, ELN y EPL) intensificaban sus acciones. Y el 2 de junio el gobierno de Misael Pastrana Borrero, cuestionado por su triunfo ilegítimo en las elecciones de 1970, derogaba el decreto de cierre de universidades y se sentaba a negociar una reforma de la educación superior y la autonomía universitaria. Cabe destacar que el movimiento estaba integrado por estudiantes tanto de universidades públicas como privadas.

En aquellos convulsos meses el director Luis Ospina planeaba hacer su primer documental (Oiga vea) en su ciudad natal con ocasión de los Juegos Panamericanos de Cali que se realizarían entre el 30 de julio y el 13 de agosto. Mucho tiempo después Ospina diría que Mayo del 68 llegó a Colombia en 1971 por todo el estallido social, político y cultural que se vivió. Del mismo modo, Woodstock llegaría al país ese año, tanto con el premiado documental Woodstock: 3 días de paz y música como con el Festival Internacional de Rock and Roll que tendría lugar entre el 18 y el 20 de junio en el parque de Ancón. La prensa nacional anunciaba la realización de un “Woodstock a la colombiana”,[i] como lo catalogara El Tiempo con todo lujo de detalles. Se creó así una expectativa muy grande en todo el país que incluso traspasó las fronteras y atrajo tanto a jóvenes colombianos como de los países vecinos y, según dicen algunos, de otros como EE.UU. e Inglaterra.

Sin embargo, el festival se empezó a mitificar desde antes de su realización. El Tiempo, por ejemplo, afirmaba que la Metro Goldwyn Mayer iba a filmar el evento en 35 m.m. y a color para producir un documental. Y aunque en una imagen de archivo fílmico (sin sonido, como las pocas que se conservan) puede apreciarse una cámara cinematográfica y a su operador, no se sabe si corresponde a dicha filmación (si es que acaso se llevó a cabo) y menos aún qué ocurrió con el material registrado. En cuanto a la publicidad, la más efectiva fue la de las noticias que sobre el festival dieran la prensa escrita, la radio y la televisión, por una parte, y el férreo rechazo de la curia medellinense a su realización, por otra. Todo indica que ni el Concilio Vaticano II ni la progresista conferencia episcopal de 1968 que tuvo lugar en Medellín y que dio un impulso a la emergente Teología de la liberación, bastaron para que el clero de la ciudad se mostrara tolerante ante un evento en el cual se puede constatar la presencia de dos monjas que acudieron por curiosidad o por algún otro motivo, pese a la advertencia arzobispal de que todo el que asistiera al festival sería excomulgado.

La insólita afluencia de hippies en Medellín en los días previos y posteriores al concierto hizo que la ciudad fuese llamada “epicentro mundial hippie”[ii] y que se hablara de un “foro mundial hippie”.[iii] Sin embargo, no hay constancia de que se realizaran encuentros paralelos dirigidos a esta comunidad (como conferencias, charlas y ciclos de cine) y lo cierto es que lo que hubo fue una suerte de gran peregrinación juvenil a Medellín para asistir a un espectáculo musical cuya consigna era “¡melenudos de todo el mundo, uníos!”. La organización también hablaba de un acontecimiento para la “purificación de miles y miles de almas”.[iv] Lo místico al lado de la música rock o ésta como instrumento de tal purificación.

 

Foto: Archivo Radio Nacional de Colombia

 

Las bandas participantes provenían de Bogotá, Cali y Medellín. Los Flippers, una de las bandas de rock más reconocidas del país, figuraba en la programación; pero, inexplicablemente, a última hora canceló su presentación. Otras bandas importantes y pioneras del rock en Colombia como los Yetis y los Speakers ya se habían disuelto para entonces. Un hecho que podría parecer curioso, entre los muchos que caracterizaron al “Woodstock colombiano”, es la participación de un ensamble de rock entre dos populares orquestas de música tropical, Los Graduados y los Black Stars, ambas de Medellín.

¿Por qué se escogió el parque Ancón Sur? La leyenda dice que a Carolo le pareció el lugar indicado cierta vez que estaba buscando allí hongos alucinógenos. Era un inmenso parque que resultaba ideal para un multitudinario festival al aire libre de tres días, como el Woodstock estadounidense. Además, Carolo contó con el apoyo del alcalde de Medellín, Álvaro Villegas Moreno, quien por su empatía hacia el certamen fue llamado “el alcalde Hippie”.[i] Pese a los ataques de los sectores más conservadores y reaccionarios de la ciudad, el alcalde, que por cierto era de filiación política conservadora, defendió el festival señalando, entre otras cosas, que “solo hemos reconocido un hecho. En todos los países del mundo se da permiso a los jóvenes para que realicen esta clase de festivales. Ni en Medellín, ni en Colombia entera hay un solo muchacho a quien no le guste la música rock. (…) Dimos permiso para este festival de música, como lo dimos para el del tango que comienza el lunes”.[ii] Aun así, caía en estereotipos en cuanto a una música que le parecía “exótica por el hecho que la toca gente que no se afeita, que no se baña”.[iii]

 

Foto: archivo Biblioteca Pública Piloto de Medellín

 

¿Quién era Carolo? Gonzalo Caro Maya era un inquieto estudiante de economía de la Universidad de Antioquia. En sus primeros años había sido un agitador estudiantil que era detenido con frecuencia por la policía por subvertir el orden público. Cuando en junio de 1971 se dirigió a la policía de Medellín para solicitar su apoyo para la seguridad del festival de rock and roll, el comandante, extrañado, no entendía cómo aquel joven revoltoso estaba ahora al frente de un evento de música, paz y amor. Carolo se había deslizado de la acción política extrema al nadaísmo, el movimiento literario y cultural fundado por Gonzalo Arango, y había hecho amistad con éste y otros de sus miembros (estaba de vacaciones con Arango y otros de ellos en San Andrés cuando aseguraba haber tenido ese sueño psicodélico en el que se imaginó un gran festival de rock). Carolo había cambiado, pues, la piedra y las bombas molotov por el nadaísmo y por el pacifismo y la estética del hippismo. Como tal había montado un pequeño negocio en el paseo Junín de Medellín en el que vendía indumentarias, accesorios hippies y música rock.

Para realizar el festival de rock and roll Carolo hubo de solicitar un préstamo a través del argentino Leonardo Nieto, fundador y propietario del Salón Versalles, un café emblemático de la ciudad que era frecuentado por intelectuales y que aún funciona. Nieto donó cinco mil pesos y sirvió de fiador para un préstamo de diez mil (otras versiones hablan de cincuenta mil). La alcaldía solo colaboró dando el permiso para hacer el festival en aquel predio de su propiedad. La empresa privada no dio ningún auspicio, pero Coltejer regaló una lona para el escenario y el músico e industrial antioqueño Hernán Vélez prestó el resto de la amplificación que se requería.

Los organizadores habían imprimido diez mil entradas, que se agotaron el primer día (18 de junio). El costo de la entrada era de 13 pesos con 20 centavos. Carolo afirmaba que imprimieron para el resto del festival cincuenta mil entradas, pero que era tal la avalancha de público (presumiblemente no bastó toda la boletería) y el número de personas que ingresaban al parque por atajos que al tercer día el evento se volvió gratuito, como acabó siendo el mismo Woodstock. En ese sentido, en el momento de mayor afluencia pudo haber en Ancón 200 mil personas, según calcularon los propios organizadores; pero esto es también parte de la leyenda. También llovió durante el evento, como en Woodstock, y muchos jóvenes se revolcaron en el fango.

 

Foto: Horacio Gil Ochoa

La improvisación en el desarrollo del festival no parece haber sido un hecho excepcional. De las trece bandas y los tres solistas anunciados no se sabe con exactitud si todos participaron. Para empezar, según se había previsto, cada grupo debía tocar por treinta minutos; sin embargo, Gran Sociedad del Estado, la banda que abrió el festival, tocó dos horas y media, lo que hace suponer que o no todos los artistas programados para ese día habían llegado al parque o a la ciudad o que la nómina artística no alcanzaba a cubrir tres días de concierto y fue necesario que los músicos redoblaran su tiempo en el escenario. Y se dio el caso de que una banda que no estaba en el cartel, Hope, fuera la encargada de cerrar el festival. Con todo, en su reseña crítica del libro El Festival de Ancón: del quiebre histórico a la quiebra histórica (2001), editado por Carlos Bueno y Carolo, José Ernesto Ramírez pone en duda que tocaran “todos los grupos citados por los relatores”,[i] y se pregunta si “posiblemente fueron los mismos músicos en alineaciones diferentes -cambio de camisetas- que hicieron creer la variedad supraterritorial del evento”.[ii]

 

Cartel de Ancón con errores (m por n y falta la tercera fecha del evento) Foto: archivo Radio Nacional de Colombia

 

La no existencia de un registro sonoro y audiovisual como tal (las imágenes grabadas carecen de sonido) dificulta saber con certeza si todos los rockeros convocados tocaron: el material fotográfico y gráfico del festival se perdió para siempre cuando Carolo se lo entregó en 1973 a Manuel Quinto, quien lo iba a emplear para la escritura de un libro sobre el festival. En un rapto de locura —o posiblemente de un mal viaje con ácidos— Quinto intentó suicidarse incinerando la habitación en la que vivía, pero logró sobrevivir mientras que el material se consumió por completo en las llamas. El único material fotográfico que se conserva es el de Horacio Gil Ochoa y el de los archivos de los medios impresos que cubrieran el festival. En cuanto a material fílmico, Carolo había reunido los rollos de súper 8 que se habían captado y los había entregado a su hermano que vivía en Canadá para que los transfiriera al formato de video betamax. El hermano murió y nunca se supo en qué laboratorio los dejó.

De acuerdo con Carlos Bueno la empresa colombiana Codiscos iba a grabar todas las intervenciones musicales para mezclar y editar posteriormente un vinilo del festival. De la tarea de grabación se iba a encargar Guillermo Díez, uno de los propietarios de la disquera. Pero alguien puso LSD en una cerveza que se estaba tomando, lo que hizo que abandonara los equipos de grabación en medio del frenesí psicodélico. Aunque esta puede ser otra historia más que haga parte de la leyenda de Ancón, sí fue un hecho la transmisión radial del evento por parte de Aurelio Toro de La Voz de la Música, de Medellín, la única estación que lo transmitió.

Los ataques de la Iglesia católica al festival, de parte del arzobispo de Medellín y en particular del sacerdote Fernando Gómez Mejía —que conducía un influyente y moralista programa radial— fueron tan virulentos que presionaron la renuncia del alcalde Villegas Moreno, pues hasta la Procuraduría Judicial de Medellín ordenó una investigación para establecer quiénes fueron los funcionarios de la alcaldía que autorizaron la realización del festival, aparte del propio burgomaestre. No bastó el hecho de que ningún hecho de violencia se presentara durante el evento, ni que tampoco se constatara orgía alguna, como se había alertado. Probablemente lo que más irritaba a las autoridades era el talante rebelde, libertario y anarquista de los miles de hippies reunidos y que deambulaban por la ciudad (según parece, a los pocos días la policía empezó a expulsarlos de la urbe). Y, por supuesto, el abundante consumo de sustancias psicoactivas:

“De acuerdo a las informaciones suministradas por un vocero de la Procuraduría Judicial de Medellín ese despacho ya envió un oficio al alcalde del municipio de La Estrella Bernardo Saldarriaga, en cuya jurisdicción está ubicado el parque del Ancón para que allegue todos los datos necesarios sobre la violación de las claras disposiciones vigentes, tales como las restricciones al consumo y tráfico de marihuana y otros alucinógenos que al decir de otros observadores se utilizaron en forma desbordada durante la realización del festival de música pop que congregó en el parque metropolitano del Ancón a más de diez mil hippies de todo el país y del exterior”.[1]

La actitud del alcalde siempre fue tolerante con el festival y con los jóvenes, fueran o no hippies. En la víspera de la inauguración Villegas Moreno había intentado tranquilizar a la ciudadanía diciendo que no se iban a registrar tantos actos extravagantes como se pensaba, “pues por fuera se cometen 10.000 diarios, lo cual no inmuta a nadie”.[2] Finalizado el certamen y ante la arremetida de la Procuraduría Judicial y de la policía, en rueda de prensa había mostrado su desacuerdo con la expulsión ilegal de hippies: “aquí no existe la ley del destierro y por el mismo motivo quien venga a Medellín puede permanecer en la ciudad siempre y cuando tenga sus papeles en regla”.[3] Se quejó igualmente del encarcelamiento de decenas de jóvenes “por el simple hecho de ser hippies y haber extraviado sus papeles de identificación”.[4] El diario El Tiempo, por otra parte, señalaba que Villegas Moreno había dicho que “no le tocará como burgomaestre de Medellín inaugurar otro festival de música rock porque se retirará de esta posición por múltiples motivos entre ellos el de que para ser alcalde de esta ciudad se requiere ser rico y él solo tiene una fabriquita que está al borde de la quiebra y a la cual regresará para sacarla a flote”.[5] Los motivos de fondo, por supuesto, eran otros.

Entretanto, los organizadores del polémico festival habían dicho a la prensa que las pérdidas superaban los 160 mil pesos, una elevada suma para la época. En el fracaso económico también coincidía con Woodstock. Esa era, por tanto, la quiebra histórica a la que se refería el libro de Carlos Bueno. Pero, por su carácter independiente, el evento no se había planteado como un negocio. En ello era coherente con el espíritu hippie anticapitalista, aunque José Ernesto Ramírez también pusiera en duda el que no haya sido estrictamente un negocio “desde el punto de vista capitalista”.[6] También se ha dicho que cierto sector de la izquierda colombiana, probablemente la Juventud Comunista (Juco), rechazaba el festival porque aseguraba que la CIA financiaba el festival con fines de dominación imperialista de los jóvenes. Nuevamente para Ramírez, no es claro el papel de la Juco en todo esto, pero lo cierto es que los comunistas no veían con buenos ojos el rock porque lo juzgaban como una práctica social burguesa.

En diálogo con el cineasta Víctor Gaviria, Jorge Zapata Montoya, cineasta amateur, habla del material que filmó durante el festival y que dio a conocer en 2017:

https://www.youtube.com/watch?v=NN0ZrDYbC7g

 

Carolo en su tienda de Medellín en 1971 Foto: archivo Radio Nacional de Colombia

 

El legado

La gran prensa parece no haber estado preparada, como tampoco lo estaba la sociedad medellinense y colombiana en general, para dimensionar la importancia del Festival de Ancón. No pudo quizás ponerlo en el contexto del momento político, social y cultural que tenía como protagonistas a los jóvenes. No se supo advertir, por ejemplo, que Ancón era justamente lo que las nuevas generaciones del país necesitaban como parte de ese mundo para la juventud que se había creado en los años cincuenta en EE.UU. y que posteriormente se había expandido por todo el mundo, reconociendo por primera vez a los jóvenes como sujetos sociales. Tampoco se reconoció, al menos no con la contundencia que tanto organizadores como asistentes habrían agradecido, que Ancón fue una demostración de pacifismo, de una generación que creía en la paz, la fraternidad, la convivencia, la tolerancia, en un país que se había desangrado veinte años atrás en un conflicto fratricida conocido como La Violencia, cuyas heridas estaban aún abiertas.

En torno al evento, por tanto, la prensa de la época se detuvo más en cuestiones superficiales, especulativas, prejuiciosas y a menudo sensacionalistas que veían un espectáculo procaz, caótico, degradante y estrafalario, y a los jóvenes como desadaptados, exhibicionistas y antisociales. En los días posteriores al festival el foco de atención de la prensa parecía estar más en la investigación que adelantaba la Procuraduría Judicial en contra de los funcionarios de la alcaldía por permitir un espectáculo que consideraba inadecuado y hasta ilegal en su realización, así haya transcurrido en calma y se hubiera pagado hasta el último centavo de impuestos, que en su ruptura generacional, su diálogo con la contracultura internacional y su significancia para los jóvenes colombianos.

Ancón fue también un hecho político, pero no porque algún partido o ideología estuviera detrás de él sino porque se alineaba con esa utopía de la paz, el amor, el rock, la comunidad, la defensa del medio ambiente y la interculturalidad que suponía el movimiento hippie, la forma más radical de contracultura que había conocido Occidente, justamente en respuesta al individualismo, el mercado, el desarrollismo, la competencia, la sobreexplotación natural y humana y el consumismo que exaltaban la sociedad industrial capitalista. Por otra parte, mientras el gobierno de Richard Nixon le declaraba la guerra a las drogas, que ha sido uno de los mayores y más costosos fracasos de la historia contemporánea, Ancón rechazaba el prohibicionismo y sugería implícitamente que lo mejor sería liberar el consumo de sustancias psicoactivas: eso solo se dio durante tres días, en los cuales no hubo ningún intoxicado, ninguna riña, mientras que las intoxicaciones, peleas, muertes y accidentes por ingestión de alcohol eran y siguen siendo notoriamente mayores en el país. Veinticinco años después de Ancón la Corte Constitucional abriría el camino a la legalidad de la dosis personal de sustancias psicoactivas, como parte del libre desarrollo de la personalidad. Y hoy son cada vez más los estados que legalizan la marihuana o proponen su legalización —tanto con fines medicinales como recreativos— y plantean la de otras drogas como la cocaína.

En lo que tiene que ver con el rock, que era la razón de ser de Ancón, a partir de entonces la meca de este género en Colombia empezaría a desplazarse de Bogotá a Medellín, que sería un auténtico semillero de bandas. Es a partir de Ancón que el rock hecho en Colombia encuentra su lugar en el país y que las disqueras le apuestan a sus nuevos cultores y no solamente a los músicos anglosajones. Así, aumenta la difusión del rock colombiano, que empieza a encontrar sus señas de identidad. Los conciertos rockeros se extenderán por todo el país, pero ninguno alcanzará la magnitud de Ancón, hasta que en 1994 se dé inicio en Bogotá a Rock al Parque, de carácter anual, que llegará a ser el más grande festival de rock gratuito y al aire libre de Iberoamérica y el tercero a nivel mundial. Ancón solo tendría una segunda edición en marzo de 2005, organizada por Carolo y sin el impacto del festival de 1971. El mismo Carolo solía decir que ya no era posible hacer otro porque el primero era irrepetible. Porque no solo fue un extraordinario evento musical sin antecedentes en el país sino el más grande encuentro y suceso del movimiento hippie colombiano.

Desafortunadamente el paraíso de paz, amor y libertad de Ancón no duraría mucho: Medellín se transformaría en un infierno de violencia en los ochenta debido a ese otro quiebre sociopolítico que supuso con brutalidad y terror el narcotráfico, en cabeza de Pablo Escobar. Escobar tenía 21 años cuando ocurrió lo de Ancón, un año menos que Carolo, y era la antítesis de aquellos jóvenes que soñaron con un país libre, tolerante y en paz, y que lo demostraron en un legendario fin de semana en el que la segunda ciudad del país fuera el epicentro de la contracultura internacional con sus connotaciones de psicodelia, amor, creatividad y conciencia expandida.

NOTAS

[1] “Investigarán comportamiento de funcionarios en festival hippie”, El Tiempo, 23 de junio de 1971.

[2] Álvaro Villegas, un alcalde ‘hippie’”, op. cit.

[3] Álvaro Villegas Moreno, citado por El Tiempo, “Investigarán comportamiento…”, op. cit.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.

[6] “Del hippismo híbrido”, op. cit.

[i] “Del hippismo híbrido”, José Ernesto Ramírez, Boletín Cultural y Bibliográfico, Banco de la República, Vol. 39, No. 61, 2001, p. 103.

[ii] Ibíd.

 

[i] “Álvaro Villegas, un alcalde ‘hippie’”, El Colombiano, 18 de junio de 1971, p. 1A.

[ii] El Tiempo, 18 de junio de 1971.

[iii] Ibíd.

[i] “En Medellín Woodstock a la colombiana”, El Tiempo, 15 de junio de 1971.

[ii] “Medellín. Epicentro mundial hippie”, El Tiempo, 14 de junio de 1971, p. 38.

[iii] Ibíd.

[iv] “En Medellín Woodstock a la colombiana”, op, cit.