IAN Y JON, LOS ACORDES DE DIOS

 

Yes fue una agrupación situada siempre cerca de un borde que nunca se alcanza: sus improbables límites están en perpetua expansión hacia territorios desconocidos, como lo sugieren las ilustraciones de sus caratulas.

 

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

Comparten el mismo apellido, sin tener parentesco alguno conocido… salvo el de ser músicos tocados por la gracia.

Su hermandad es más honda y pasa por el don de una voz exquisita para uno y un Gloria in excelsis en la interpretación de la flauta traversa para el otro. Sus nombres de pila son breves, como si quisieran pasar de largo hacia estaciones más perdurables.

Fue Álvaro Guarín, gran conocedor que atendía su clientela de peregrinos en una taberna llamada Akí, quien a finales de los años setenta me abrió las puertas de su casa y de paso me franqueó también el camino hacia una dimensión de la música contemporánea que no he cesado de explorar: el llamado “rock sinfónico”, etiquetado con ese nombre por la industria del disco, ante la imposibilidad de definir un universo musical en permanente transformación.

Álvaro era una suerte de chamán, que oficiaba su rito diario en el tercer piso de un edificio de apartamentos ubicado en la carrera séptima con calle treinta de Pereira. Hasta allí llegábamos los feligreses siempre puntuales. Algunos eran novicios y otros con aire de iniciados en los misterios. Nos juntaba un propósito: afirmar un credo que muy pronto evolucionó hacia la devoción pura por la música de Yes y Jethro Tull, las bandas de rock lideradas por Jon e Ian Anderson, en ese orden.

“Si de veras los ángeles cantan, con seguridad lo hacen como Jon Anderson”, solía decir el anfitrión, mientras ponía a sonar un vinilo de tapas verdes titulado Close to Edge, grabación definitiva en la discografía del grupo. El título no pudo ser mejor escogido: Cerca del borde. Porque Yes fue una agrupación situada siempre cerca de un borde que nunca se alcanza: sus improbables límites están en perpetua expansión hacia territorios desconocidos, como lo sugieren las ilustraciones de sus caratulas.

Dicho con otras palabras: sus fronteras son siempre un umbral.

Desde luego, el cantante no estaba solo en su tarea. Siempre estuvo rodeado de virtuosos y, en algunos casos, de auténticos genios como el guitarrista Steve Howe, formado en la mejor tradición clásica del instrumento y considerado durante cinco años consecutivos como “El mejor guitarrista del mundo” por la revista especializada Globe. Otros grandes también hicieron parte de Yes durante su mejor época: los tecladistas Tony Kaye, Patrick Moraz y Rick Wakeman, quien realizó una brillante carrera en solitario; los bateristas Bill Budford y Alan White, aparte del bajista Chris Squire.

Juntos legaron para la historia del género discos como Fragile, The Yes album, Relayer, Tales from topographic oceans y el ya mencionado Close to the Edge, varios de ellos ilustrados por el artista Roger Dean, que supo traducir en imágenes el mundo onírico y a menudo surrealista de las canciones de la banda situadas, como el título de una de ellas, “A las puertas del delirio”.

En un universo paralelo y a veces convergente, Ian Anderson hizo lo propio con la flauta traversa. Músico de conservatorio- en su fértil carrera como solista ha sido autor y director de varias piezas sinfónicas -desde sus comienzos exploró las fuentes de la música tradicional campesina de Gran Bretaña incluidas las leyendas galesas y escocesas-. El encuentro de esas dos corrientes, soportadas en la estructura básica de los grupos de rock, dio lugar a uno de los sonidos más singulares en la historia del género, bautizado por la crítica como “El sello Jethro Tull”. El nombre de la agrupación lo tomó Ian de un agrónomo del siglo XVII, inventor de una máquina sembradora de tracción animal, que revolucionó la historia de la agricultura en las islas.

De esa manera, le rendía tributo a la cultura popular campesina, porque en últimas su cancionero ha sido una suma de variaciones sobre lo que su amado compositor Gustav Mahler llamó “La canción de la tierra”.

Expresión de ese espíritu son álbumes como Songs from the wood y Heavy Horses, producidos a mediados de los setenta, discos donde el aliento de la naturaleza se manifiesta en la fuerza de las canciones que les dan título.

Jon es un devoto lector de libros de ciencia ficción y activista en la defensa del medio ambiente. Más conservador, al fin y al cabo, Ian prefirió siempre la poesía tradicional inglesa. Espíritus religiosos ambos, el primero eligió el camino del paganismo místico que rinde culto a las fuerzas de la naturaleza, mientras Ian suscribe ideas clásicas del cristianismo (tiene un disco en solitario, titulado Twelve dances with God) que no tardan en chocar con la estructura de poder propia de las iglesias organizadas.

Jon es afecto al romántico J.Brahms. Ian prefiere la religiosidad de J.S. Bach. Cada uno a su manera incorporó la tradición sinfónica al rock, enriqueciéndolo y ampliando sus horizontes. Bien vale la pena volver a ellos en este 2021, cuando discos tan representativos de su obra como The Yes Album y Acualung cumplen medio siglo de su aparición en el mundo musical.

 

PDT. Les comparto enlaces a las dos bandas sonoras de esta entrada: