Su prosa es de una sencillez que desarma, espontánea, cercana, no delata las influencias. Es uno de sus grandes méritos.

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Por: Camilo Alzate

Las voces originales en la narrativa colombiana son escasas, y si son jóvenes, uno diría imposibles. Una admiración grata es encontrarse a Ángela Rengifo con su colección de relatos Silencio y otros cuentos (Universidad del Valle, 2012). Sorpresa perturbadora, también.

De tono íntimo, en primera persona las más de veces, los relatos van adquiriendo sabor secreto, de confesión de cotidianidades, cuya simpleza aturde y perturba. Jugando al espejo borgiano, la autora desorienta al lector. Un ser común contemplando una postal, mientras la escena común de la postal lo contempla a él, como en algún cuento de Cortazar. Niños retrasados, o locos, o imbéciles, igual que el protagonista de una novela de Faulkner observan el mundo de los mayores con una inocencia trastornada. La inocencia puede ser terrible. La inocencia puede ser todo, menos inocencia. Un perro protege su dueña, prostituta, aunque jamás entienda el oficio. El perro, es él quién nos describe las escenas, se agazapa bajo esa cama que cruje y esa carne que gime con dolor. En otro relato hay una niña que repite la historia de su tía loca, condenada al sufrimiento y la transgresión, entregándose a un peón de la finca bajo las aguas del río. “Por primera vez ambos nadan en el cuerpo desnudo de otro” escribe la autora. Línea que justifica todo el cuento. Por esa línea vale la pena sacrificar un mundo, sacrificar el futuro de la niña inocente.

Ángela Rengifo mide bien las palabras. Las justas y las precisas. Su prosa es de una sencillez que desarma, espontánea, cercana, no delata las influencias. Es uno de sus grandes méritos. La estructura de los cuentos acude a la sorpresa; otro relato narra la relación difícil de infidelidad entre una pareja. Culmina con un incendio que mata a la amante. La última línea descubre la prueba del crimen en las manos de la esposa: ese encendedor azul.

Cuando no es la sorpresa es la perplejidad, estilo tan bien ensayado por Carver o Hemingway,  relatos que se cortan con el aliento. Una partida de ajedrez saca las fichas. El amor es semejante a una guerra, pero con arte. La literatura es similar al arte, pero con guerra. Peón contra caballo, alfil contra reina, hacia una situación de jaque dónde dos desconocidos, hombre maduro y joven estudiante, coquetean con violenta hostilidad en la mesa de una cafetería. No hay momento para el mate. Se aplaza en el último suspiro. Nos corta el último suspiro.

Sólo encuentro un vacío en ésta colección emocionante de relatos. El sentimiento, subjetivo y parcializado, de que todas las voces narradoras podrían ser la misma, porque llevan a la saturación de un clima trastornado, denso. Ángela Rengifo irrumpió ya casi completa, ya casi total, dueña de un estilo impecable. Lo que venga de ahora en adelante serán otros cuentos.

 

Publicada originalmente en la revista Santo y Seña número 15 de 2014