El psicoanalista Carl Gustav Jung advirtió, como ningún científico lo ha hecho, la necesidad de adoptar el concepto de la Unicidad en el alma humana.

 

Por / Jorge Eliécer Triviño       

Uno de los interrogantes que nos asediaban, desde nuestra niñez, era la aparente antonimia entre el bien y el mal.

Pasado el tiempo, han venido en nuestro auxilio variados autores: espiritualistas, científicos, filósofos, escritores y psicólogos; también ha sido de gran ayuda la semántica.

Pero, para comprender a cabalidad este maravilloso tema es necesario saber que El Universo emanó de La luz Abstracta y Absoluta; denominada: Tinieblas.[1]

Gustavo Adolfo Bécquer, en la Leyenda de la creación, nos dice:

Brahma es el punto de la circunferencia; de él parte y a él converge todo. No tuvo principio ni tendrá fin. Cuando no existían ni el espacio ni el tiempo, la Maya flotaba a su alrededor como una niebla confusa, pues absorto en la contemplación de sí mismo, aún no la había fecundado con sus deseos. Como todo cansa, Brahma se cansó de contemplarse, y levantó los ojos de una de sus cuatro caras y se encontró consigo mismo, y abrió airado los de otra y tornó a verse, porque él lo ocupaba todo, y todo era él.[2]

         Podríamos citar varias leyendas al respecto; pero el objeto principal nuestro no es el de demostrar mediante citas una verdad que es accesible al entendimiento, pues de las sombras surge la luz; así como de la entraña oscura de la tierra brotan las gemas más preciosas —como las esmeraldas y los diamantes—; pero hay otro misterio más extraordinario: el pensamiento se gesta en la oscura entraña de nuestra caverna; en nuestro cerebro, y es bien sabido que nuestros órganos internos mantienen el principio vital, gracias a esa oscuridad. Igual razón nos asiste para creer que de la entraña oscura del alma humana surge la preciosa gema de la sensoconsciencia; es decir: el sentir consciente.

Piero, en una de sus más bellas canciones, en La creación, dice así: Todo era frío, sin vida y silencioso, cuando de pronto, se oyó la voz de Dios. La luz rasgó con un trueno las tinieblas, y el mundo, entonces, de la nada surgió” Podríamos citar las diferentes leyendas de todas las partes del mundo, donde, de forma oral, se fue transmitiendo este trascendental conocimiento.

La humanidad, con su vox populi o vox Dei, igualmente nos ha ayudado a entender este complejo problema para nuestra mente.

“Cuando el diablo habla, licencia tiene de Dios”. Esta sentencia, en apariencia, es inverosímil; pero si la analizamos a cabalidad, y a la luz de la sabiduría, es completamente real. Si consideramos a La Divinidad, cualquiera que fuere el nombre que se le diere, como un Todo, Único e Indivisible, ÉL no podría tener un par con igual poder, o no estar sujeto a su mirada y a su conocimiento.

Esa dualidad aparente ha sido manifestada como un símbolo en el Tao, donde se une el Yin y el Yan.

También el drama maravilloso de Goethe, el Fausto, nos da claridad con respecto a nuestro interrogante.

Uno de los espíritus planetarios que se inclina ante El Gran Arquitecto del Universo, dice acerca de Él:

Une su antiguo ritmo a la armonía

de la celeste esfera el sol sereno,

y exacto sigue la prescrita vía

con los potentes ímpetus del trueno.

       Le define como Armonía; sin embargo, la Armonía absoluta cansa y se hace insoportable. Debe, pues haber una nota disonante. En este caso, le llamaremos raciocinio o razonamiento; es decir: un juicio autónomo acerca de su obrar. Este papel, lo realiza Satán, quien es denominado Hijo de Dios, en el libro de Job.

Un hijo, lógicamente, forma parte de él, ya que Dios, es El TODO, y nada puede existir fuera de sí mismo.

Según Carl Gustav Jung, la palabra Satán, proviene del hebreo השטן y que significa: oponerse para desviar la atención, sujetar con la cuerda.

En el idioma árabe, en su acepción primitiva, significa: “una persecución en forma de impedir la marcha hacia adelante”[3]

Tal dependencia de Satán con la Divinidad, es ostensible en el siguiente texto del mismo drama:

“Señor. ¿apuestas algo

a que tu siervo te vende,

si llevarlo por mis sendas

me dejas?”.

Y el Señor le contesta:

“Pues bien, te entrego mi siervo.

De la originaria fuente

desvía el alma piadosa,

y el cauce, si sabes, tuerce.

Quedarás abochornado

viendo que un ser pobre y débil

el camino recto encuentra

entre tantas lobregueces.

Ancho campo te concedo;

nunca odié a los de tu especie,

entre todos los que niegan

genios a mi ley rebeldes,

pobre bufón malicioso,

el menos dañino tú eres.

El hombre, a menudo, en brazos

del reposo desfallece.

y es bueno que a cada instante

le anime, aguijonee y despierte

un compañero de viaje,

aunque el mismo Diablo fuere.[4]

       En la obra Fausto, quien previene al Gran Arquitecto es Lucifer, cuyas raíces semánticas son: lucis: luz y ferre: portar. El portador de la luz.

Según Manly Palmer Hall, los conceptos acerca de Satanás y lucifer, deben ser revisados, ya que el término Satán se le ha dado a los hijos de Saturno, el Padre Negro, quien, como la negrura terminará devorando a sus propias obras, y al hacerlo, los devuelve a la vida, despojándoles de esa muerte llamada creación.

Esta tiniebla es una tiniebla verdadera, de la cual surge la luz, ya que la falsa es una alteración de ella.

El Universo proviene de ella; es más, en los inicios, el universo era oscuro e informe, y de esa oscuridad sin forma, surgió la vida mediante el Fiat Lux.

Según el mismo autor, Satanás, a nivel macro cósmico, es El Nacido del Aire, y representa el principio superior o rector. El intercesor es Lucifer, o Nacido del Fuego.

En el drama de Goethe, que es una recreación de un mito antiguo como la humanidad misma, se plantea un diálogo entre Él, y el Gran Arquitecto del Universo.

El Gran Arquitecto del Universo, tiene también desarrollo, evolución y crecimiento; razón por la cual, Lucifer —que es una parte del mismo Dios—, es representado en este drama cósmico solar; y esa parte de ÉL —Lucifer— le reclama por aquellas imperfecciones de su obra, el ser humano:

Nada digo del sol, astros ni satélites,

Yo en el orbe sólo veo

al mortal y sus reveses.

Ese dios diminutivo

del pobre globo terrestre,

guarda siempre el tipo augusto

de su ridícula especie,

y aún hoy, como. el primer día,

me maravilla y divierte.

Tan desdichado no fuera

si en su envanecida mente

no hubieras puesto el reflejo

de tu resplandor celeste.

Razón le llama, y le sirve

para ser el más imbécil

de los que orgullosos nombra

los irracionales seres.[5]

        Todo tiene una contraparte invisible o inmanifiesta. También el autor de uno de los comics más famosos: Supermán, nos demuestra que conocía intuitivamente esta condición del super héroe, pues la kriptonita, tiene efectos adversos a sus poderes. Y si analizamos la palabra, hallamos que está compuesta Kripta: ocultar, esconder, cubrir, y Nito o nipto o nizo: negra. Aquella negrura oculta: las pasiones reprimidas.

Debemos concluir que, aunque nos parezca contradictorio, siempre existen dos polaridades: una de carácter material, y otra espiritual. Una manifiesta, y otra inmanifiesta. Una luminosa y otra oscura. El alma nuestra participa tanto de la luz, como de la sombra; y en abrillantar la negrura consiste nuestra labor. Es una labor que la misma Divinidad realiza en eones de tiempo, pero que nosotros debemos emular con el previo conocimiento.

Uno de los evangelistas plantea que Los espíritus luciferes son un rayo de luz y representan la razón en el ser humano.

Pero el argot popular también lo dice de manera subconsciente —al que le hemos denominado endoconsciente—: ¿Por qué razón me engañas? y otros, dicen: ¿Por qué diablos me engañas? La correspondencia es perfecta: razón y diablo, tienen el mismo significado.

Pero esos espíritus luciferes no son confiables. La mente no debe ser nuestro guía, pues ella nos engaña, ya que pertenece a los sentidos físicos.

Ya Madame Blavatsky en su opúsculo La Voz del silencio asegura:

Habiéndose vuelto indiferente a los objetos de percepción, debe el discípulo ir en busca del Rajá (rey) de los sentidos, el Productor del pensamiento, aquel que despierta de la ilusión. La Mente es el gran destructor de lo Real. Destruya el discípulo al Destructor.[6]

        De lo anterior, podemos concluir que la mente, como vehículo de conocimiento, es valiosa solamente a nivel físico, ya que ella es comparativa, y sirve para hallar el pro y el contra de las cosas; la altura y profundidad, la oscuridad y la luz; pero para comprender asuntos espirituales, no es idónea.

Hagamos un recuento, para poder comprender que esa aparente dicotomía, no existe. La dualidad es una mera ilusión. La ilusión generada por nuestros sentidos físicos, o por nuestra alma cuando se sumerge en la materia y cree que solo lo material es real, ignorando el poder del pensamiento, del bien, de la verdad, de la belleza; de la voluntad, de la imaginación creadora, y de esa fuerza de transformación y sublimación del ser humano en divino: El amor.

Como el mito de la caverna de Platón confundimos las sombras proyectadas fuera de nosotros con la realidad.

Recuerdo un pensamiento tremendamente sabio de un honorable mentor espiritual: “Solo existe Lo Dios”. Este pensamiento es de un ser que ha meditado mucho tiempo, y comprendido la unidad en toda su extensión.

La grandeza del faraón Akenatón, con respecto a la existencia de un ser Único, el generador de la Vida.

¡Oh Dios Único, inigualable!

Creaste la Tierra según tu deseo, tú, solitario,

a todos los hombres, el ganado y los rebaños;

cuanto existe en la tierra que anda sobre sus patas,

todo lo que hay en el cielo que vuela con sus alas,

las tierras de Jaru y Kush,

la tierra de Egipto.

Pones a cada hombre en su lugar,

provees sus necesidades,

todo el mundo dispone de su comida,

la duración de su vida está calculada,

sus lenguas difieren en el habla,

así como sus caracteres,

sus pieles son distintas,

porque tú diferenciaste a las gentes.

Creaste a Hapy en la Duat

y lo traes según tu deseo,

para alimentar a las gentes,

porque las creaste para ti mismo.

Señor de todo, que se esfuerza por ellos,

Señor de todas las tierras que brilla por ellas,

Atón del día, grande en Majestad.[7]

        La comprensión de este faraón acerca de la Divinidad es algo que nos deja atónitos, sobre todo por el deseo de cambiar la mentalidad de su pueblo, que nunca comprendió tal verdad que manifestaba. En realidad, los egipcios aún no estaban preparados para comprender tal verdad. Como dice Luis López de Mesa en uno de sus Apólogos:

        “Los hombres no reciben sino verdades apetecidas; que es necesario crear primero el apetito de la verdad para predicada después con benéfico resultado.”[8]

El psicoanalista Carl Gustav Jung advirtió, como ningún científico lo ha hecho, la necesidad de adoptar el concepto de la Unicidad en el alma humana, planteando que se hace necesario entender que aquellas cosas que nos parecen oscuras, las debemos asimilar, haciendo consciencia de que conformamos un Todo; ya que ello nos llevará a la elevación, sublimando la oscuridad anímica. El psicoanalista lo dedujo de los conceptos alquímicos de La flor de oro. Él fue el único que introdujo el concepto sublimación, retomándolo del lenguaje de los alquimistas.

En nosotros, según un concepto universal, coexisten dos criaturas: la bestia y el Ángel; y en los cuentos de hadas: la bruja y el hada.

        En ser conscientes de que nos somos una dualidad, sino una unidad indivisa, perfecta para nuestro actual estado; pero que podemos perfeccionarla mediante el abrillantamiento de nuestra personalidad, hasta hacerla luminosa como un diamante como lo enseñan algunos cuentos infantiles, está nuestro trabajo interior, y hacia ello debemos dirigir nuestra energía siempre por siempre y sin claudicar ni un solo instante.

 

Bibliografía

Ramson, Josefina. Compilación. El esoterismo cristiano en la Doctrina Secreta de H.P. Blavatsky. Versión al castellano por el señor Alfonso Padilla. Folleto.

Jung, Carl Gustav. Simbología del espíritu. Fondo de Cultura Económica.  México. Cuarta reimpresión. 1994. Pág.131

Heindel, Max. El misterio de las grandes óperas. Versión digital. Biblioteca Upasika.www.upasika.com, colección “Rosae crucis” No.13, pág. 16

Blavatsky, Helena Petrovna. La voz del silencio. Versión digital. Página 7

Akenatón. Himno a Atón. Microsoft Word HIMNOS&#32_A&#32_ATÓN.doc

López De Mesa, Luis. El libro de los apólogos. Casa editorial Arboleda & Valencia. Primer volumen de la Biblioteca de cultura.1928. Página 31

[1] Ramson, Josefina. Compilación. El esoterismo cristiano en la Doctrina Secreta de H.P. Blavatsky. Versión al castellano por el señor Alfonso Padilla. Folleto.

[2] Bécquer, Gustavo Adolfo.  Rimas y leyendas. EDAF ediciones. Distribuciones, S.A. Jorge Juan 30. Madrid 1970. Pág. 78

[3] JUNG, Carl Gustav. Simbología del espíritu. Fondo de cultura económica.  México. Cuarta reimpresión. 1994. Pág.131

[4]Obra citada. Página 8

[5] Heindel, Max. El misterio de las grandes óperas. Versión digital. Biblioteca Upasika.www.upasika.com, colección “Rosae crucis” No.13, pág. 16

[6] Blavatsky, Helena Petrovna. La voz del silencio. Versión digital. Página 7

[7] Akenatón. Himno a Atón.

[8]  López de Mesa, Luis. El libro de los apólogos. Casa editorial Arboleda &Valencia.  Primer volumen de la biblioteca de cultura.1928. Página 31